Medellín, cincuenta años después (II)

Una nueva conciencia e identidad eclesial

Rafael Luciani

Un caso único de recepción continental colegiada

En el posconcilio se emprendió una serie reformas tanto de las mentalidades como de las estructuras, que no siempre fueron bien recibidas. Monseñor Clemente Isnard, padre conciliar latinoamericano, llegó a afirmar que “la Iglesia se convirtió en 1965 en algo muy diferente a lo que era en 1958”, porque transformó el paradigma de una institución estática en otra que asumía, en palabras de monseñor Alcides Mendoza, el modelo del “Pueblo de Dios abriéndose paso a través de la historia”.

En la diócesis de Recife, en Brasil, monseñor Dom Hélder Cãmara puso en práctica el ejercicio de la colegialidad, la opción pastoral por los pobres y la ruptura del esquema Iglesia-poder. Entendió, siguiendo la Gaudium et Spes (GS), que “no son los caminos de la Iglesia los que deben ser los caminos del hombre, sino los caminos del hombre los que deben ser los caminos de la Iglesia”. Con el Concilio nació una nueva conciencia sobre el sujeto humano que fue “definido principalmente por la responsabilidad hacia sus hermanos y ante la historia” (GS 55).

En este mismo contexto posconciliar, el 20 de enero de 1968 el Papa Pablo VI anunció la convocatoria a la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y el 24 de agosto la inauguró en la Catedral de Bogotá. Las sesiones de trabajo se realizaron en el Seminario de Medellín entre el 26 de agosto y el 6 de septiembre bajo el lema La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio.

Jorge Mejía bautizó a Medellín como “El pequeño Concilio” en alusión a su forma continental y colegiada, un método de trabajo que condujo las sesiones del evento y constituyó su mayor novedad, pues guio el espíritu que dará nacimiento a una identidad eclesial latinoamericana propia. Por ello, José Oscar Beozzo sostuvo que la recepción del Vaticano II en Medellín fue “continental y colegiada”, y se hizo de manera “fiel, selectiva y creativa”.

Una nueva conciencia eclesial

Con una recepción situada del Vaticano II, Medellín dio forma a lo que en el Concilio había sido un tema marginal: la Iglesia de los pobres, una institución comprometida con la liberación y la promoción humana, en lucha contra la pobreza. Este horizonte, desde donde se comenzará a hacer teología y a vivir la eclesialidad, se convertirá en el gran aporte a la catolicidad más amplia por parte de la Iglesia latinoamericana en tanto Iglesia fuente —como la denominó De Lima Vaz SJ en 1968.

Los dieciséis documentos de Medellín supusieron una conciencia de que en la Iglesia el seguimiento de Jesús se vive y realiza entre los hermanos más pobres, los crucificados de la historia. En sus textos se clama contra la “dolorosa pobreza cercana en muchísimos casos a la inhumana miseria” (Pobreza 1), una condición que fue calificada de “situación de pecado” (Paz 1). El Documento Conclusivo no se limita a describir la pobreza en la región, sino que más allá, y ahí estriba su novedad, señala y desenmascara sus causas (Paz 3). Así, al reconocer primero que Dios “crea la tierra y todo lo que en ella se contiene para uso de todos los hombres y de todos los pueblos, de modo que los bienes creados puedan llegar a todos, en forma más justa” (Justicia 3), entiende que ese mismo Dios envía a su Hijo para que “venga a liberar a todos los hombres de todas las esclavitudes a que los tiene sujetos el pecado”.

El DC precisa, además, que el vocablo pecado alude a “la ignorancia, el hambre, la miseria y la opresión, en una palabra, la injusticia y el odio que tienen su origen en el egoísmo humano” (Justicia 3). La situación de pecado ostensible en la pobreza y la desigualdad que Medellín desenmascara acarreará críticas y seguidores a la vez, al afirmar que el aumento de pobres cada vez más pobres tiene su causa en la existencia de ricos cada vez más ricos, a saber, el grupo que hoy, cincuenta años después de aquel evento medular, los economistas definen como el 1% de la población mundial.

La conciencia por los pobres y sus derechos —que el programa de Juan XXIII de una Iglesia para los pobres hace suya y que el Concilio había dejado como tarea pendiente—, impregnó el corazón de los obispos latinoamericanos que vieron una oportunidad de encausar esta opción en la celebración de Medellín. De hecho, el orden en el que se presentaron los documentos explica esa escogencia e introduce una innovación respecto al Concilio, al dar prioridad a la “Promoción humana”, seguir con la “Evangelización y el crecimiento en la fe”, para finalizar con la “Iglesia visible y sus estructuras”. Como reconoció el obispo Marcos McGrath, padre del Concilio y de Medellín, esta estructura “altera el orden más frecuentemente usado en la Iglesia, antes y después de Medellín. Evangelización y crecimiento en la fe viene después de la Promoción humana”.

Si bien el Concilio había establecido que toda actividad humana que busque mejorar las condiciones de vida “responde a la voluntad de Dios” (GS 34), Medellín precisará, proféticamente, que la voluntad de Dios no es genérica ni abstracta y obliga, más bien, a hacer “sentir su paso que salva cuando se da el verdadero desarrollo, que es el paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas, a condiciones más humanas” (Introducción 6). Como aseveró Pablo VI, es un paso que no responde a un proyecto sociológico o a una visión ideológica, sino al seguimiento de Jesús, porque “la pobreza de tantos hermanos clama justicia, solidaridad, testimonio, compromiso, esfuerzo y superación para el cumplimiento pleno de la misión salvífica encomendada por Cristo” (Pobreza 7). Todo este movimiento dará pie a un discurso eclesiástico con talante evangélico y un sujeto propio: los más pobres de la región.

