“Honoris Causa” de Arnoldo Gabaldón

MonitorProDaVinci

El 6 de junio de 2017, la Universidad Católica Andrés Bello le otorgó el título de Doctor Honoris Causa en ingeniería al profesor Arnoldo José Gabaldón. El Doctorado por “Causa de honor” es la máxima distinción conferida a quienes han destacado en su trayectoria personal y profesional por sus méritos y logros. Arnoldo Gabaldón se graduó de bachiller en Ciencias en el Colegio San Ignacio de Loyola y posteriormente obtuvo su título de Ingeniero Civil en la Universidad Católica Andrés Bello. Además, obtuvo una maestría en Ingeniería Hidráulica en la Universidad de Stanford y un diplomado en Economía del Desarrollo en la Universidad de Manchester. De ahí que sus estudios han planteado una visión integral del aprovechamiento del agua en Venezuela y las responsabilidades y el conocimiento de toda la problemática asociada a su manejo y aprovechamiento.

Compartimos el discurso de recepción de Arnoldo Gabaldón.

DISCURSO AL RECIBIR EL DOCTORADO HONORIS CAUSA DE LA

UNIVERSIDAD CATÓLICA ANDRÉS BELLO.

De una a otra dictadura

Caracas: 06-06-2017

“Empiezo por confesar que, a lo largo de mi ya larga vida, no he recibido un galardón que me haya generado tanta alegría y honda emoción, como el que nos congrega hoy. Es el más alto reconocimiento que me hace la Universidad, a quien tanto le adeudo: mi formación profesional básica, el inicio de mi ejercicio docente y una relación permanente y fructífera de más de medio siglo.

Me hubiese gustado mucho estar acompañado en esta ocasión por mis padres, modelos en mi vida, pero ambos están muertos. También hubiese disfrutado inmensamente estar acompañado por todos mis hijos, mas solo ha sido posible que una de seis este presente, Sonia y sus dos hijos, ya que los restantes son integrantes de la triste diáspora, a que están forzados los venezolanos. Me siento muy feliz de que me acompañe mi esposa Graciela Flores, quien han sido mi estimulo permanente y constante colaboradora. Igualmente, todos mis familiares y amigos que están hoy presentes.

Estoy profundamente agradecido al Rector Padre José Virtuoso y al Consejo Universitario, quienes aprobaron otorgarme este Doctorado Honoris Causa. Mi agradecimiento, igualmente, a la Decana de la Facultad de Ingeniería Ing. Susana García y al grupo de profesores encabezado por el Ing. Joaquín Benítez Maal, quienes promovieron el que se me otorgase esta altísima distinción. Muchas gracias, además, al Profesor Benítez por la muy generosa y bien elaborada semblanza que ha hecho de mi persona y que me ha dejado conmovido.

Considero que, en ocasiones tan solemnes, hay que abordar temas que sean relevantes para una audiencia amplia, pero que además forzosamente, tengan un significado personal. Mis palabras en esta oportunidad estarán enhebradas por: Un itinerario entre dos dictaduras. Es un poco el curso que ha seguido el país durante mi vida y del cual he sido testigo; recorrido existencial entre lo negativo y positivo, que me ha dejado satisfacciones e inquietudes; lecciones aprovechables, especialmente para los más jóvenes y algunas reflexiones que deseo compartir. En ese itinerario iré tejiendo comentarios y me toparé con diversas situaciones.

I

Nací en un hogar en que se hablaba mucho de política. Mis dos abuelos habían padecido la dictadura del General Juan Vicente Gómez. Oía de las tribulaciones de las abuelas por ver libres a sus esposos. Se hablaba de esos tiempos sombríos y muy tristes, para terminar siempre por ensalzar el valor de la libertad y el compromiso de trabajar por el país, pensando en el interés público. Los temas de conversación en mi hogar eran siempre los serios problemas nacionales y como superarlos. El paludismo era uno de ellos y mi Madre solía decir que en mi casa no se hablaba sino de la malaria, de cómo exterminar más eficientemente los zancudos transmisores de esa terrible enfermedad. No podía haber espacio para el pesimismo, ni el egoísmo. A los 12 años tuve que sepárame del hogar paterno, en Maracay, pues mi Padre muy preocupado siempre por la buena educación de sus hijos, había decidido que yo debía ingresar al mejor Colegio de Caracas, el San Ignacio de Loyola. ¡Tamaño cambio para un joven de provincia!

