Venezuela encarcelada

Javier Contreras

Desde hace varios años nuestro país vive, o intenta sobrevivir, en una atmósfera de prisión colectiva, teniendo como carcelero al gobierno nacional, quien ha ido designando gendarmes cuya única misión es la de multiplicar el miedo, la violencia y hasta la muerte, de ser “necesaria”, para que los reos (todos los ciudadanos) no olviden su condición, y mucho menos tengan la osadía de exigir sus derechos.

En ese marco se propuso y se impuso la fraudulenta, peligrosa e ilegal asamblea constituyente. Para quien todavía esté confundido, la constituyente no es la causa de la conflictividad y la miseria que hoy imperan en Venezuela, es un instrumento que en su rol de carcelero utiliza el gobierno para profundizar las causas reales, y al mismo tiempo auto garantizarse, como si le hiciera falta, mayor campo de acción y control sobre las personas que cometan “horrendos crímenes”, es decir, solicitar elecciones transparentes, abogar por libertades y exigir medicinas y alimentos para millones de ciudadanos.

Si algo queda claro después del show que el gobierno montó el 30 de julio, es que el carcelero no está dispuesto a oír ninguna opinión que venga de sus cautivos (todos los ciudadanos), y ante las muestras de “debilidad” que pudo haber dado (otorgar medidas de casa por cárcel a Leopoldo López y Antonio Ledezma), correspondía, tal como lo exige su tarea, enviar un mensaje contundente: así como los sacamos, así los volvemos a traer. 

Este tipo de mensajes tiene múltiples receptores, pues el carcelero sabe bien que más allá de su rudeza y arbitrariedad, ciertos sectores dentro de su séquito están aspirando algo distinto a sus designios y mandatos. Entonces no le habla sólo a quienes lo adversan, ese grupo lo tiene bien identificado; le habla a los que por ambicionar sustituirle o querer desmarcarse del horror, se convierten en sospechosos y, por tanto, en candidatos a formar parte de la clara mayoría de venezolanos: los afectados por la persecución de quien detenta el poder y la fuerza, pero no tiene ninguna autoridad. Eso lo sabe el carcelero, por eso cada vez es más violento y paranoico.

Lo que sucedió con López y Ledezma es un pequeño ejemplo de lo que puede ser la “rutina” diaria, rutina que han pretendido instaurar desde años atrás; estos dirigentes no están privados de libertad desde hace un mes o un año, no lo olvidemos. Tampoco olvidemos que la atmosfera de prisión colectiva ha tenido éxito, en ocasiones más del que quisiéramos aceptar, generando actitudes individuales o colectivas que a veces pasan desapercibidas y luego nos sorprenden en una suerte de mimetismo, en forma y fondo, con quienes tanto daño han hecho y siguen haciendo.

Venezuela transitará de ahora en adelante una ruta conocida, porque 18 años deteriorando la institucionalidad, secuestrando la autonomía de los poderes, destruyendo el aparato productivo y haciendo del país una gran prisión (metafórica y literalmente hablando) permite que identifiquemos la senda por la que el gobierno pretende seguir caminando; lo que sí resulta novedoso es que dejaron de existir las señales que, cuando menos, daban alguna sensación de posibilidad de aferrarse a cierta racionalidad que, desde lo político, posibilitara bajar la velocidad de la locura y tratar de cambiar de dirección. Esas señales fueron destruidas por la constituyente.

No debemos darle el gusto al carcelero de quitarnos la esperanza, de obligarnos a vivir dentro de su lógica de barbarie y violencia. Es un gran reto, pero es posible, eso nos lo demuestra la historia en otros países y nos lo demuestra la tremenda bondad de tantos venezolanos que, incluso en este trance, no renuncian a la humanidad como compañera fiel de sus luchas.

 Aunque no resulte fácil de ver a primera impresión, el gobierno está más entrampado que nosotros, y va a ser segura víctima de su propia mentalidad autoritaria y pre moderna.

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