Historias que siembran esperanza

Tres iniciativas nos revelan cómo, desde donde estamos, podemos ayudar en medio de la crisis. Esa es la verdadera despolarización, el encuentro de unos y otros, valorándose mutuamente

Luisa Pernalete*

Madiba en El Trompillo

“¿Por qué las niñas sí tienen actividades los sábados y nosotros los varones no?” –protestó un estudiante de la escuela Monseñor Romero de Fe y Alegría, ubicada en El Trompillo, Oeste de Barquisimeto–. Y Jesús Pernalete Túa, coordinador de Esperanza Activa y de su “hija” Flor de la Esperanza, propuso a la escuela seleccionar unos sesenta chicos, entre los que tenían problemas de conducta o problemas de socialización, y surgió Madiba, que yo lo resumiría: oportunidad de la convivencia pacífica gracias al rugby.

Madiba le decían a Mandela en Suráfrica, ya el nombre es inspirador. Y si ustedes conocieran la comunidad de El Trompillo, de unos cuarenta años de existencia, con su parte delantera consolidada, pero con un sector de pobreza extrema, ranchos de tres por tres y con mucha violencia, más de uno dirá, ¿qué hace Madiba en esa comunidad?, ¿rugby en ese barrio?, ¿a quién se le ocurre? Pues hoy, a menos de dos años de la experiencia, decimos que ha sido una bendición.

¿Por qué rugby? ¿Qué aporta?

–  La verdad nosotros lo que hicimos fue adaptar el sistema Get into rugby a un programa social de la Fundación Flores de la Esperanza, existente en la escuela desde hace varios años. Lo central no es tanto llegar a ser expertos jugadores, que no está mal, sino incorporar los valores de la solidaridad, la pasión, la disciplina, el respeto e integridad a sus vidas y que puedan llevarlos al aula, a su casa y a la comunidad.

Y lo están logrando. La madre de uno de los participantes me contó que su hijo era muy agresivo y que su comportamiento, su relación con sus hermanos y con ella, había mejorado mucho desde que estaba yendo al proyecto.

Comenzó todo en abril de 2017, y hoy la alegría de ese parto es visible. “La idea era solo dar una clínica deportiva”, comenta Kike Bermúdez, administrador y jugador de rugby cuando estudiaba en la universidad.

Se buscó a unos compañeros de esos equipos de la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado (UCLA) y dieron su clínica. “Esto es, un sábado de práctica. Hasta ahí”, les dijo.

Se suponía que la Asociación de Rubgy se haría cargo del programa, pero no pudo, y aunque de momento no querían comprometerse (“No tenemos tiempo, eso es complicado…”), terminaron aceptando el reto. Y no se arrepienten, dice Kike, ahora coordinador de Madiba.

Los entrenadores –todos voluntarios–, profesionales en diferentes áreas (medicina, ingeniería…) no faltan.  Son siete, y cada sábado van tres o cuatro. Pero además está el equipo de voluntarios invisibles, los que donan a veces harina, a veces dinero, a veces trabajo, para garantizar el desayuno de los jugadores sabatinos.

Hay que sumar también el trabajo de maestras, como Adriana, coordinadora de cultura; y de Ysbeliz, profesora de deportes que se ha incorporado con mucho entusiasmo y no falta un sábado, día que no se le paga.

Yo no sabía nada de rubgy, pero he aprendido, y sobre todo, me alegra ver el crecimiento de los muchachos. Por ejemplo, los que eran contestones y ahora entienden que el deporte tiene reglas y que hay que respetar las decisiones del árbitro y, de paso, que el respeto es con todos. Su cambio es notable. Ahora son ellos mismos los que ordenan cuando hay líos entre los estudiantes, cooperan con la sana disciplina.

Ysbeliz le dijo a un colega que su vocación de docente la había reencontrado en Madiba.

“Todo se lo tienen que ganar, desde la franela del equipo hasta seguir estando en el grupo. Esta semana se ganan la franela…” y vienen uno o dos niños que se hayan destacado por su comportamiento solidario o apasionado en el deporte, por hacer las cosas sin trampas… ¡Qué maravilla!

“Los primeros sábados nos resultaron difíciles, llegábamos sin voz a casa. Ahora disfrutamos todos, nos divertimos todos”, comentó uno de los entrenadores. Hay que decir que los entrenadores son del este de la ciudad. Esta es la verdadera despolarización, el encuentro de unos y otros, valorándose mutuamente.