En la dictadura del General Marcos Pérez Jiménez, me correspondió estudiar todo el bachillerato en ese Colegio y comenzar mi carrera universitaria de ingeniería en la Universidad Católica Andrés Bello.

Desde adolescente y seguramente por lo que oía en mi hogar, sentía fuertes pasiones en contra de los gobernantes déspotas y deshonestos. Y debo reconocer también, que veía con mucha antipatía las expresiones favorables al régimen de algunos de mis profesores y compañeros, tanto en el Colegio como en la Universidad. Pero para compensar, fui beneficiario de una excelente educación jesuítica, cuyo objetivo primario era crearles a los jóvenes valores y buenos hábitos. En primer lugar, el de la autoexigencia: cada vez estar impulsados a exigirnos más. A no quedarnos conformes con lo que podemos dar. Inoculado ese virus en cada ser, no hay reto insuperable, ya que siempre estamos movidos a exprimirnos las mayores energías, aprovechando mejor el potencial de cada quien. La educación que logra sembrar ese hábito en los jóvenes, les asegura el éxito permanentemente.

En ese tiempo se le tenía terror por su perversidad, a la Seguridad Nacional, la policía política del régimen. Muchos jóvenes conocidos y algunos familiares, fueron sus víctimas. No obstante, pude vencer el miedo y salir alguna madrugada a distribuir propaganda subversiva en barrios humildes del oeste, durante los últimos años de la Dictadura. Por ello admiro tanto, a esa legión de valientes jóvenes que en la actualidad arriesgan gravemente sus vidas, protestando en las calles contra el régimen.

Cuando era estudiante de ingeniería me llegue a plantear, que al graduarme no podría vivir bajo un régimen de oprobio como el que sentía gobernaba a Venezuela. Dado que tenía una vocación temprana por la especialización en ingeniería hidráulica, fije mis ojos en México para migrar al graduarme y trabajar allá, porque en ese país había libertad y se le concedía mucha importancia a las obras de regadío, que por razones climáticas eran indispensables para la agricultura y poder alimentar la población.

Por mi propia experiencia, entiendo perfectamente la migración masiva que ha ocurrido durante los últimos años. A los jóvenes llenos de ideales y aspiraciones de progreso personal, se les hace insoportable un ambiente como el que afecta a Venezuela en el presente. De niño recuerdo mucho oír hablar con admiración a mis padres, de la pléyade de profesionales republicanos españoles, que huyendo de la dictadura Franquista migró a Venezuela a trabajar infatigablemente por su nueva patria. Aportaron junto a otros inmigrantes europeos, principalmente italianos y portugueses, que vinieron después de la Segunda Guerra Mundial, un talento extraordinario para mejorar las condiciones de vida de los venezolanos. Ojala el día de mañana se hable con la misma simpatía y respeto, del crecido contingente de admirables venezolanos que fueron a contribuir con su trabajo al desarrollo de otros países. Eso compensaría nuestra pena de verlos aventados a otras latitudes.

El 21 de noviembre de 1957 me toco protestar en la Universidad como estudiante contra el despotismo. ¡Que soberbia imagen guardo del esbelto Rector Padre Pedro Pablo Barnola, quien observaba de lejos la protesta con ojos alertas y cuando pudo apreciar la infiltración de los esbirros de la Seguridad Nacional, los increpo a abandonar el patio de la Universidad, exponiéndose personalmente como todo un valeroso caballero, que lo era!

