Antonio, un héroe sin zapatos

Padre Rafael E. Paredes L.

Antonio es un chamo de 16 años, estudiante de 5to año de bachillerato. Su papá murió hace 3 años por diabetes, su mamá tiene cáncer y no puede recibir quimioterapia porque en el hospital público no hay nada para ella. Tiene unos hermanos morochos de 11 años.

Antonio reprobó 7 materias de las 8 que cursa.

Lo reportaron al departamento de Orientación de su colegio por sus malas calificaciones, pero cuando sus profesores lo llamaron y lo vieron entrar en su oficina se dieron cuenta de que cojeaba al caminar. Enseguida le preguntaron el porqué de su marcha y él les dijo, con total sinceridad, que como sus zapatos le quedaban apretados le salieron ampollas, y como va y viene del liceo a pie todos los días, le salieron ampollas en sus talones.

Allí los profesores se dieron cuenta de que sus notas no eran producidas simplemente por flojera o por un problema de “orientación”.

Antonio confesó que no tenían nada para comer en su casa. Que su mamá lo único que puede hacer para ganar algo de dinero es vender café, y sólo cuando se siente bien, porque su enfermedad ya la limita un poco.

Antonio les contó a sus profesores que él trabaja de noche como vigilante, de 7 pm a 7 am, apenas durmiendo 2 horas, y los fines de semana 48 horas seguidas, para tratar de conseguir algo más de dinero para su familia.

Cuando no tiene que trabajar, se despierta a las 4 am para hacerles la comida a sus hermanitos, si tienen ese día, sino al menos para despertarlos temprano y que agarren el transporte escolar gratis, que sale muy temprano, y para que ellos no tengan que caminar al colegio, prefiere hacerlos madrugar. Ha tenido que pedir dinero en autobuses para la salud de su mamá, pero no ha podido culminar el tratamiento. Muchas veces toma el almuerzo que le dan en su colegio y se lo lleva a sus hermanos, quedándose nuevamente sin comer.

Cuando lo conocí y me contó su historia le pregunté: ¿Por qué haces esto? ¿Por qué sigues estudiando? Y él, con lágrimas en sus ojos de adolescente, que no llora porque su mamá no le da permiso a ir a fiestas ni porque no tiene la ropa de moda, sólo me dijo “porque amo a mi familia y sé que debo estudiar para ayudarlos mejor”.

¡Qué lección! ¡Un héroe de talones rotos! ¡Un héroe sin zapatos!

Sus profesores, unos héroes también, en seguida empezaron a moverse para conseguirle zapatos de su talla.  Le curaron sus heridas hasta sanar, día tras día. Le consiguieron ropa y calzado para él y su familia. Desde la parroquia lo ayudamos con comida. Ahí va, ahora con mejor semblante, más animado. Con una convicción: No estoy solo.

Historias como las de Antonio, lamentablemente hay muchísimas en Venezuela. Más de las que conocemos. Cuántos chamos como él están luchando para vencer tanta miseria, y no sólo material, sino cultural. La que se vence con amor y sacrificios, la que se vence con actos concretos.

A los adolescentes ahora les hablaré de Antonio. A quien no le preocupa la ropa que se pondrá para la fiesta ni que su mamá lo regaña mucho; sino que su mayor preocupación es que no tiene con qué alimentar a sus hermanos pequeños, su preocupación es que su mamá no ha recibido ningún tratamiento para su enfermedad.

Antonio, sin duda, es un héroe sin zapatos (bueno, gracias a Dios y a la generosidad de sus profesores ya tiene). Pero mientras tanto, mientras dura este chaparrón, que Dios les conceda la perseverancia y alegría a tantos Antonio venezolanos y que mejores tiempos vengan para nuestro país.

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