Epifanía del Señor – Diafanía Nuestra (Mateo 2, 1-12)

Gustavo Albarran sj

Los Reyes Magos (también conocidos como los Reyes Magos de Oriente) es el nombre por el que la tradición católica denomina a los visitantes que, tras el nacimiento de Jesús, habrían acudido desde países extranjeros para rendirle homenaje y entregarle regalos de gran riqueza simbólica: oro, incienso y mirra.

Estos “magos”, según la creencia Católica, eran representantes de religiones paganas de pueblos vecinos y por eso ve en el Evangelio, las primicias de las naciones que acogen, por la Encarnación, la Buena Nueva de la Salvación.

La palabra “Mago”, proviene del elamita (Ma-ku-ish-ti) que pasando por el persa (Ma-gu-u-sha) y por el acadio (Ma-gu-shu)[] llegó al griego como Μαγός (Magós, plural: μαγοι, magï) y de ahí al latín Magi (Cf. Magíster) de donde llegó al español. Eran los miembros de la casta sacerdotal medo-persa de la época aqueménide y durante todo el reinado de Darío el Medo (521-486 APVM).

El Evangelio del Pseudo Tomás (o Evangelios de la infancia de Tomás) del siglo II, sin embargo, dan su número y les asignan nombre: Melchor, Gaspar y Baltasar, posiblemente sacerdotes zoroastristas provenientes de Persia. Los nombres son además diferentes según la tradición siriaca. Según posteriores interpretaciones los Magos fueron considerados originarios de Europa, Asia, y de África respectivamente.

Sus nombres aparecen por primera vez en un mosaico bizantino del siglo VI. Balthassar (con barba oscura), Melchior (joven y sin barba) y Gaspar (el mayor de todos con pelo y barba largos y blancos). (San Beda O.S.B., también conocido como Beda el Venerable (ca. 672 – 27 de mayo de 735). Beda los consideró representantes de Europa, Asia y áfrica, para así acentuar la soberanía universal de Cristo sobre todas las razas y países. La representación de uno de los Reyes Magos como hombre de raza negra, comenzó en el siglo XIV.

La Epifanía del Señor es la manifestación de un Dios que se encarna y que se revela al mundo. La misma noche de Navidad tuvo lugar la primera manifestación divina, cuando el esplendor de Dios iluminó la oscuridad del mundo, y el gozo inundó la vida de los pastores que acudieron al pesebre tras el anuncio del ángel. Y hoy, con la visita de los Magos al Niño, celebramos su segunda manifestación, en la que el Misterio de Dios alcanza a otras culturas en las personas de los Magos.

El Evangelio de Mateo (2, 1-12) nos presenta la visita de los Magos como un acontecimiento donde convergen intereses diversos y motivaciones contrapuestas. Por un lado los Magos que van tras la búsqueda honesta de Dios tal como lo han interpretado al ver surgir la estrella. Por otro lado está Herodes, quien se perturba por el nacimiento de un Rey. También están los personeros de Herodes, tras bastidores, quienes escudriñan toda ciencia para hilvanar los hilos de la adivinación y conjura de los oráculos. Finalmente está el personaje central de la encarnación: Jesús junto a su madre María, sobre quienes se posa el resplandor divino.

Hoy vamos a centrar la mirada en la figura de los Magos, para que nosotros, también escudriñemos la calidad y honestidad del modo de proceder que puede colocarnos en la ruta hacia el Misterio de Dios. Porque los Magos venidos de oriente son símbolo de un itinerario hacia Dios que implica salir de nuestro propio amor, querer e interés. Implica que nuestras propias posiciones o posturas y nuestros propios ritmos se abran a una nueva perspectiva más sencilla, más nuclear y más gustosa, capaz de darle sentido a la vida propia y a la ajena; capaz de iluminar y de hacer diáfana la cotidianidad. Por eso nos interesa describir el modo de cada Mago.

El primer Sabio (Rey Mago Melchor – Blanco – Europa – Mirra – realeza) al concluir la ruta de Belén, discurrió: Yo soy quien busca en todo momento una cosmovisión que explique el enigma del mundo, pues represento el saber humano, las ciencias y las teorías. Creí haberla hallado. Creí poseer una ciencia total, coherente y grandiosa. Pero las formulaciones más agudas del saber humano me han conducido a una aldea llamada Belén. Y una luz pequeña como en forma de estrella se ha incrustado en mi sistema de pensamiento. Esa luz ha logrado abrir ventanas que ni siquiera sabía de su existencia. Ahora, después de Belén, puedo ver lo concreto de la vida a través de esa estrella: veo a mis compañeros de ruta, veo al vecino enfermo, veo al anciano que espera un poco de atención, veo al niño de la calle indefenso, veo a mis seres queridos. He comenzado a ver que todo lo que me rodea (la realidad) no está al margen de mis ideas. Son su verdadera esencia.

El segundo Sabio (Rey Mago Gaspar – Amarillo – Asia – Incienso – divinidad) al salir de Belén, exclamó: Yo sólo sé que nada sé. A mí me encanta el silencio, lo sublime. Soy de poco hablar y mi dinámica es la introspección. Callo y observo con amor y tolerancia lo que pasa a mí alrededor. Creí poseer en el silencio la mayor de las estrellas. Pero he sido conducido a Belén y ando inquieto. No sé explicar esta alegría que llena todos mis espacios. Es un cosquilleo que recorre todo mi ser, todos mis razonamientos y hace que mi mutismo se desborde en palabra grata, palabra amable. Al ver al Niño Jesús he descubierto el brillo y la profundidad de cada persona. Perdónenme mis seguidores, pero no puedo callar esta alegría y tanto gozo que experimento. Ahora sólo sé que tal gozo no surge de lo grandioso, sino que nace de la simplicidad y calidez que irradia una criatura nacida en tanta pobreza y estrechez. Tanto esplendor me ha provocado una imperiosa energía que se traduce en respeto a las personas, a quien nunca había dedicado ni un instante de mi silencio. He comprendido que el amor al prójimo es más grande y más significativo que andarse por las alturas espirituales. Es quizás la verdadera sabiduría y la verdadera aventura del espíritu.

El tercer Sabio (Rey Mago Baltasar – Negro – África – Oro – humanidad) al concluir su visita en Belén manifestó: Yo, siendo el tercero de los Magos, no soy tan sistemático, ni tan agudo como mis dos compañeros, porque lo mío es captar la estrella de la vida en el colorido, en la expresión, y en sus despliegues. A mí me quedan estrechas las palabras porque me siento arrebatado por un ritmo de danza sobrehumano. Pero al llegar a Belén y encontrarme con el recién nacido lleno de tanta frescura y gozo, he sentido mi cuerpo envuelto en una paz que transforma mi frenesí en serenidad y quietud. He aprendido que humana es mi medida y he aprendido que mi alegría y entusiasmo cobran consistencia en aquel Niño que con su Luz planifica todo ser, todos los escenarios y todas las circunstancias.

Que la figura de los Sabios (Reyes-Magos) nos ayuden en nuestra búsqueda honesta de Dios y nos ubiquen de forma adecuada en la ruta que conduce a la verdadera vida, para que podamos captar la luz (la estrella) que puede guiar nuestro camino. Porque, los tres sabios (Reyes-Magos) al entrar en Belén, ante la ternura del Niño y ante tal fortaleza hecha fragilidad, se quedaron sin palabras, sin posturas y sin ritmos. Contemplaron en el Dios Encarnado la auténtica vida, hecha inteligencia benéfica, hecha gesto cercano, hecha ritmo de entrega total.

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