II

Felizmente el 23 de enero de 1958, uno de los días de los cuales guardo recuerdos indelebles, cayó la Dictadura y de la noche a la mañana cambió mi panorama familiar, cuando todavía no me había graduado de ingeniero, profesión de la cual me siento orgullosísimo. Al hacerlo en 1960, como integrante de la Promoción Santiago Vera Izquierdo, excelso Decano fundador de la Facultad de Ingeniería, tenía muy claro que mi ruta era estudiar aún más, crecer profesionalmente y trabajar para el Estado, como lo hacía mi padre y otras personas a quienes admiraba mucho. Otros de mis compañeros adoptaron el camino del ejercicio privado de la profesión, dedicación también muy respetable y otros menos ingresaron a la política partidista. En ese tiempo nunca paso por mi mente que el país podría volver atrás y adoptar un camino de regresión nacional.

En esta etapa de la vida, estoy obligado a comentar mi experiencia como docente en las universidades Católica Andrés Bello, Central de Venezuela y Simón Bolívar, a la cual dediqué el más largo tiempo y tuve el honor de haber sido designado Profesor Honorario. ¿Qué buscaba? ¿Qué encontré, que me ha generado tanta satisfacción? Tomo prestadas palabras del Dr. Pedro Grases (*) (1989): “enseñanza, que no se limita a transmitir conocimientos, sino que aspira a algo más profundo y transcendente: compartir con otras personas la devoción hacia lo que hemos dedicado nuestros afanes de todos los días: descifrar la verdad y comprender la belleza de las ideas y los goces en la creación intelectual”. Esa constituye la motivación que algunos sentimos para dedicar valioso tiempo de nuestras vidas a la educación de jóvenes, que aspiramos lleguen a ser ciudadanos completos y buenos profesionales. A esos jóvenes les decimos, “no se alejen de su universidad, nunca dejen de amarla”, como exhorto en una ocasión, el distinguido científico y rector de la Universidad Autónoma de México, Dr. José Sarukhan.

A la Universidad le corresponde formar profesionales preparados para que los países se desarrollen en todos los sentidos; para satisfacer las demandas de gente capacitada proveniente de los diferentes sectores sociales y económicos. Pero una Casa de Estudios que se limita a eso, no está cumpliendo con las exigencias de un mundo globalizado, cuyo desarrollo científico tecnológico y complejidad social, marchan cada vez más aceleradamente. En la actualidad, la Universidad debe ser la quilla de una armadura orientada a enseñar y a explorar mediante la investigación las nuevas fronteras del conocimiento, tanto en el área técnica, como en la social, pues es la conjunción de ambas las que pueden generar un genuino progreso en democracia. No deseamos la formación de robots altamente productivos, sino de ciudadanos integrales, que además de generar riqueza, se preocupen por su distribución, para que no exista tanta pobreza y sean cada vez más útiles a sus sociedades crecientemente confrontadas por nuevos problemas. Por eso esperamos los egresados de nuestra Universidad, que esa sea su orientación pedagógica. Esta es la esencia de la educación para el desarrollo sustentable.

En este tiempo que vengo relatando, después de superar la que consideraba sería la última dictadura, Venezuela contrariando un largo pasado de gobiernos militares y autocráticos, adoptó con alto consenso social el duro camino de desarrollar una cultura democrática y establecer gobiernos alternativos a través de procesos electorales libres. Cuando vemos retrospectivamente, apreciamos que complejo y difícil era el camino que intentábamos emprender, sobre todo con tan negativos antecedentes históricos.

No obstante, desde 1958 y hasta 1998, Venezuela se desarrolló económicamente, se creó gran movilidad social, se avanzó en la educación y en la salud y se construyó la mayor parte de la infraestructura física que hoy disponemos; se crearon nuevas ciudades de verdad, como el caso de Ciudad Guayana; se estableció un sistema nacional de orquestas juveniles, que sigue siendo motivo de orgullo nacional; con Funda Ayacucho quiso creársele al Estado la obligación de mantener un programa permanente de formación masiva de jóvenes en el exterior; Arabia Saudita, con un población similar a la nuestra, envía anualmente al extranjero 200.000 becarios. Creamos el primer ministerio que se ocupase de medio ambiente en América Latina. Todo esto además de otros muchos logros relevantes que sería prolijo mencionar.

