“El repartidor de basura”

Alexis Andarcia

Son tiempos de oscuridad. En el sentido que se quiera interpretar. Otra cosa, sería hallar destellos de luz en ella; conseguir, por demás, extraordinarios aceres y actos personales de dignidad y solidaridad, responsabilidad y ciudadanía. También los hay.

Venezuela, por estos días, se ha transformado en un país de poco asombro bello, no digamos ya, heroico. El predominio de lo grotescamente indigno, de lo groseramente insano y descaradamente abusador, no requiere de instrumentos científicos para medirse. Está a la vista y se despliega como uso colectivo, cada vez más aceptado.

Así, han surgido, desde el underground de la sociedad, esos actos y comportamientos que, de algún modo, permanecían contenidos por una especie de acuerdo o en reconocimiento de lo mejor o más civilizado. Quizás, como el herpes de una nación.

Desde los atracos en plena misa, la usura del efectivo, la prostitución por comida, el asedio de los indigentes “por un pan” a las puertas de las panaderías, hasta el discurso oficial, todo engrana como descomposición.

En el barrio San José observé un tipo que se dedicaba a ofrecer su trabajo para botar la basura; con una carretilla de albañilería, iba de casa en casa. Por supuesto, la ausencia del aseo urbano y la acumulación de basura, genera angustia en el ciudadano; a esas alturas, nadie se pregunta ¿A dónde lleva ese tipo mi basura?

Sencillamente, el tipo se deshacía de la basura del contratante, distribuyéndola entre las otras basuras de los vecinos.  En resumen, resolvía un problema individual, creando uno colectivo. En términos marxistas, “socializaba la basura”.

Me pregunto ¿Sabrá el contratante el destino de su basura? ¿Le importará?

Hasta ahora, tenía conocimiento del uso de plazas y aceras para echar basura; incluso, en monte bello, hay una calle, inutilizada como vía pública, transformada en botadero de basura.

Sin embargo, este “repartidor de basura” se despliega una o dos calles más adelante de donde la recoge; a veces, en la misma calle; por lo general, en horas nocturnas.

Según, una amiga vecina del sector, que padece ese novedoso oficio del “repartidor de basura” la gente lo sabe, pero no le importa.

Puede parecer anecdótico. Al principio, hasta sonreí por la “salida” del tipo para obtener un ingreso; luego, cuando mis contenedores se instalan y el cerebro entra en su trabajo ordenador, “voy de mi corazón a mis asuntos”.

Es, en realidad, un detalle devastador. La desintegración de una sociedad, en tiempo real; hecha “verdad objetiva” cuando es asumida por sus habitantes como normal, oficializada cotidianamente.

Enfrentarla requiere, además, un esfuerzo de voluntad y valentía; creerse portador de “la mejor Venezuela “; defender las ideas, hasta el punto de que te llamen anormal o loco.

El ” repartidor de basura” del barrio San José es un producto; no es sólo la casualidad de un ingenio individual ante la adversidad, de un dato de la “viveza criolla”. Es un síntoma; una mancha en la piel de una sociedad que exterioriza el padecimiento de una enfermedad.

Me dirán, con razón, que hay muestras y oficios peores y de mayor estridencia. Sin duda. Pero, éste pequeño e imperceptible caso, tiene la cualidad de haber penetrado la rutina del vecino. Es la desintegración permeando en el sentido común e instalándose como forma de vida; es el vecino de frente, no ya la corporación delictiva, por lo general, rechazada y distante.

Asociando ideas, es el pulso tomado en la vena. El gran repartidor de basura, realmente está instalado en el poder del Estado. Desde allí, irradia usos y formas corrompidas, que poco a poco aniquilan la posibilidad de la convivencia.

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