La ONU, fragilidad e insuficiencia

Javier Contreras

El foro de la multilateralidad por excelencia, el mayor ejemplo de la voluntad por establecer la búsqueda de consensos como instrumento político, está dando, 72 años después de su fundación, señales de envejecimiento que la distancian del efectivo cumplimiento de su misión, que entre otros aspectos, está signada por el mantenimiento de la paz en el mundo, velar por el cumplimiento del Derecho Internacional y establecer los caminos para que las grandes mayorías tengan garantizado el efectivo respeto y goce de los Derechos Humanos.

Revisar el marco en el que se desenvolvió la Asamblea General de la ONU del 2017 es, sin duda alguna, un recordatorio de la dicotomía entre discurso y realidad, entre declaración de principios y hechos concretos. Los temas que concentraron el análisis fueron los mismos que preocupan en la cotidianidad, sólo que en la sede de la ONU adquieren una difusión global.

La tensión creciente con Corea del Norte por su peligrosa carrera armamentista y la arrogancia que la acompaña; la actitud de Estados Unidos, afianzado en su papel de policía del mundo, mostrando desprecio a muchos de los tratados que a otros exige cumplir; la situación en Venezuela, marcada por la ruptura de las normas democráticas y la represión de un gobierno cada vez más arbitrario; la crisis de los refugiados, producto de guerras e injusticia en el medio oriente y África, acumularon la mayor parte de la cobertura mediática y ocuparon una extensión importante en la intervención de los participantes.

Todos los casos nombrados han crecido, se han hecho más complejos y han causado muchos daños humanos y materiales, sin que los mecanismos delineados por la ONU hayan puesto freno efectivo a dichos problemas. La incapacidad se debe explicar desde dos aristas: 1) El propio diseño fundacional del organismo, con la lógica de la época en la que nació (pos guerra y mundo partido en dos) y el preponderante papel de los cinco miembros permanente del Consejo de Seguridad. 2) Con el paso de los años y la diversificación de los intereses económicos (relacionados directamente con lo político), con la competencia que eso supone, los países miembros apostaron por la emancipación de facto, pensando más en alianzas estratégicas que en foros de consensos.

Desde esas dos variables se puede entender la debilidad de la ONU, la dificultad que tiene para ejercer medidas de verdadero impacto en la convivencia universal. Los miembros del Consejo de Seguridad se apropiaron de las decisiones más relevantes en materia de búsqueda de paz y resolución de conflictos, generando justificado malestar en otros países. También dejó de existir real voluntad de muchos países para comprometerse con los dictámenes de la ONU, en quien comenzaron a ver un estorbo para sus pretensiones o intereses.

Hoy queda claro que el organismo requiere una reestructuración, lo que no queda claro es el cómo hacerlo y las ambiciones que dan cuerpo a ese deseo que muchos expresan en forma de necesidad. Los países reivindican la actuación de la ONU cuando coincide con sus aspiraciones, en caso contrario la tachan de mecanismo obsoleto. La sociedad en general, agrupada en organizaciones de distinto tipo, ve en la ONU al ente llamado a solucionar los problemas de todos, incluso pasando por arriba de lo que son sus capacidades y mandatos, y dependiendo de la satisfacción o no de la demanda, la aprobación o desaprobación no se hace esperar.

Se puede decir que la ONU está presa de sus errores y de su diseño, y sus carceleros son los países que en teoría deben garantizar la vitalidad de una organización que, con todo y sus límites, con todo y las deficiencias que actualmente evidencia, continúa siendo un referente de logro compartido por la humanidad. El futuro de la ONU es tan incierto como el futuro de la convivencia humana, y sin una profunda reflexión y trabajo mancomunado, parece quedar expuesto al triunfo del más poderoso, la imposición y la violencia.

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