Y como suele suceder “es más lo que se gana que lo que se ofrece”, dice Kike. “He aprendido muchísimo, entre otras cosas, a enamorar a gente para que coopere. Tenemos una lista de cuarenta personas que contribuyen para que los cincuenta chamos puedan desayunar después del entrenamiento”.

A los chamos se les hace seguimiento en sus aulas. Algunos estaban en situación de riesgo en la comunidad, asediados por las pandillas juveniles del sector. El rugby ha sido su salvación. Y los que tenían problemas de integración, su relación con los compañeros ha mejorado mucho.

Ahora también sus madres van a ser atendidas, entrenarán en otro programa que tiene Fe y Alegría: Madres Promotoras de Paz. “Esa parte faltaba”, diría Jesús Pernalete Túa.

Para cuando escribo estas líneas me entero que los chicos del equipo de Madiba competirán con otros equipos de rugby de la ciudad. Uno termina creyendo en milagros con múltiples aristas. El Espíritu Santo sopla dónde menos se espera. Y si ustedes vieran el entusiasmo de jugadores y entrenadores en esa cancha, se reconciliarían con la humanidad.

Donde comen cien comen mil: Prodigar

“¿Que de dónde sacamos el financiamiento para dar de comer a mil personas cada día? Pues de la divina Providencia”, contesta la hermana Gracelia, como de lo más natural, y es la verdad.

Lean esta experiencia y al final dirán como yo: si esto existe, ¿quién dijo que todo está perdido? Claro que también nos habla de la crisis humanitaria compleja que el Gobierno sigue sin reconocer.

Prodigar significa Providencia divina, gesto al estilo Agustinas Recoletas. No comenzó a funcionar con esta crisis; comenzó hace tiempo, pero la situación país, el contacto con los hermanos, las ha llevado a ocuparse con creces con ese mandato de “Dar de comer al hambriento”.

“Al principio eran unos 25, pero seguía llegando gente y hoy servimos mil comidas diarias”. Tienen censados debidamente a todos los beneficiarios que acuden cada día a la sede de Los Teques.

Hay doscientos niños entre cero y dos años. Para ellos hay tetero, dos grandes ollas se hacen para los pequeños. Luego están los otros grupos: tercera edad, discapacitados, indigentes, incluso unas familias completas, y ahora se han unido familiares de unos detenidos en la comandancia que queda cerca pues, según sus familiares, no les dan comida ahí (sin comentarios).

Todo de manera organizada, cada quien sabe cuál es su fila. Se procura que la gente no pernocte en el lugar, pues son demasiados. Cada quien lleva su envase, toma su ración y se retira. Se puede autorizar a familiares de ancianos a recoger su parte de atención y solidaridad. Total, almuerzan 730 personas. ¡Todos los días!

Por las noches un grupo de religiosas y voluntarios se van a lugares donde hay basura y ya se sabe que hay gente que come de allí. Les ofrecen una comida a ellos también. “A veces llega gente que no es indigente. Se ve que vienen de trabajar, y pasan por la basura y hurgan esperando conseguir algo. Reciben lo que ofrecemos: unos lloran, otros nos bendicen al agradecer. ‘¡Es conmovedor cada noche!’”.

Tengo sentimientos encontrados cuando escucho estos relatos: por un lado, compasión ante el drama; y, por otro lado, admiración por estas religiosas y sus colaboradores.

Las Hermanas Agustinas Recoletas tienen varias Casas Hogar en el país: Barquisimeto, Los Teques, Maracay… También colegios como ese que sirve de sede al gran comedor. Esos niños están incluidos dentro de los beneficiarios de Prodiga. Uno no cesa de admirarse de lo que la hermana va describiendo.

Combinan la ayuda humanitaria, con evangelización. Se invita a la misa los domingos, se invita a rezar el rosario, por ellos y por otros, los que no pueden llegar, por las almas generosas que hacen posible esa solidaridad…

“Unos cuantos se ofrecen de voluntarios para ayudar a hacer los almuerzos. Llegan más temprano y ayudan picando verduras y esas cosas. Cooperan con mantener el orden en las filas. Esa operación es muy importante”. Imagino les hace ser personas.

