Los Romanov, 1613-1918

Simon Sebag Montefiore

La ignorancia sobre la historia de Rusia, en la que he participado hasta ahora, queda triturada por esta magnífica historia, que nos presenta a una dinastía absolutista al máximo, que cree personificar el alma y el ser de Rusia. Sin ellos, afirman los Románov, Rusia no existiría, no sería nada. Ellos personifican la locura y la arrogancia del poder absoluto.

No se puede generalizar, sin embargo, porque cada zar o zarina fue diferente, pero aparecen entre ellos tantos sádicos (que torturan y matan sin rubor), tantos lujuriosos (todos, hombres y mujeres, con varias y varios amantes), tantos ambiciosos de poder y gloria (a quienes no importa sacrificar miles de vidas en guerras mal preparadas y peor llevadas), que me asombra saber que todavía existe un país llamado Rusia, que nunca tuvo una existencia fácil y que sigue sin tenerla. El absolutismo sólo comenzó a ser cuestionado a fines del siglo XIX por dos grupos: el influido por las ideas de Marx y el influido por las ideas democráticas derivadas de la Revolución Francesa. Los últimos zares cedieron aparentemente a las ideas de participación y aprobaron la Duma o parlamento, pero sin hacerle caso. Los seis últimos zares murieron en atentados, llevados a cabo por grupos violentos que conspiraban y exigían el fin del absolutismo. Solamente los últimos zares quisieron eliminar la esclavitud de los siervos, que había durado todos los siglos y sobre la que se habían enriquecido los zares y los nobles, pero solamente la hicieron efectiva – y a medias – al final de la dinastía en 1861.

Los zares consideraban que Rusia debía dominar todos los territorios a su alrededor. Por eso hicieron guerras contra los otomanos y quisieron apoderarse de Constantinopla. Se apoderaron de territorios bálticos. Disputaron a Inglaterra la influencia sobre el Oriente Medio y Próximo. Conquistaron los pueblos del Cáucaso. Se aliaron con Alemania y luego con Inglaterra en su afán de convertirse en una potencia. Pero los ejércitos rusos estaban mal preparados y sufrieron derrotas con centenares de miles de muertos.

Es interesante la combinación de religión y poder absoluto que detentan los zares. Son muy piadosos, se refieren a Dios con frecuencia. Todos ellos se consideran sacerdotes del cristianismo ortodoxo, consagrados por Dios para gobernar a su pueblo. Son piadosos al máximo, pontifican en ceremonias larguísimas, inculcan la religiosidad, pero su vida está en tan brutal contradicción con el espíritu cristiano que parece imposible que no se lo plantearan alguna vez. Persiguen a los judíos, los expulsan, los someten a tortura y muerte… por medio de mandatarios tan crueles como ellos.

Pushkin, Tolstoi, Dostoievski, Tchaikovski son algunos personajes del mundo artístico que tuvieron alguna influencia en este tiempo, pero el que más figuró fue Rasputin, una especie de pseudomístico de origen campesino, que se creía en contacto permanente con la divinidad y que se abrió paso hasta las más altas esferas del poder con Nicolás II y Alexandra. El único heredero varón de Nicolás II, el zarevich Alexei, era hemofílico y llevó una penosa existencia en su corta vida. Rasputin es asesinado por enemigos de la propia familia Románov el 16 de diciembre de 1916 y arrojado al Neva.

La incapacidad de Nicolás II de manejar la situación tan difícil que han causado las rebeliones de obreros y soldados lleva al golpe del 1º de marzo de 1917 en el que acaba la monarquía de los Románov. Se instala el primer soviet socialista en Petrogrado al mando de Kérenski, que siete meses después será retirado de su cargo por Vladimir Lenin. Los Románov fueron apresados y trasladados primero a Tobolsk en Siberia y luego a Ekaterimbugo en los Urales. En 1918 casi todos los Románov fueron asesinados por orden del Sóviet supremo. La descripción tan detallada y tan horrible de su muerte la consiguió el autor en las memorias de varios de los asesinos, que desafiando al Sóviet las conservaron; sin embargo, la mayoría de ellos fueron luego víctimas de la revolución bolchevique.  

El autor termina este gran recorrido histórico diciendo que los jefes bolcheviques Lenin y Stalin admiraban a los Románov y emularon su autoritarismo. Dice en particular del actual presidente: “Putin ha llamado a su ideología ‘democracia soberana’, haciendo hincapié claramente en lo de ‘soberana’: putinismo mezclado con autoritarismo Románov, santidad ortodoxa, nacionalismo ruso, capitalismo de amiguetes, burocracia soviética y elementos típicos de la democracia, las elecciones y los parlamentos. Si ha habido algo de ideología, ha sido inquina y desprecio por Estados Unidos, nostalgia de la Unión Soviética y del imperio de los Románov, pero su espíritu ha sido el culto a la autoridad y el derecho a enriquecerse en el servicio del Estado… Pedro el Grande y Stalin son considerados gobernantes rusos que cosecharon grandes triunfos. La Rusia de hoy es heredera de ambos, una fusión de estalinismo imperial y de autoritarismo digital del siglo XXI, atrofiada y distorsionada por su propio capricho personal, por su continuo desgobierno, por su esclerosis económica y por su corrupción.”

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