Salvación y promoción humana

Medellín incorpora la promoción humana a la misión propia de la Iglesia en el mundo, de modo que el proceso evangelizador responda al mensaje de salvación integral que la institución debe llevar a los pueblos. Y es que en la conferencia se parte del presupuesto de una salvación entendida a partir tres ejes de acción eclesial que han de contribuir con la gestación de una nueva sociedad: “liberación de toda servidumbre, maduración personal e integración colectiva” (Introducción 4). Al ver de manera unitaria el ejercicio de la promoción humana, la evangelización y la liberación se logra “evitar el dualismo que separa las tareas temporales de la santificación” (Justicia 5) y “toda dicotomía o dualismo entre lo natural y lo sobrenatural” (Catequesis 17). Se apuesta así por una teología de lo temporal y de los procesos históricos en los que la fe y la transformación social se implican entre sí.

La sección sobre la promoción humana contiene cinco documentos: Justicia, Paz, Familia, Educación y Juventud, textos en los que se hace una recepción de la Gaudium et Spes y la Populorum Progressio desde una eclesiología del Pueblo de Dios, siguiendo a la Lumen Gentium. La noción de evangelización pasa en ellos del asistencialismo y el adoctrinamiento a la promoción del sujeto humano y el desarrollo de la sociedad como respuesta al querer de Dios. Se trata de una tarea que solo es posible en medio de una conversión de las estructuras a los valores de justicia y solidaridad, con las respectivas reformas de las mentalidades y de los dispositivos eclesiales a fin de que la Iglesia pueda llegar a ser un auténtico signo de liberación en los nuevos tiempos (Justicia 3). No en vano el DC indica que “la evangelización debe orientarse hacia la formación de una fe personal, adulta, interiormente formada, operante” y mantenerse “en relación con los ‘signos de los tiempos’. No puede ser atemporal ni ahistórica. En efecto, los ‘signos de los tiempos’, que en nuestro continente se expresan sobre todo en el orden social, constituyen un ‘lugar teológico’ e interpelaciones de Dios” (Pastoral de las Élites 13).

El DC ofrece un punto de ruptura novedoso respecto a la noción tradicional que se tenía de la acción evangelizadora de la Iglesia y su misión en el mundo, pues en sus líneas se reconoce que “hasta ahora se ha contado principalmente con una pastoral de conservación, basada en una sacramentalización” (Pastoral Popular 1). Al integrar la eclesiología del Pueblo de Dios con una soteriología histórica e integral, surge la primacía del camino que debe transitar la Iglesia como “Pueblo de Dios en medio de los pueblos de esta tierra” (LG 13), una senda que la institución deberá impulsar y acompañar, en una relación horizontal con los procesos de desarrollo social de las personas y los pueblos. En una palabra,

“(La acción evangelizadora) debe manifestar siempre la unidad profunda que existe entre el proyecto salvífico de Dios, realizado en Cristo, y las aspiraciones del hombre; entre la historia de la salvación y la historia humana; entre la Iglesia, Pueblo de Dios, y las comunidades temporales; entre la acción reveladora de Dios y la experiencia del hombre; entre los dones y carismas sobrenaturales y los valores humanos” (Catequesis, 4).

Una lectura fragmentada del DC no permite captar la lógica transversal que da unidad y sentido a la reflexión. Esta se consigue a través de tres criterios fundamentales: a) la comprensión de la historia de la salvación como obra de liberación de toda servidumbre (Introducción 4), b) la liberación como anticipo de la plena redención de Cristo (Educación 9), y c) la Iglesia como signo de liberación a través de la promoción humana del pobre (Pobreza de la Iglesia 11). Este eje histórico-escatológico dinamiza la identidad y la misión de la Iglesia y es expresión de una soteriología histórica, contextual, que define a la misión evangelizadora como sacramento de salvación-liberación. En ello consiste la diaconía eclesial.

Medellín nos invita a vivir una fe madura, que se traduzca en la capacidad de leer los signos de los tiempos “que se expresan sobre todo en el orden social” (Pastoral de las Élites 13), en cuanto ellos son “signos de Dios” a los que debemos responder con “la promoción de la justicia social” (Justicia 5). Será, pues, mérito de esta Conferencia que liberación, promoción humana y acción de la Iglesia (es decir, su carácter evangelizador y misionero) queden esencialmente unidos.

Referencias

CELAM. La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio. Ponencias. Bogotá: Consejo Episcopal Latinoamericano, 1968; CELAM. II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Documento de Trabajo. Bogotá: Consejo Episcopal Latinoamericano, 1968; Gera, Lucio. “Evangelización y promoción humana”. En Escritos teológicopastorales de Lucio Gera. 2. Editado por Virginia Azcuy, Carlos Galli, José Carlos Caamaño. Buenos Aires: Ágape, 2007; Mejía, Jorge. “El pequeño Concilio de Medellín”. En Criterio 1556 (1968): 686–689; Pironio, Eduardo. “Teología de la liberación”. En Teología 17 (1970): 7–28; Pironio, Eduardo. “La evangelización del mundo de hoy en América Latina”. En Teología 25-26 (1975): 155–165.

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