Ni los hijos de Chávez, ni la resistencia

Javier Contreras

La conflictividad política que vive hoy el país, plantea la tentación constante de querer apoderarse de cualquier símbolo que refiera dignidad, prestancia o jerarquía y, luego de ser secuestrado, se pretende utilizar como bandera que reafirme las posturas del sector que se quede con el botín. Así hemos observado plazas, sectores de la ciudad, figuras de las artes y la literatura, incluso colores, que se han convertido en patrimonio de unos y en objeto de desprecio para otros.

El gobierno, su partido y el aparataje del Estado puesto ilegalmente a su servicio, han dado suficientes y repetidas muestras de lo anteriormente descrito. Adueñarse de algo o de alguien, al mejor estilo corporativo mercantilista, es práctica común para ellos. Valga aclarar que un caso distinto es el de las personas (intelectuales, artistas, deportistas) que voluntariamente se prestan, en ocasiones se ofrecen, para ser la cara propagandística de un gobierno que necesita tener referentes en distintos segmentos. Eso se llama negocio, y allí el límite es la propia conciencia.

Hoy, el más apetecido de los símbolos es la selección nacional de fútbol sub 20, flamante sub campeona del mundo. Como era de esperarse, de ella también se ha intentado hacer bandera sectorial, pero se toparon con lo que estos jóvenes y su cuerpo técnico demostraron a lo largo del campeonato mundial: dignidad, entrega y mucha inteligencia. Lo que dejaron en las canchas, lo están dejando fuera de ellas, eso se llama coherencia y se agradece.

Optar por un estadio (su ambiente natural, por así decirlo) como lugar en el que recibirán el merecido homenaje que el país decidió darles, es un mensaje claro respecto a quién se deben: a sus aficionados, no a un grupo particular. Ojalá que con la misma claridad  que se ha manejado la vinotinto sub 20, lograra manejarse la dirigencia política, y los más extremistas representantes de sus opciones, que cuando no pueden exponer como trofeo lo que desean, deciden entonces desprestigiarlo o destruirlo.

Estos jugadores son chamos, venezolanos, de distintas procedencias, de distintos estratos sociales, de distintas confesiones de fe y con distintas maneras de pensar; y en esa diversidad lograron construir la más importante gesta del deporte por equipos en la historia nacional. Que la mezquindad no haga que nadie quiera apoderarse de ellos; que el simplismo no conduzca a rodearlos de apodos que busquen hacerlos imagen de algo que no son.

No lo olvidemos, ni son los hijos de Chávez ni son la resistencia. 

 

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