Comparación

Foto Eduardo Sanabria

Eleazar Ontiveros Paolini

La conseja popular dice que “toda comparación es odiosa”. Pero no es así, la comparación es una de las funciones superiores de la mente, que permite análisis en los campos científico, social, deportivo, humanístico y cultural, de lo cual pueden resultar adecuaciones importantes, en especial cuando se aprecia superioridad en una o varias de las cosas o elementos que se comparan.

Nos es fácil entender, entonces, que la comparación es un proceso que hacemos con la finalidad de identificar las relaciones o diferencias entre varios elementos o situaciones y, en muchos casos, como es lo concerniente a los salarios, dimensionar si lo que reciben ciertos sectores es comparativamente justo con respecto a otros.

Es criterio aceptado universalmente que el salario tiene como objeto valorar económicamente el desempeño de un determinado trabajo, en el entendido que las características e importancia de éste, deben ser tomadas en cuenta para definir los montos.

Lo anterior nos lleva preguntarnos ¿Es más importante el trabajo de un profesor universitario destinado a la formación intelectual de los recursos humanos calificados críticos, creativos, aptos para generar nuevos conocimientos y técnicas que necesita el país o el de los militares cuyo trabajo es operativo y condicionado a rígidas disposiciones, es decir, sin muchas posibilidades creativas?

Pues bien, no hay la menor duda de que un profesor no puede de ningún modo ganar menos comparando las escalas de ascensos que rigen ambas instituciones, máxime cuando la diferencia a favor del militar, es humillante para el profesor universitario. ¿O es que acaso esto no queda demostrado cuando un profesor titular, con 25 o más años de trabajo, con maestría y doctorado, con un historial investigativo amplio y consistente, ha recibido un aumento que lleva su salario a 50 millones, cuando un capitán, por ejemplo, desde mayo recibe 98 millones o un coronel, para no hablar de los de más arriba, llega a los 240 millones?

Y de esos 50 millones se le descuentan los pagos por préstamos a FONPRULA o CAPROF, el 6% que se le deduce para el Fondo de Jubilaciones, el pago de algún seguro, el Monte Pio, la cuota de 2,5% para APULA, etc.; es decir, que sus posibilidades de poder despejar de su mente los problemas económicos, los precios del mercado y de los servicios, el pago de colegios, la búsqueda del gas, la falta de insumos y equipos para investigar, son ínfimas, lo que traduce, para desgracia del país, vivir en un estado de desesperanza y de frustración grave.

Y lo tragicómico de la situación es que hay profesores que aplauden la revolución, se sienten satisfechos, pues siguen sumidos en lo que el escritor colombiano Plinio Apuleyo Mendoza llamó “La necrofilia ideológica”.

Artículos relacionados:

email