Alirio Díaz: el Maestro

Cada año, aún al final de su vida, Alirio Díaz regresaba a casa, a Carora, se colocaba unas alpargatas, un sombrero y se disponía a recorrer cada una de sus calles desgastadas por el tiempo. Uno de sus lugares favoritos era la Plaza Bolívar; allí, junto a un amigo cerraba sus ojos mientras reposaba en sus recuerdos: “¿Escuchas algo? –preguntaba el Maestro con dulzura– cierra los ojos y escucha con detenimiento… Es la música que crea el viento, ¿acaso no es hermosa?”

María Andreina Pernalete*

Su nombre, según dice, pudo responder a una moda del momento o venir del estado Zulia, “en donde pensarían, y con razón, que era más bonito el hacerse el trastueque de las dos primeras vocales de Hilario”; así posiblemente resultó el nombre de Alirio Martín Díaz Leal. 

Nació en 1923 en un pequeño caserío llamado La Candelaria, ubicado en el Municipio Torres de la ciudad de Carora; una tierra de gente humilde, de sol y de cardones.

Desde niño se interesó por las artes musicales, por las tradiciones y por la historia. A los seis años se dejó cautivar por el cuatro y aprendía a solas un popular vals venezolano llamado El ausente, primera pieza que aprendió a tocar de oído.

Aprender a leer y a escribir despertó en él sus sueños, lo hicieron encontrarse, exigirse y valorarse. Cada letra y palabra que leía lo preparaban para descifrar una vida que duraría 92 años de edad.

A los 16 años, empeñado en cultivarse cuando la situación económica estaba en su contra, decidió fugarse, y rompiendo todos sus temores, escapó de su casa “en un madrugonazo definitivo” para dirigirse a Barquisimeto en busca de una beca de música que otorgaba el gobernador del momento a los jóvenes más pobres. El gobernador no lo recibió, y como un fortuito golpe del destino regresó a Carora para así terminar de romper con sus miedos.

“La Carora de mis sueños”

Carora se convirtió para Alirio en el significado de patria, fue su hogar y su lucha. La había conocido a los doce años cuando, por órdenes de su papá Pompilio, viajó caminandosesenta kilómetros ida y vuelta para llevar un encargo de la pulpería que este tenía. Por primera vez vio una “ciudad de calles rectas y limpias, un río con su puente y una hermosa plaza urbana” (la Plaza Bolívar). La llamó: “La Carora de mis sueños”.

En esa ciudad conoció a Don Cecilio Zubillaga Perera (Don Chío). Desde que sabía leer, había estudiado sus artículos de prensa. Reconoció por medio de su escritura, a un hombre ilustre, educado y culto.

Un día se atrevió a tocar la puerta del cuarto de Don Chío, habitación que servía de biblioteca y aula a todo aquel que se acercaba. Allí encontró y reconoció a su mentor, al guía y amigo que lo impulsó a su aventura y a su desafío. Don Chío no se equivocó al ofrecerle la música como vocación y no la historia, la filosofía o el periodismo que era lo que realmente quería Díaz.

Estudios de música

Obediente y confiado en su mentor, en 1942 comenzó a recibir clases de teoría, saxofón y clarinete con el Maestro Laudelino Mejías en la Escuela de Música del Ateneo de Trujillo. Tres años después se dirigió a Caracas e ingresó a la Escuela Superior de Música José Ángel Lamas y tuvo como tutores a los maestros Pedro Ramos, Juan Bautista Plaza, Raúl Borges y Vicente Emilio Sojo.

Luego de sus primeros conciertos profesionales en Venezuela, en 1950 se residenció en España becado por el gobierno venezolano, donde recibió clases de Regino Sainz de la Maza, uno de los mejores guitarristas de ese país.

