Construyamos la palabra movilizadora

Revista SIC 807

Agosto 2018        

San Ignacio de Loyola insistía en que “el decir ayuda al sentir”. No se trata, aquí, de caer en un subjetivismo superficial que busca evadir el drama de la realidad y resguardarse de su efecto devastador en nuestra psique e interioridad; tampoco dejarse configurar por falsas espiritualidades que llevan a quienes las secundan a desligarse de su entorno buscando salidas individuales como si nuestra existencia fuese una rueda suelta, sin alteridad; mucho menos, se pretende promover un  optimismo extremo y simplista, muy de boga, de que lo que se decreta con la mente y se pronuncia con carácter  ha de cumplirse por encima de cualquier límite y sentido de realidad. Se trata, sí, de tomar conciencia de que la palabra tiene fuerza interior para crear y destruir; para dar vida y matar; para despertar y adormecer; para revelar y ocultar; para liberar y esclavizar; para movilizar y desmovilizar; para unir y desarticular; para cohesionar socialmente y fragmentar el tejido social.

Esta ambigüedad intrínseca del “decir humano” nos debe llevar a la construcción de un mensaje responsable y corresponsable. Nuestra palabra, hoy, debe ser discernida de modo que su fuerza interior sea reveladora, creíble, evidencie la mentira del poder e ilumine la conciencia personal y colectiva, cohesionando y movilizando al cuerpo social hacia un propósito compartido: la construcción mancomunada de nuestro país. No basta con un decir individual, clausurado sobre sí mismo, tampoco es creíble un mensaje construido desde una élite política o ilustrada, ni mucho menos por una vanguardia ideológica;  nos urge construir una palabra personal, es decir, abierta a un <<nosotros>>, comunitario y social, plural, pactada, acordada, una auténtica res-pública; que nos interprete, nos atraiga, congregue e impulse, deslindada del poder y su propaganda ideológica, así como también, de otras agendas e intereses de grupos que buscan sacar provecho particular de la situación.

Nuestro Señor Jesús dice en el evangelio: “Lo que rebosa el corazón lo habla la boca”. La palabra será bendición o maldición dependiendo del estado de su fuente: el corazón. Los venezolanos hemos sido testigos y partícipes de cómo la palabra resentida y vindicativa, al convertirse en el corazón de la política de Estado, ha sido un arma <<diabólica>>, en el sentido literal del término, porque ha dividido a la familia venezolana y fragmentado el tejido social.

El principal recurso del poder ha sido la erosión de la confianza que ha fragmentado a la sociedad desmovilizándola. Somos testigos diariamente de cómo cualquier iniciativa que emerge políticamente, es sospechosa de complicidad y traición, y de inmediato, aparece la batería de mensaje en las redes y foros que se convierten en torpedos que desacreditan a los sujetos y sus propósitos. Los expertos hablan de una gran inversión gubernamental en la construcción de mensajes destinados a minar la confianza y a sembrar el miedo y la frustración hacia instituciones, partidos y personas que se oponen al régimen. Muchos ciudadanos comunes son seducidos, enredados y terminan haciéndole el juego al poder.  También, se repite por activa y por pasiva, no hay liderazgo, no hay plan, no hay mensaje, pero ante cualquier asomo de plan, de articulación, de pensarnos, las nubes de las desconfianzas se precipitan y la ahogan. Lamentablemente se danza al compás de la música del poder y consciente e inconscientemente se participa de su juego y lógica; lamentablemente, si seguimos en esta tónica, quienes gobiernan no solo terminarán de destruir objetivamente lo poca que queda de país, sino algo mucho más grave, arrasarán con el sujeto social y político capaz de alternativa. Es hora de recapacitar.

Así como el poder se ha valido de una narrativa perversa para desmovilizar a las personas y fragmentar el tejido social y sus organizaciones, nos toca en este contexto, construir una narrativa de esperanza y emprender la marcha en distintas dimensiones, pero en un mismo horizonte: reconstruir el país. Para ello, es preciso cultivar la convicción profunda de que tenemos en nuestras manos un desafío históricamente trascendental, que el reverso de esta crisis es la indignación ética y espiritual que nos saca de nuestra zona de confort y nos llama a ser sujetos de la historia, responsable de nuestro destino. No partimos de cero. Durante estos veinte años de deterioro democrático se ha fracasado mucho en el intento de revertir el totalitarismo y, ahora, la dictadura; y el fracaso no se desea, pero cuando ocurre, es una gran fuente de aprendizaje personal, social y político. Va cristalizando la consciencia colectiva de que el camino es participativo y acordado, construyendo redes y alianzas, también personal, porque la estampida migratoria ha forzado a muchos ha resignificar su presencia y compromiso con el país.  Así, pues, cada uno, como persona, en su ámbito cotidiano, tiene la tarea de auscultar su corazón, sus anhelos, compartirlos, discernirlos, aprender a elegir dentro de sí aquello que más conduce al bien común, en medio de la batalla interior que vivimos para no sucumbir ante tanta adversidad.

Es clave tomar  conciencia de que transitamos por un desierto inhóspito, donde sobrevivir es un milagro, pero  no podemos estancarnos en el lamento y mucho menos resignarnos, necesitamos decidir en la dirección de la vida, cultivar desde ya lo que creemos, para crear espacios de encuentros en el que el compartir las experiencias de la vida con otros nos densifique como sujetos personal y comunitario, apostar para que la experiencia compartida en comunidad se vaya convirtiendo en palabra, en mensaje que genere confianza, y que abra lo personal y comunitario a la complejidad de lo social.

Lo social debe convertirse en una fuerza articulada, interconectada en su pluralidad. Hasta ahora, como fenómeno, por un lado, lo social se nos presenta como una magnitud compleja que busca ser simplificada y homogenizada por el poder con mecanismos de control impuestos, arbitrarios y asimétricos; y, por otro lado, como un cuerpo que convulsiona y se retuerce en contra de dicho control y ante el deterioro inhumano de las condiciones mínimas para la vida; por ejemplo, según el Observatorio de Conflictividad Social (OVCS) los indicadores de protesta este 2018 se han elevado exponencialmente respecto a 2017. Sin embargo, la mayoría de estas protestas, aunque numerosas, han sido aisladas y poco coordinadas, lo que reduce su impacto en términos de la propia cohesión del sujeto social, así como en su peso político y desestabilizador del poder arbitrario. 

En fin, es necesario que la palabra personal y comunitaria fermente las relaciones sociales dándole narrativa, densidad, memoria y movimiento creador. “El decir ayuda al sentir”, encontrémonos, no para lamentarnos, ni envenenarnos, sino para construir socialmente un mensaje que nos interprete y movilice.

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