Terrorismo, siempre presente

Javier Contreras

Imparable se mostró el poder de destrucción asociado a los ataques de grupos extremistas, teniendo a los países europeos como víctimas de gran impacto (esto por la visibilidad que las da), aunque la devastación sistemática, en ocasiones desconocida o relativizada por grandes sectores occidentales, sigue siendo en el medio oriente.

Bruselas, Niza y Berlín fueron blanco de atentados significativos, lo que encendió las alarmas sobre la efectividad de la seguridad en Europa. Estambul, ciudad que vivió un atentado en su principal aeropuerto, en junio del 2016, también recibió el año 2017 con otra acción de este tipo, esta vez en un club nocturno. Ambos hechos causaron la muerte a más de 80 personas, y dejaron aproximadamente 300 heridos.

Las causas del terrorismo en Turquía son distintas a las del resto de Europa, así el efecto sea el mismo. Para el autodenominado Estado Islámico (EI), organización que ha reivindicado la mayoría de los atentados, Turquía es un país “traidor” que, pese a ser de mayoría musulmana, es percibido como aliado de los enemigos del califato.  Esta sensación se fortalece tras la decisión del gobierno de participar, en alianza con Rusia, en las acciones militares emprendidas contra el EI en Siria.

Así las cosas, se siguen mezclando los ingredientes de un peligroso y explosivo coctel, compuesto por fundamentalismo religioso, intereses políticos – económicos y establecimiento de alianzas tan frágiles como sospechosas. Los resultados de esta fusión son la violencia, la muerte y la inestabilidad; aunado al desprestigio de la cultura musulmana en el mundo, con sus consecuencias de miedo y discriminación, combustible que aviva los ya presentes movimientos nacionalistas con tintes racistas a lo largo del mundo, particularmente en Europa, principal receptor de refugiados víctimas de los diferentes conflictos en medio oriente.

 

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