La juventud no puede ser el final

Luisa Pernalete 

No me formé para educar para la muerte. El lema de Fe y Alegría hace unos años fue “Educamos para la vida”. Es que para eso nacemos: para vivir, y morir cuando ya hayamos vivido y cumplido con nuestro ciclo de crecer, desarrollarnos… Por eso no podemos identificar la infancia y la juventud con la muerte, sino con la vida.

No sé ustedes, pero a mí no se me quita de la cabeza la imagen del velorio de Armando Cañizales con ese escenario de fondo: los compañeros del Sistema de Orquesta, compañeros de Armando, interpretando el Himno Nacional. ¡Gloria al bravo pueblo que el yugo lanzó/ la Ley respetando…”. Me vino a la mente aquella película sobre esa institución orgullo  de todos los venezolanos, el Sistema de Orquestas, ¿se acuerdan? “Tocar y luchar”, ¿cómo es que ahora es Tocar y morir?

No es sólo Armando, se trata también de Carlos (17), de Jesús (15), de Albert (16), de Bryan (14), de Jackson (16), todos con edades de estar en el liceo, pensando en fútbol y en las novias, en sus exámenes… Se trata de todos los otros con 19, 20 años que han sido asesinados, no quiero añadir, ¿por encargo? ¿Esa es la orden?

Me gustaría estar en las cabezas de los que dan las instrucciones a los uniformados: “Si ve un joven, tire a matar”, ¿Es así? Dispersar una manifestación violenta es una cosa, tirar a matar es otra. ¿No se forman los funcionarios para proteger a la patria, y a los ciudadanos? ¿Cómo es que se para una manifestación y no se paran los saqueos?

Quiero añadir que no se trata sólo de estas muertes violentas, hablo también de las muertes lentas, de la falta de horizonte, como bien dice el Padre Pedro Trigo (Revista Sic, abril 2017). Eso también es criminal, cerrar horizontes, ofrecer ¿Qué? Pienso en el diálogo que tuve hace poco con un ahijado de San Félix. Tiene 17 años, está terminando su bachillerato, con mucho esfuerzo. “Esto no se va a componer madrina”… Su edad es para el beisbol – que le encanta – , no para estar viendo túneles sin salida. “Yo quiero tener una casa”, me dijo hace poco,  casi con pena. Le entendí, no estaba hablando de tener yates, ni siquiera de querer una moto, o viajar. Quiere estudiar algo que le permita vivir dignamente. ¡Eso no puede ser un delito!

Hablo también por las muertes lentas de los niños y niñas que se están levantando sin los alimentos necesarios; por los niños y niñas del JM de Los Ríos, por los niños enfermos de cáncer sin tratamiento. ¿La infancia es el final para ellos?

Claro que estoy llorando, por Armando Cañizales y su violín callado, por mi ahijado con su aspiración de vida digna, por las madres de todos los caídos – incluso de los uniformados muertos – Pero ya saben: se llora para que se limpie la mirada y ver mejor por dónde caminar. Los adultos de este país tenemos el compromiso de buscar luz para este túnel,  construir horizonte, de convencer a los responsables de parar esta guerra asimétrica de tanques contra piedras. Usted y yo tenemos que sacar fuerzas para eso.

 

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