Lecciones de las elecciones

Revista SIC 799

Octubre 2017

La primera reacción ante el resultado fue de desconcierto. Se daba por descontado que la oposición iba a ganar. Eso significa que no hubo sentido de realidad. Para el Gobierno, en cambio, el resultado no fue una sorpresa. Significa que lo tenía todo planificado y que salió como había previsto. La oposición y gran parte de la opinión pública y de las encuestadoras, no habían tomado en cuenta variables que fueron decisivas. Hay que aprender la lección.

El Gobierno es tramposo

El Gobierno es una dictadura con métodos totalitarios. Intentó ser un totalitarismo, pero no tuvo capacidad de llevar a cabo nada de lo propuesto, por varias razones; entre otras, por su carácter rentista, que convirtió a sus adeptos en meros colaboradores y, en definitiva, en parásitos. Ahora es solo una dictadura: no pretende transformar el país ni a los ciudadanos sino solo mantenerse en el poder.

Pero sus métodos siguen siendo totalitarios: fabrica una “realidad” inventada y trata de obligar a que todos vivan en ella, tratando de controlar todos los espacios. Por eso no tiene ninguna pretensión de verdad porque la verdad es lo que él dice, aunque se contradiga. Por eso habla apodícticamente y siempre tiene la razón; la culpa es siempre de los enemigos. Copa al Estado (en este caso al CNE) con lo que el Estado desaparece. El resultado es que nada funciona, excepto la propaganda y la represión y las mañas para controlarlo todo. Emplea a las Fuerzas Armadas y a la policía, no para los fines constitucionales sino para sus fines particulares y además usa paramilitares en contra de los opositores.

Tenemos que caer en la cuenta de que esos son sus métodos. Por eso él calculó qué trampas tenía que hacer para ganar donde sabía que no ganaba sin ellas. Y lo hizo concienzudamente: movió a 700.000 electores de sus centros de votación habituales en los estados donde perdía, sobre todo, Miranda. A gente del sureste la envió a los barrios de Petare, o al norte, al otro lado de la autopista, y hasta a Ojo de Agua. Además fueron avisados a última hora de sus nuevos centros y algunos, al llegar, fueron notificados de que era otro y tuvieron que desplazarse. Bastantes se desanimaron.

A otros estados pequeños, como Amazonas, llegó gente de otros estados en autobuses. Además, y, sobre todo, hicieron saber enfática y repetidamente a los beneficiados con el CLAP y a los pensionados que, si no votaban, no tendrían más las ayudas, y también les hicieron saber que se iba a saber su voto.

Y, por supuesto, en contra de lo que hacía antaño, el CNE no hizo ninguna campaña para dejar claro que el voto es secreto y que no hay cómo averiguar por quién votó nadie.

Además, en no pocas mesas no hubo suficientes testigos de la oposición y hubo fraude. Donde todo esto no fue suficiente, como en el estado Bolívar, no enviaron a Caracas electrónicamente los votos efectivos sino muchísimos menos.

Así pues, el Gobierno ganó con trampa.

Opositores idos y más gente dependiente

Pero eso no fue todo. La principal causa de que perdiera la oposición fue la emigración: podemos calcular que por esa vía la oposición tuvo dos millones de votos menos. Una cifra absolutamente decisiva.

Por eso el Gobierno, a quien no le interesa nada que se hunda el país, estimula la emigración: sabe que cuantos más se vayan, más posibilidades tiene él de perpetuarse en el poder, aunque sea a costa de la parálisis de todo. Es lo que ha venido pasando en Cuba. Y a este destino, del que ella busca salir, es al que se nos quiere condenar a nosotros.

Eso hay que hacérselo ver a los que proyectan irse. No se puede obligar a nadie que se quede en una situación en la que casi no hay posibilidades de vida. Pero es cierto que cuantos más se vayan, más difícil va a ser que la situación se revierta.

La otra causa, comparable a esta en número e incidencia en la vida del país, más allá de las elecciones, es que el Gobierno va logrando crear dependencia de él en cada vez más personas y no solo del pueblo.