Llegar a Madrid fue un momento de iluminación interior para Alirio y también de mucha soledad, el desarraigo de quien se va de su país. Uno de sus entretenimientos era ir a la Biblioteca Nacional de España. Ahí descubrió, entre muchos autores, al poeta Góngora y un poema titulado Requesón de colmena que decía: “…este destino requesón de colmenar, bien se pudiese llamar panal de leche cocida, a leche y miel me ha sabido, decidme que se esconde en él, de ser la aluda abeja o alada oveja leche le dieron y miel”.

Solo, a miles de kilómetros de distancia, con una temperatura contraria a la de su pueblo, Díaz recordaba las fiestas del 15 de enero del Niño Jesús que se celebraba cada año en su caserío, donde llegaban los Salveros de la Rosalía a cantar, y en donde luego su mamá repartía el postre de la noche elaborado con requesón y miel.

“La vez que me lo contó brotaban lágrimas de sus ojos. Era su madre, un ser que lo amó profundamente”, dijo Fernando Briceño, su cuidador y amigo. Después de su entrañable recuerdo, estaba el reconocimiento de ser venezolano, de ser caroreño: “Descubrió en un poema de Góngora lo que era”.

Más adelante comenzó a asistir a los cursos que dictaba Andrés Segovia en la Academia Chigiana de Siena, en donde obtuvo el reconocimiento al estudiante más destacado de la cátedra de guitarra.

Luego de mostrarse formalmente al público europeo, comenzó a viajar por todos los continentes presentándose como solista y acompañando a grandes orquestas sinfónicas. A donde fuera, Díaz llevaba consigo el nombre de su país y de su pueblo, plasmados en canciones de música popular recopiladas y arregladas por él. Muchos de los valses venezolanos, como los de Antonio Lauro, fueron escuchados por primera vez en el mundo a través de Alirio Díaz.

Un músico integral

Alirio no solo se interesó en la guitarra, traía consigo una insaciable sed de conocimientos que necesitaba expresar.

Fue articulista de prensa: escribió columnas en prestigiosos diarios venezolanos comoEl Nacional y El Universal.

Fue curador de editoriales para revistas de música europea del renacimiento y revistas de música venezolana para la guitarra.

Fue transcriptor y corrector de compositores venezolanos, etnomusicólogo e historiador de la música venezolana.

Sus letras llenas de pasión, reposaron en papel tras escribir importantes libros de cultura como: Música en la vida y lucha del pueblo venezolano y Vestigios artísticos de los siglos XVI y XVII, vivos en nuestra música folklórica.

Se llenaba de poesía y la poesía se llenaba de él; y para entender y comprender su corazón, solo basta leer el prólogo del libro Al divisar el humo de la aldea nativa, un manjar para los amantes de lo sensible.

Ayudaba y enseñaba a quien lo necesitara: fue promotor de jóvenes talentos de la guitarra como Cordero en Puerto Rico; John Williams, en Londres; y Luis Zea en Venezuela, solo para nombrar algunos.

Tras su éxito en el mundo, no olvidó sus raíces. Cada año regresaba a Carora para observar y para ayudar. Fue así como también fundó, en esa ciudad, el Concurso Internacional de Guitarra Alirio Díaz y el Concurso Nacional de Guitarra Alirio Díaz; además de la fundación que lleva su nombre.

“Alirio Díaz es sin duda alguna el caroreño de mayor proyección en la historia de Carora, es el hombre que pudo hacerse universal y hacer universal el sentimiento de todos convirtiéndose en uno de los máximos guitarristas de la historia”, dice Jesús Enrique León, poeta y amigo. Decidió en su máximo esplendor llevar también su tierra en su corazón, en cada palabra y en cada cuerda tocada.

Alirio Martín Díaz Leal murió el 5 de julio de 2016 en Roma, Italia. A su despedida física asistieron embajadores de diversos países, quienes lo catalogaron como un héroe nacional. Sus restos reposan en el Cementerio Municipal de Carora, ciudad de donde nunca partió.

*Miembro del Consejo de Redacción de SIC.

Nota: este escrito es recopilaciónde la tesis de pregrado (UCAB), Maestro Alirio Díaz: desarrollo de una semblanza transmedia realizada por la autora.

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