Redención

Cine de boxeo incapaz de innovar

Diego Salgado

Este décimo largometraje del director Antoine Fuqua se estrena en nuestro país dos años después de su exhibición en cines norteamericanos, y cuando ya ha podido verse en España su siguiente realización, Los siete magníficos (2016). No está claro el motivo de que la distribución patria haya propiciado que Redención nos llegue con tanta demora, máxime teniendo en cuenta que integran su reparto actores tan populares como Jake Gyllenhaal, Rachel McAdams y Forest Whitaker. En cualquier caso, lo cierto es que, una vez vista la película, cabe calificarla de título menor, que aportará escaso crédito futuro a todos los implicados en ella, y que tampoco devendrá un hito memorable del ámbito a que se adscribe, el del drama pugilístico.

Un género que, a estas alturas, al menos en el contexto del cine comercial estadounidense, no cabe entender en casi ningún caso como comprometido con la realidad del boxeo. Su abordaje tiende a articularse como suma de constantes dramáticas y narrativas empleadas mil veces, pero siempre susceptibles de reinvención fructífera de cara a nuevos públicos, ansiosos como las generaciones precedentes por leer la fisicidad de las disputas en el ring, y los discursos primarios sobre la superación deportiva, como alegorías sobre los retos que todos hemos de superar a lo largo de la existencia. Así sucede también en Redención, que cuenta el descenso a los infiernos y la posterior recuperación anímica de Billy Hope, un boxeador célebre y millonario por su récord de combates invictos, que disfruta además del amor pleno de su esposa, Maureen, y su hija Leila. Sin embargo, un suceso trágico provoca que Billy se abandone al alcohol y las drogas y malogre su estatus profesional y familiar. Solo la confianza en él de un expúgil que ahora regenta un gimnasio, Titus, permitirá a Billy albergar la esperanza de recuperar algo de cuanto ha perdido.

Lo más interesante de Redención atañe a su descripción de un deportista que no ha de luchar por superar unos orígenes humildes a base de ambición y coraje, sino que -signo de los tiempos- lo tiene todo en un principio sin que le haya costado demasiado, algo que no sabe apreciar hasta que es demasiado tarde y debe reconquistarlo sin herramientas de carácter adecuadas para ello. Por lo demás, como delata la sinopsis que acabamos de brindarle al lector, se trata de una película con la que el guionista Kurt Sutter –curtido en la escritura de The Shield (2002-2008), Hijos de la Anarquía (2008-2014) y otras producciones televisivas– pulsa todas y cada una de las teclas argumentales con las que está familiarizado el cinéfilo, sin que sea posible apreciar la singularidad prometida por el título original, Southpaw, que hace referencia al empleo de técnicas pugilísticas heterodoxas.

En cualquier caso, la responsabilidad mayor de que el filme acabe en tierra de nadie, de que sea incapaz de añadir nada convincente al acervo del cine de boxeo, corresponde a Antoine Fuqua. En títulos como El rey Arturo (2001) y Los amos de Brooklyn (2009), Fuqua ya había demostrado ser ejemplo paradigmático del Hollywood actual; un ecosistema que ha disuelto hace años las fronteras entre el cine de temáticas graves y el de mero entretenimiento, cuyos perfiles formales se solapan de continuo no siempre para bien de las películas. La indecisión estilística de Fuqua en Redención, tan lejos del hálito naturalista de Día de entrenamiento (2001) como de la retórica desorbitada de The Equalizer (2014) –quizá su mejor película hasta la fecha–, hace que los innumerables lugares comunes planteados por Kurt Sutter aspiren a ser trágicos o espectaculares en los momentos menos dispuestos para ello por la cámara, hasta el punto de que algunas escenas lindan con lo embarazoso. Redención es una película tan fallida como para suscitar a veces la risa incómoda del espectador.

 

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