Cuando una persona del pueblo ve que el Gobierno le da, con cuentagotas y a cambio de sumisión, lo que debería propiciarle como ciudadano, se siente no agradecida, sino agredida, burlada en su dignidad; y por eso, aunque acepte lo que le da, porque lo necesita para sobrevivir, porque no ve otra fuente de subsistencia, no por eso se enfeuda a él sino que, por el contrario, se le opone, al menos en su fuero interno y donde él se sienta con libertad para expresar su estado de ánimo y su posición vital.

Por eso esa persona aprovecha las elecciones para manifestar su oposición a un proceder abusivo. En cambio, cuando la persona deja su autonomía y su dignidad de lado y acepta ese tipo de relación, en la que ya no es sujeto, entonces se acepta como minusválida y vive dependiendo del Gobierno a cambio de su adhesión.

Tenemos que reconocer que poco a poco el Gobierno va logrando que cada vez más se resignen a su minusvalía y dejen de ser personas. Dejan de actuar desde su ser personas, porque la condición de persona se distingue de la de individuo y sujeto porque entabla relaciones simbióticas desde la propia autonomía, capacitándose incesantemente para dar de sí cualitativamente; entonces lo que recibe de otras personas como ella, no humilla, sino que hace nacer la sociedad, que se da cuando ponemos en común nuestros haberes para que el cuerpo social que resulta de ello sea de todos y de nadie en particular. Eso es el bien común.

Si aceptamos, en cambio, la dependencia, todo es del Gobierno que nos da, a cambio de sumisión. Eso, tan inhumano, es lo que busca el Gobierno por todos los medios, y, desgraciadamente, lo va logrando en no pocos.

La irresponsabilidad de los abstencionistas

La última razón de que haya ganado el Gobierno es que casi un 40 % no fue a votar y de estos casi todos son de la oposición.

Una minoría no fue a votar porque estimaba que no tenía sentido porque, viviendo en una dictadura, aunque la oposición ganara, nada iba a cambiar. No estamos de acuerdo. Era importante comprobar una vez más que el Gobierno es minoría, era importante que se expresara en las urnas que el 80 % reprueba a este Gobierno por corrupto e incapaz.

Es cierto que donde ha ganado la oposición él ha puesto funcionarios a quienes les ha dado poder: eso forma parte de los métodos totalitarios. Pero si no queremos ir a una guerra civil, que es el mayor de los males y que por lo menos los cristianos tenemos que repudiar absolutamente, tenemos que aprovechar todos los espacios posibles para mostrar que el Gobierno usurpa el poder. Tenemos que no plegarnos hasta que se quede solo.

Ahora bien, en la mayoría que no fue a votar la razón no fue esa, sino la falta de motivación. Sobre esa actitud decimos que es una falta gravísima de responsabilidad, no solo ciudadana sino simplemente humana, debido a lo extremadamente grave de la situación. Por eso llamamos a estos conciudadanos a que vuelvan sobre sí y asuman su responsabilidad, pagando el precio.

¿En qué falló la oposición?

En no percatarse de la maniobra del Gobierno que le permitió adelantar las elecciones que venía posponiendo. Falló al no hacerle frente pormenorizadamente. Falló por eso al no animar a los votantes, no solo ambiental sino nominalmente, a que ejercieran su voto, por lo crucial de expresarse.

Falló también en velar porque el voto emitido se reflejará en las máquinas y en su envío para la totalización. Falló en no exigir con más energía, formando más opinión pública, sobre todo en los afectados, que se actualizara el padrón electoral, de manera que los jóvenes pudieran ejercer su derecho al voto.

De la misma manera había fallado antes la MUD en convencer a todos sus adherentes de que hay que descartar el foquismo de calle, que se ha demostrado violatorio de la convivencia social, desgastante para sí y sin efectos para presionar al Gobierno, y que había que entregarse a ganar esos comicios de manera contundente.

Y, ahora que cuatro de los cinco gobernadores electos se han juramentado ante la ilegítima ANC estamos en un escenario de fragmentación e implosión de la MUD como fuerza unitaria, y ante un desafío muy grande que significa recuperar la confianza de la sociedad y rehabilitar las fuerzas democráticas con un proyecto alternativo de país. 

 

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