¿Pero que ocurrió al mismo tiempo con la mayoría de los estratos dirigentes de la sociedad? Se habituaron al progreso económico y al confort y descuidaron las instituciones y los valores éticos.

Cuando me designaron para integrar primero, y luego para presidir la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado (COPRE) en 1986, vi en aquello la oportunidad máxima para alimentar la pasión de construir una Venezuela institucionalmente mejor. Soñamos mucho. Y, disponíamos de buenos elementos de juicio y la experiencia de un conjunto de venezolanos distinguidos y de posiciones políticas y académicas muy diversas, pero todos comprometidos con lograr un Estado más eficiente y democrático. Propusimos muchas reformas. Más, allí nos topamos con un serio obstáculo societal: el propio gobierno que nos había designado y las élites del país, se habían hecho mayormente refractarias al cambio. Tuve la percepción que el grueso de la capa dirigente no estaba preparado para continuar un camino de ascenso como el que habíamos recorrido desde 1958.

¿Qué difícil es lograr consenso, para acompasar el progreso con reformas institucionales, al ritmo que exige una colectividad? En eso consiste precisamente el proceso de modernización.

III

Unos años después de 1999, encontramos que el país en su discurrir histórico, ha seguido una trayectoria parabólica. Nos elevamos cuando adoptamos la senda de vivir en democracia, para después de llegar al vértice, descender en caída libre y terminar en manos de caudillos déspotas y atrabiliarios, que nos condujeron a una segunda dictadura. Hemos vuelto así al inicio del itinerario descrito y por eso he titulado este discurso: De una a otra dictadura.

Cuando suponía que había concluido para mí una vida productiva muy variada, pues, aunque la mayor parte de ella estuvo dedicada al sector público y a la docencia universitaria, fui asimismo empresario privado de la consultoría ambiental y funcionario internacional, me he visto muy afectado espiritualmente durante las dos últimas décadas, al apreciar el grave retroceso de Venezuela, en todos los órdenes. No se trata de una crisis política o económica exclusivamente, sino de una caída que tiene múltiples y preocupantes dimensiones.

No hay que confundir el estancamiento económico, por el cual han pasado muchos países en algún momento de su historia, especialmente los que están atados a la volatilidad de un mono producto de exportación, con los síntomas de un retroceso societal. Sabemos que los primeros obedecen a ciclos económicos que son superables a través de políticas públicas acertadas; los segundos exigen por lo general cambios culturales y de conducta y un intenso esfuerzo colectivo, orientado sostenidamente en una dirección predeterminada.

Ahora bien, ese proceso de declinación no se inició con el presente régimen. Éste es un síndrome de él, como han expuesto diversos analistas. Las horrendas verrugas de ineficiencia, irresponsabilidad, corrupción, despotismo, insensibilidad social y el violento ensañamiento de sus fuerzas de orden público, que han aflorado como sus características más conspicuas hoy, se venían gestando desde antes. Pero han llegado ahora a su clímax y por eso nos resultan intolerables, siendo urgente por lo tanto conducir un profundo cambio político. Pero hay que alertar: ese cambio aspirado por las grandes mayorías, no arrojará resultados positivos, si al mismo tiempo no se actúa sobre las causas del fenómeno esbozado.

Estas son las tristes realidades y dilemas que a la sociedad venezolana le toca confrontar en el presente. Y en tal contexto nos cabe plantearnos ¿si acaso existen bases para sustentar algunas esperanzas de cambio positivo?