¿El financiamiento? Ya lo dijo la hermana: la Providencia, “La mayoría viene de gente generosa que trae algo. Unos más otros menos, pero es mucha la gente que colabora. También hay pequeñas y medianas empresas. Las hermanas también estamos comiendo de esa solidaridad”.

Hay otras actividades. A veces hay operativos de peluquería y barbería, por ejemplo, y hacen ese servicio de cortar el pelo a hombres, mujeres y niños. Llegan personas a ofrecer su solidaridad en diversas áreas…

Hay mucha gente buena en este país, no hay duda.

Yo creo en ti

El grupo era de treinta miembros de la pastoral juvenil de San Juan de Los Morros. Hacíamos actividades propias de los grupos juveniles. Entre esas, actividades recreativas en un hospital. Un día conocimos a Carlitos, un niño de once años, con problemas de desnutrición severa y comenzamos a preocuparnos por ese drama […] Decidimos hacer algo más. De paso, ya no éramos tan jóvenes. Los treinta años te ponen a pensar en otras cosas.

De esas reflexiones y el contacto con los hambrientos nació Creo en Ti, fe al servicio del hermano. El arranque fue en octubre de 2016.

Jesús Manuel, su coordinador, es ingeniero en informática y perdió su trabajo, y ahora está dedicado a la Fundación, junto con cinco compañeros más del antiguo grupo juvenil. “De aquellos treinta, quedamos cinco. El resto se ha ido del país, pero no pierden contacto con Creo en Ti”.

Se pusieron a censar niños y jóvenes de esos que pernoctan en las plazas, en las calles, con cara de hambre, de abandono. San Juan de Los Morros es una ciudad pequeña, y la gente les iba dando pistas. Total, han censado doscientas personas con verdadera necesidad de alimentación. Desde niños muy pequeños hasta gente de más de setenta años.

“Todos los días no atendemos a los doscientos censados. Varía el número entre cincuenta y ochenta”. Igual es un número inmenso, a mi juicio. Me voy imaginando la escena. Y ustedes completen cuando les cuente dónde está el “comedor” de la Fundación: ¡En la casa de Jesús! Ante mi asombro, se ríe con ganas. “Sí, en mi casa”. O sea, toda la familia compartiendo su hogar para dar la mano al prójimo.

No es solo la comida. Nos preocupa cómo van en la escuela los que están estudiando –que no son muchos, lamentablemente–, los útiles, por ejemplo. Y además también hacemos actividades formativas: películas, rezar antes de comer, cultivo de valores como el respeto, el agradecimiento […] Tienen que crecer como personas.

¿Financiamiento? El aporte de los veinticinco que se fueron del país y gente solidaria de la ciudad. O sea: la Providencia, pues.

“Hemos aprendido mucho, sobre todo, que no es lo mismo escuchar que hay gente que sufre, a conocer los rostros, las historias, a hacer del que sufre de verdad, tu hermano. Se van volviendo como familia de uno”.

A principios de junio tuvieron una experiencia desgarradora: se suicidó un joven de los que frecuentaba el comedor. Tenía 21 años. Estaba muy deprimido por la situación. Cuando la familia los llamó para decirles lo que había pasado, se activaron.

Sacar el cadáver de la morgue con nuestras manos. Improvisar un ataúd con un escaparate […] Todo eso. El velorio, el entierro […] Uno traga grueso: suicidios por el abandono, el hambre […] ¡Crisis humanitaria compleja! ¡Muy compleja! Pero si son como de la familia, a esos también hay que atender.

Pero uno no escucha desánimo en Creo en Ti. La fe les sostiene.

Es verdad, los venezolanos no nos merecemos esta situación, pero cuando uno escucha estos relatos, se llena de admiración y de esperanza. Las semillas darán fruto.

*Coordinadora del programa Madre Promotoras de Paz de Fe y Alegría.

Nota:

 Para cooperar con estas iniciativas:

Proyecto Madiba:

Mensajes directos al Instagram @proyectomadiba

Prodigar:

Banco Banesco 0134-0364-33-3641082264

A.C. Congregación Hermanas Agustinas

J-00059760-0

Informa aporte a graceliamolina@yahoo.com

Fundación Creo en Ti:

Banco de Venezuela 0102-0467-47-0000492155

J-40866050-4

 

 

 

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