Vengan a mí. Aprendan de mi

Alfredo Infante sj

El evangelio (Mt 11, 25-30) nos centra en el corazón de Jesús. Tiene tres partes.

La primera es el agradecimiento de Jesús al padre. Jesús contempla con alegría de niño que son los pobres y excluidos y quienes se solidarizan con ellos los que logran captar los signos de la presencia de Dios en la vida y en la historia; en la segunda parte se presenta Jesús como el sacramento (signo visible) del amor de Dios  y anuncia su responsabilidad histórica y existencial de revelar a la humanidad el amor y la voluntad del padre, que se concreta en la fraternidad de los hijos e hijas de Dios; y por último; en tercer lugar, la apertura y ternura de Jesús ofreciéndose para acogernos y liberarnos de todas nuestras cargas y de todo aquello que nos oprime existencial e históricamente.

El viene a liberarnos despertando en cada persona su valía, su dignidad, la esperanza, no viene a traer soluciones externas, viene a avivar la llama de cada corazón, nos descarga si de las angustias y de los miedos que paralizan y oprimen, pero no nos sustituye, nos llama a la corresponsabilidad, nos dice “carguen con mi yugo, que mi carga es ligera, en ella encontraran descanso”. Ese descanso en lenguaje actual sería el equivalente a la paz de conciencia, a la paz interior. Él nos invita a contemplarlo, a aprender de él que es manso y humilde de corazón.

La mansedumbre evangélica no es resignación ni pasividad, es paciencia histórica y existencial, es decir, no angustiarse y sucumbir al inmediatismo de los atajos, por eso Jesús la conecta con la humildad, porque la humildad, viene de humus, de la fuente de la vida, la conciencia de lo que somos, la autenticidad, es la fidelidad activa y paciente que nos lleva a la convicción de creer que la luz de la verdad y la justicia relucirá y vencerá la soberbia de los poderosos. Y, entonces exclamaremos con Jesús: ¡Gracias Padre!

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