Después de reflexionar mucho, diría que sí, pero ello debemos abordarlo con razonable prudencia, para no crear falsas expectativas o inducir a pensar que la hazaña será fácil. En 1968, estalló la revolución juvenil del mayo francés y sus ambiciosas aspiraciones de cambio atropellado eran recogidas en el eslogan: “seamos realistas, pidamos lo imposible”. Esa figura sigue transitando por el mundo. Pero a nosotros, más entrados en años y experiencia, nos corresponde ahora proclamar: “seamos realistas, pidamos, lo posible”

¿Cuáles son las bases para decir que si hacemos un gran esfuerzo colectivo podremos salir adelante? Veamos.

Tenemos una sociedad civil que comienza a dar signos de querer movilizarse para tiempos de cambio. Los testimonios que nos están dando los adultos y jóvenes rebeldes, son además de admirables, inconfundibles. Una Sociedad Civil, a quien Vaclav Havel llama “el poder de los sin poder,” para indicar su enorme potencial de cambio, cuando llega a forjar amplios consensos sobre objetivos relevantes y es orientada por verdaderos líderes, puede lograr transformaciones realmente extraordinarias.

Pareciese, además, que en esa sociedad civil tiene aceptación la necesidad de adoptar reformas económicas importantes, que apuntan a corregir los insostenibles desbalances que el régimen ha causado con su obsoleto modelo. Pero hay que tener conciencia que construir una economía social de mercado como es deseable, chocará frontalmente con la cultura rentista tan arraigada en los venezolanos en todas sus clases sociales. Este será otro obstáculo singular que como sociedad tenemos que vencer.

Como factor muy positivo a nuestro favor tenemos el que no se ha perdido todavía la propensión social a vivir en libertad y en un sistema democrático, y ese es un antídoto muy importante para luchar contra el despotismo imperante.

¿Cómo puede esperarle un destino lamentable a un país con tan exuberantes recursos naturales de todo tipo: ¿agua, energía, aceptables extensiones de buenas tierras para la agricultura y clima tropical, entro otros? Lo que nos hará falta dentro de un proceso de reconstrucción nacional, es aprovecharlos con políticas públicas más inteligentes, creativas y bien instrumentadas.

Aun contamos con un sector privado productivo, que, aunque muy averiado, puede reaccionar favorablemente ante una mejor conducción política y ser protagonista de un verdadero proceso de recuperación económica.

Tenemos una iglesia unida y bien liderada que puede coadyuvar mucho al desarrollo espiritual y material de la población.

Existe una buena disposición ciudadana a la participación social, indispensable para mejorar el desarrollo humano.

Poseemos una infraestructura física que podemos rescatar, e igual hacer con las instalaciones de la industria petrolera, que han sido tan mal manejadas y mantenidas en los últimos tiempos. La industria petrolera nacional, puede volver a ser una importante palanca de desarrollo, si la abrimos decididamente al capital privado nacional y foráneo.

Y lo que es más importante, seguimos teniendo buen talento nacional, ya que no todo se nos ha fugado y hay razonables posibilidades de que algunos de los que se han ido regresen a su patria, si son atraídos con estímulos apropiados.

Señoras y señores: Lo que nos hace falta ahora es recuperar el espíritu nacional. Sacar provecho de las experiencias adversas que hemos sufrido. De esta crisis tan profunda, tenemos que extraer lecciones útiles. Replantearnos nuestras propias conductas individuales y colectivas. Apartar los malos hábitos creados por la cultura rentista. Y añorar un liderazgo luminoso y unido que ponga por delante los intereses de Venezuela, ante los propios.

Reitero mi gratitud a las autoridades de la Universidad Católica Andrés Bello, quienes han hecho posible este magnífico acto, que me ha llenado de felicidad”.

Muchas gracias

(*) Discurso del Dr. Pedro Grases con ocasión de recibir el Doctorado Honoris Causa en la Universidad Metropolitana, Caracas, febrero 1989.

Fuente: http://prodavinci.com/2017/06/22/actualidad/lea-el-discurso-honoris-causa-de-arnoldo-gabaldon-monitorprodavinci/

Artículos relacionados:

email