Dos pensadores liberales, dos ensayos, dos interpretaciones

Isaías Covarrubias Marquina

Uno, Mario Vargas Llosa, es Nobel de Literatura y a sus 82 años sigue vivaz y lúcido en torno al debate literario, de las ideas y la actualidad global.  El otro, Amartya Sen, es Nobel de Economía, tiene 84 años y por su profundo y esclarecedor trabajo académico e intelectual, dotado de un gran sentido ético y humano, a menudo ha sido llamado “la conciencia de la profesión”. A los dos los he leído profusamente, con fruición, siempre me han nutrido intelectualmente.

A Mario Vargas Llosa se le disfruta más leyéndolo en su faceta de novelista que en su condición de ensayista, pero en esta segunda condición sus opiniones no dejan de ser interesantes. Curiosamente, algunas de sus novelas contienen frases impregnadas de un sentido de crítica social evidente, como la que pronuncia Zavalita en los comienzos de Conversación en la catedral: “En qué momento se jodió el Perú”. Una frase que, a pesar de preguntar por un tiempo, es atemporal, no pierde vigencia, sigue siendo una admonición que de tanto en tanto vuelve a enseñorearse sobre cualquier nación latinoamericana que se desbarranca, se anarquiza, a fuerza de tener malos gobiernos y sufrir sus pobres gentes todo tipo de injusticias sociales.

A Amartya Sen se le lee reflexivamente, pues el amplio bagaje de temas filosóficos, económicos, sociales que domina y trata, se vuelven una experiencia invaluable, no tanto de querer saber, sino de buscar comprender. Pero Amartya Sen, sin ser fácil, no es un autor oscuro, de esos que su arrogancia intelectual les gana la partida durante el proceso de exponer sus ideas en el papel. Es curioso que a menudo, como si fuera un fabulador, el economista indio intercala en sus escritos, en medio de ideas que pueden ser densas, cuentos e historias de su infancia, su adolescencia o juventud, de su familia, historias reales o de ficción de su país o de otros, relatos que sirven para ilustrar mejor sus argumentos y terminan enriqueciendo sus textos, sin perder un ápice de rigurosidad, de una manera que los hace más terrenales, más humanizados.

Estos dos Nobel, dos pensadores liberales en el mejor sentido de la palabra liberal, comparten, aunque desde posturas un poco distintas, su compromiso con la libertad, la democracia, los derechos humanos. Más allá de este compromiso, también comparten la visión de que la libertad es tanto un fin en sí misma así como un medio, un instrumento al servicio de la sociedad para alcanzar otros fines: la prosperidad económica, como lo ha recalcado en diversas oportunidades Vargas Llosa, especialmente referida a los países latinoamericanos, o el desarrollo humano, el relevante concepto aportado, junto con otros investigadores, por Amartya Sen, que ha resultado clave para medir, más que el progreso, el verdadero bienestar de la gente. El desarrollo humano tiene que ver con dotar a las personas de las capacidades que le garanticen tomar sus decisiones con autonomía. Para lograrlo, se debe asegurar su educación, salud, seguridad social, garantizar su libertad en la participación política y en las actividades económicas. Vista como una estrategia, se trata del reconocimiento de que lo mejor para alcanzar el desarrollo es invertir en la gente.

La relectura de sendos artículos de ambos me ha permitido, con licencias de mi parte, interpretar algunos de los argumentos que allí se exponen en relación al contexto político y económico venezolano del reciente pasado y del presente.  El de Vargas Llosa se llama “América Latina y la opción liberal” y fue publicado en 1992 en el libro “El Desafío Neoliberal”. El de Amartya Sen se titula “La razón antes que la identidad”, es una Romanes Lecture, pronunciada en la Universidad de Oxford en 1998 y publicada en la revista Letras Libres de noviembre del 2000.

