Vendiendo prosperidad y el concurso de belleza de Keynes

Isaías Covarrubias Marquina

Entre los libros que ofrezco a través de Mercado Libre está uno llamado “Vendiendo prosperidad” de Paul Krugman. Desde que el libro está colocado en esa plataforma de ventas virtual, a un precio muy barato, por cierto, el número de visitas no hace sino aumentar y ya son más de cien. Inicialmente pensé ¡Claro, es Krugman! Un Premio Nobel de Economía, uno de los economistas más lúcidos en el análisis de la economía mundial y más reflexivos en lo que respecta al desarrollo de la teoría económica actual. Pero el libro no termina de venderse, así que comencé a sospechar que las visitas responden a otro motivo. Caí en cuenta entonces que el motivo de que sea tan visitado y sin embargo no se vende es la palabra “Prosperidad” en el título del libro. Presumo que las personas que buscan libros en Mercado Libre deben privilegiar los que contengan en sus títulos palabras como “Felicidad”, “Dinero”, Éxito”, “Prosperidad”.

El problema para vender el libro de Krugman es que este habla de prosperidad, pero diferente a la prosperidad personal. Publicado en 1994, es una aguda crítica a las políticas económicas de austeridad de los gobiernos conservadores de los Estados Unidos de los ochenta y noventa. Esas políticas fueron vendidas en su momento como la gran panacea para alcanzar la prosperidad social. Pero basta revisar los hechos puros y duros para confirmar que los resultados de estas políticas distaron mucho de lograr lo que preconizaban, de alcanzar las promesas que los líderes políticos vendieron con ellas.

La búsqueda de la prosperidad personal responde frecuentemente al hecho de que la gente siente una fuerte necesidad y motivación por ideas, teorías, prácticas, que le permitan acceder a esta. Mucha gente está dispuesta a comprar estas ideas y prácticas; si además se las dan tipo pastillita de tragarse, pues mucho mejor. Dado que hay una alta demanda para esto, aparece la oferta respectiva. Son legión los escritores, coaches, predicadores, que te dirán como alcanzar la felicidad o la prosperidad, en lo posible sin mucho esfuerzo de tu parte. Dirigen muy bien sus baterías hacia fórmulas simples, utilizan atajos mentales que no suponen mucha reflexión al respecto. No me imagino a un coach basando sus recetas de prosperidad en los escritos del filósofo del pesimismo, la angustia y la desesperación Emil Cioran. Su público saldría corriendo casi de inmediato de la sala, porque eso no es lo que fueron a escuchar. Y, sin embargo, bien leído, de Cioran se puede aprender tanto del sentido de la vida y hasta de la felicidad como de cualquier otro filósofo antiguo o moderno.

En el caso de las promesas de prosperidad colectiva, muchos líderes políticos, de cualquier ideología, saben bastante del viejo truco de decirle a la gente lo que esta quiere escuchar. Por ello, venden la prosperidad de la nación apelando a promesas que a menudo no difieren en lo fundamental de quienes ofrecen fórmulas “secretas” para alcanzar la prosperidad personal. La lógica de convencer a la gente es muy parecida en ambos casos. No es casualidad que un político que vendió y todavía vende millones de ejemplares de sus libros destinados a enseñarle a la gente a hacer dinero, luego vendió promesas electorales que fueron apoyadas por la mayoría de sus conciudadanos, eligiéndolo presidente de su país.

La lógica del político, especialmente del demagogo, guarda relación con lo que John Maynard Keynes planteó como un interesante dilema de elección. Lo llamó “el concurso de belleza” y consiste en un concurso propuesto por una revista, en el que los lectores han de elegir, con votos, las seis mujeres más bellas cuyas fotografías aparecen en sus páginas. El concurso no lo ganan las mujeres más bellas, sino los lectores que acierten cuáles fueron las seis mujeres más votadas. En estas circunstancias, quien quiera ganar el concurso no votará por las mujeres que le parecen más bellas, antes más bien debe pensar en cuáles mujeres serán las más votadas por los demás concursantes y tener en cuenta que ellos pensarán exactamente igual que él. Su posibilidad de ganar está supeditada a su capacidad de predecir cómo votará la mayoría.

En tal sentido, un político en elecciones frecuentemente no ofrece en la palestra pública sus convicciones y valores propios, sino las convicciones y valores que él cree tiene la mayoría y las convicciones y valores cree la mayoría tiene él. Con base en esta argumentación es que diseña y vende sus promesas de prosperidad, defendiéndolas y aupándolas hasta conseguir lo vote la mayoría, ganar las elecciones. Muchos políticos se comportan como si todo el tiempo estuvieran representando la famosa ironía de Groucho Marx respecto a sus principios, que si no le gustan a la gente, eso no tiene importancia, siempre puede cambiarlos. Los demagogos y populistas de todo el mundo saben muy bien cómo jugar este juego, cómo vender una prosperidad que, vistos ciertos resultados electorales, parece es la que quiere la gente, es la que se merece.

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