La dignidad humana es sagrada

Alfredo Infante sj*

La palabra dignidad significa valioso, que tiene valor de suyo, por sí mismo, y, por tanto, merece respeto. Cuando los creyentes decimos que la dignidad humana es sagrada, estamos diciendo que es absoluta, es decir, que está por encima de ideologías, Estado y religión. Esta sacralidad es la que busca proteger los mandamientos de Dios.

Hoy, la iglesia nos ofrece meditar en la primera lectura Levítico 19,1-2.11-18 dónde la santidad se expresa en el amor a Dios y al prójimo. Los mandamientos, constitución espiritual del pueblo de Israel, son un camino de convivencia y protección de lo que hoy, en la modernidad, llamamos derechos humanos.

Si estos mandamientos se respetaran personal e institucionalmente, estaríamos garantizando la protección de los derechos humanos. Me limito ahora a entresacar algunos puntos del texto del Levítico: «No mentir ni engañar al prójimo; no oprimas ni explotes a tu prójimo; no retengas el salario de quien trabaja para ti; no seas injusto en la sentencia, ni por favorecer al pobre ni por miedo o complicidad con el poderoso; juzga con justicia al prójimo; no andes difamando y calumniando al prójimo; no te vengues ni guardes rencor a los hijos de tu pueblo; ama a tu prójimo como a ti mismo.

Yo soy el Señor». En el respeto a la dignidad humana se expresa el verdadero amor a Dios. Venezuela es un país con innumerables constituciones a lo largo de la historia y, aquí estamos inmerso en este valle de lágrimas. La mayor ley que debemos darnos es «amar al prójimo como a ti mismo» y eso supone la conversión del corazón y la consciencia. En el evangelio, Jesús es aún más radical, en la escena del juicio final nos dice que son benditos del padre aquellos que se han solidarizado con las víctimas de los poderes del mundo, con los pobres y excluidos.

Esta cercanía y solidaridad con quienes padecen las injusticias es el mayor signo de fe. «tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber; estaba enfermo y encarcelado y me visitaste; era inmigrante y sin techo y me acogiste; desnudo y me vestiste». A tal punto llega la identificación de Jesús con la dignidad de las victimas que concluye diciendo «lo que hiciste con uno de estos hermanos excluidos, lo hiciste conmigo». La defensa y protección de los derechos humanos es un auténtico acto de fe en Dios y el próximo.

Hoy, Jesús le dice a todos los que trabajan en la defensa de los derechos humanos «¡Benditos de mi padre!»; y aquellos que violan los derechos humanos y excluyen a sus hermanos: «¡Malditos!». Malditos los que roban los dineros públicos y con su inconsciencia destruyen la vida de las mayorías; quienes preparan juicios falsos y detienen y torturan al inocente privándolo de su libertad; quienes han destruido la salud y educación de nuestro país; quienes están expulsando millones de hermanos a otros países; quienes tienen sometido a nuestros niños al hambre y la desnutrición.

¡Recordemos la palabra de San Pablo: el templo de Dios es Santo y ese templo es cada uno de ustedes! La vida y la dignidad son sagradas. ¡Quién tenga oídos para oír que oiga!                         

Oremos: Señor, en tus mandamientos hay rectitud y alegría para el corazón; son luz tus preceptos para alumbrar el camino. Danos tu sabiduría para serte fiel en medio de la adversidad.                    

*Sagrado corazón de Jesús, en vos confío*

Parroquia San Alberto Hurtado. Parte Alta de La Vega.

Caracas-Venezuela.

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