No es tiempo para amateurs

Javier Contreras

Algunos sectores parecen dejarse seducir por la idea de la confrontación como herramienta para lograr un cambio, pero ceder a ese impulso no resuelve nada; seguramente profundizaría la crisis, el dolor, la muerte y la desesperanza. El momento que vive hoy el país exige mucho más que respuestas instintivas, es necesario crear espacios en base a la reflexión que desencadene en acción, poniendo un freno a la mera reacción carente de táctica.

Lo que sucedió el 16 de julio, con la importantísima participación voluntaria de más de siete millones de venezolanos en la consulta popular, es un hecho impactante, de gran simbología y peso político. Precisamente por la importancia que reviste se hace obligatorio leerlo correctamente, con la frialdad que requiere el momento y con la sensatez de la que sólo puede hacer gala quien entienda la complejidad en la que hoy estamos inmersos.

Es la hora de las cabezas políticas, y esto no quiere decir de las cabezas de los partidos, no. Es la hora de pensar políticamente, y si las cabezas de los partidos son capaces (como creo que sí es posible) de hacerlo, mucho bien harán a los venezolanos que, por distintas razones, tienen en ellos a sus referentes. Hay dos diferencias que no se pueden pasar por debajo de la mesa.

En primer lugar, no todos los partidos son realmente políticos, algunos son organizaciones con fines electorales y coyunturales, lo cual no los hace ilegítimos, pero tampoco los convierte en una opción de real transformación; en segundo lugar, la gente que participó de la consulta popular no es, necesariamente, seguidora de la dirigencia partidista, y tampoco tiene filiación con el partido de gobierno. Estos dos puntos son claves de cara a las dificultades que entraña cualquier decisión que tome la alianza de partidos congregados en la MUD, organizaciones que están vehiculando de cierta forma el descontento popular y el deseo de cambio.

Cuando se habla de dificultad relacionada a las decisiones, se quiere hacer ver que ante la heterogeneidad de voluntades y enfoques que confluyen, es imposible satisfacer a todos por igual, situación que seguramente genera presiones extras en los voceros políticos. Conociendo el número de personas que se manifestó, pacífica y cívicamente el 16 de julio, las acciones no deben ser adolescentes, guiadas más por las hormonas que por la razón, con eso se desecharía lo hasta ahora alcanzado, que ha sido realmente mucho. 

Si algo queda claro es la voluntad de la gente a participar en acontecimientos políticos, acontecimientos que por su expresión, clima y espíritu, ratifican que no es la violencia el instrumento escogido por las grandes mayorías. Insistir en este punto no es letanía, es valorar la mejor dimensión que como venezolanos estamos exponiendo ante esta crisis; dimensión que por su robustez termina desencajando a quienes pretenden imponer la confrontación y el choque en la cotidianidad nacional.

Ciertamente hay sectores que son incapaces de leer lo que sucede, por tal motivo su respuesta es siempre anti o pre política, estando marcada por el intento de negación de la realidad, o por la preparación de escenarios de cultura bélica. Los representantes del gobierno nacional son un claro ejemplo de ello, haciendo  lo contrario a lo que es su gran responsabilidad: establecer canales de entendimiento convivialidad, justicia y desarrollo. Tristemente siguen empeñados en marchar hacia la dirección contraria, y en su intento nos quieren arrastrar a todos.

Pero también marchan en dirección equivocada quienes desde la supuesta defensa de las libertades quieren imponer acciones irresponsables como “la calle sin retorno”, expresión tan vacía como inviable; aquellos que enarbolan banderas de supuestas reivindicaciones, pero en la práctica no son más que “revoltosos habituales” que quieren enlodar la lucha de muchos, acreditándose una suerte de derecho adquirido para establecer modos y contenidos.

El domingo 16 de julio la dirigencia recibió un mandato: actuar políticamente, presionar con inteligencia, tener libertad ante las consignas y las frases hechas, cerrarle el paso a la minoría violenta y obtusa que amenaza con secuestrar el deseo de quienes aspiran algo mejor, en forma y en fondo; en otras palabras, que tengan grandeza política, que actúen como profesionales y no como aficionados.

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