Provocar las ganas de aprender

Antonio Pérez Esclarín

De muy poco van a servir los cambios curriculares y los esfuerzos de dotación de textos y computadoras, si no cambiamos la cultura escolar   y comenzamos a entender que el papel del educador no consiste en enseñar, sino fundamentalmente en provocar las ganas de aprender de sus estudiantes.  Esto va a exigir un cambio fundamental en los procesos de formación, tanto inicial como permanente, de los educadores. Se trata, nada más y nada menos, de pasar del aprendizaje de la cultura a la cultura del aprendizaje. En educación, necesitamos menos imposiciones y más construcción de deseos. Menos rituales, formatos y rutinas y más sentimiento, más pasión, más sentido común.  Si es evidente, como nos lo señalara Freinet hace ya muchos años, que no podemos obligar a comer al que no tiene hambre, no podemos enseñar si no despertamos el hambre de aprender.

Albert Camus, filósofo y premio nóbel de literatura, nos recuerda en su novela póstuma “El primer hombre” la monotonía y el aburrimiento en su liceo, donde la mayor parte de los profesores pretendían obligarles a comer un alimento insípido y desabrido que habían preparado para ellos sin despertarles el hambre.  Pero Camus recuerda que había un maestro especial, Monsieur Germain, “que provocaba en nosotros el hambre de aprender”. Y esto era posible porque ese maestro provocador del hambre, era un verdadero hambriento de nuevos aprendizajes y descubrimientos. Cada clase era una aventura y cada descubrimiento, en vez de saciar su hambre, se la alimentaba. Sus clases resultaban apasionantes porque Mr. Germain era un apasionado de la educación. Los alumnos disfrutaban y aprendían en ellas, porque el Sr. Germain disfrutaba enseñando.

Escuelas, liceos,  universidades ¿despiertan el hambre de aprender? Los facilitadores de tantos talleres y los ponentes en encuentros y congresos pedagógicos ¿son personas hambrientas de nuevos conocimientos y son capaces de provocar en los participantes su propia hambre, o son meros expositores sin alma y sin pasión?  

Hoy, son cada vez más las personas que, conscientes de que la educación se ha extendido mucho, pero es una educación muy pobre, hablan de la necesidad de una “educación de calidad”, con lo que vienen a reconocer que la educación está muy lejos de responder a sus objetivos esenciales. Si bien son muchas las formas de entender la calidad, para mí la educación es de calidad   si forma personas  y ciudadanos de  calidad.  Educación que despierta el gusto por aprender  a lo largo de toda  la vida,  que fomenta la creatividad, la crítica, la  libertad y el amor. Educación que capacita para  vivir y  convivir, para  defender la vida, de modo  que todos podamos vivir con dignidad. Educación que prepara a las personas y comunidades  ya no   para acomodarse a los cambios, sino para orientarlos a favor de un proyecto de construcción de otro mundo posible en el que prevalezca la justicia, la inclusión, la democracia, el respeto a la diversidad y la paz. Educación orientada  no meramente a formar los profesionales que el mercado necesita  sino  los seres humanos que requiere  una  sociedad libre y profundamente democrática. Armados de una ciencia profundamente humanista y de una conciencia social que les permita transformar   creativamente su comunidad y su país.

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