El ensayo de Vargas Llosa explora, entre otros asuntos problemáticos, las contradicciones existentes entre la identificación latinoamericana con los ideales liberales, lo cual se ha expresado, desde el siglo XIX, en copiosas constituciones políticas casi perfectas, las cuales contrastan con una realidad social que desdice mucho de lo que aquellas refrendan en derechos y deberes. La gran mayoría de las repúblicas latinoamericanas tienen constituciones que describen o prescriben naciones ejemplares, con separación de poderes, tribunales probos, derechos políticos y económicos protegidos, libertades garantizadas.  Pero muy poco de este espíritu de las leyes, tan bien hilvanado en el papel hacia un proyecto social identificado con el progreso, se ha cumplido en la práctica ciudadana y en el ejercicio del poder por parte de los gobiernos, sean de corte dictatorial o democrático. En general, las constituciones de estas “repúblicas aéreas” terminan siendo inocuas frente a los intereses impuestos por grupos políticos y económicos privilegiados. La imposición de intereses públicos y privados al margen o por sobre las leyes, tienden a socavar procesos políticos y económicos que necesitan construirse y preservarse de manera colectiva, mancomunada.

La revolución bolivariana, asentada sobre una de estas constituciones casi perfectas, calza muy bien con la contradicción expuesta. La realidad social palpable no es sino un pálido reflejo de lo promovido en la que llegó a llamarse “la mejor constitución del mundo”. Vivimos una realidad exacerbada de problemas atávicos y otros de más reciente cuño, donde los nuevos grupos privilegiados, con la relativa aquiescencia de las élites políticas y económicas de siempre, se las arreglaron para seguir aprovechando y usufructuando de una estructura económica anclada en el rentismo. Las políticas adoptadas para sostener el rentismo, un modelo pernicioso como pocos, pero que retorna altos dividendos políticos, lastraron cualquier posibilidad de transformar efectivamente la estructura económica, las instituciones. La consecuencia ha sido un colapso económico y social de un enorme costo para la gran mayoría de la población, frustrando el desarrollo de la república dentro de un proceso de amplia participación colectiva.

Esta consecuencia tiende un hilo conductor con una de las interpretaciones que se sustraen del ensayo de Amartya Sen. Para Sen el conflicto social detrás de identidades en pugna, entendiendo identidad como un carácter de representación individual o colectiva basado en la religión, etnia, nacionalidad, cultura, educación, clase social, afinidad política, a menudo causa perjuicios que impiden o limitan la identificación del ciudadano con la republica vista como un bien social, basada en un proyecto común. Cuando un conflicto de identidades se radicaliza y una identidad particular domina sobre otras, una promovida por un líder, una parcela política, una ideología, la sociedad deriva hacia un “ellos y nosotros”. Se convierte en una identidad beligerante, excluyente, una, subraya Sen, donde: “La misma gente repentinamente se hace distinta”. En estos casos se pierde el reconocimiento de que identidades compartidas y no compartidas forman juntas un sustrato común. Esta pérdida supone la marginación de los ciudadanos y grupos de la población del ejercicio de la razón pública, entendida esta como la participación informada y razonada en los asuntos públicos, el “gobierno mediante la discusión”. El conflicto de identidades, que privilegia la identificación con una única identidad para la toma de decisiones públicas, anulando, restringiendo o coaccionando a las demás, puede provocar, a la larga, un salto al vacío de la sociedad en cuestión, prefigurando el colapso, la violencia o la anomia.

Cabe resaltar que, en Venezuela, por dos décadas, se ha tenido un doloroso ejemplo de ello, pues la radicalización de la identidad política que le dio forma a la revolución bolivariana terminó distanciando abruptamente a los venezolanos en sus posibilidades de participar colectivamente en un proyecto común, genuinamente inclusivo. La participación de los ciudadanos y grupos con otra identificación política quedó conculcada o muy limitada de formar parte del proyecto promovido por la revolución bolivariana en el poder. Dentro de la revolución todo fuera de la revolución nada. Ellos y nosotros dejó de ser una amenaza de división política para convertirse en una fractura social, una que será difícil reparar, pues ha quedado marcada por un gran déficit de confianza y de cooperación necesarios para la acción colectiva efectiva.

Las dimensiones de la obra intelectual y académica de Mario Vargas Llosa y Amartya Sen, constituyen un fondo de ideas originales, meditadas, con las cuales cabe explicar algunas de las construcciones teóricas y prácticas sociales relevantes del pasado y del presente, desde una perspectiva amplia, plural. Son ideas cuya problemática y criticismo estos pensadores liberales vuelven transparentes y abiertas al debate permanente. Por ello merecen ser leídas, estudiadas y en lo posible interpretadas.

Fuente:

http://covarrubias.eumed.net/dos-pensadores-liberales-dos-ensayos-dos-interpretaciones

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