¿Es el gobierno de Maduro una dictadura?

Aunque para muchos venezolanos es claro que, si lo es, la verdad es que explicárselo a gente de otras latitudes resulta un ejercicio un poco más complejo. Nada que pueda explicarse por Twitter o a través de un post de Facebook

Javier Hernández

¿Por qué dices que es una dictadura si acaban de ocurrir unas elecciones?

Ante una sencilla como esa, la explicación puede resultar larga y poco convincente, especialmente para aquellos quienes, mirando los toros de la barrera, han comprado, aunque sea parcialmente la efectiva narrativa nacionalista y de justicia social que mantiene el madurismo a nivel internacional.

El hecho es que la dictadura venezolana no es una dictadura tradicional como las que vivimos en América Latina durante el siglo XX. Entender que, como todo en la sociedad, las dictaduras también han evolucionado con los años, es clave para una caracterización apropiada del régimen vigente en Venezuela. En tal sentido, una revisión de literatura política disponible permite identificar algunos rasgos que hacen concluir que, si Nicolás Maduro no es un Dictador, se parece mucho.

Carl Schmit, apologista del Nazismo, describe la figura del “Dictador Comisarial” (commissarial dictator) quien ejercería una dictadura constitucional de forma temporal en un contexto de crisis, con el compromiso de retornar al orden previo, una vez superada la amenaza. El parecido con el gobierno de Maduro es innegable, ya que el presidente Maduro, al igual que el presidente Chávez en su momento, ha demostrado tener severos problemas para gobernar en un esquema tradicional de equilibrio de poderes y en tal sentido, además de una ley habilitante, el presidente tiene más de un año gobernando a través de “decretos de emergencia económica” con un lamentable resultado en términos de bienestar para una población sometida a las condiciones más miserables de existencia desde la Guerra Federal.

La celebración de elecciones, una característica fundamental del gobierno del presidente Chávez, se encuentra ahora sumamente limitada y el control que el partido de gobierno ejerce sobre el Consejo Nacional Electoral pasó de ser un mecanismo sutil, a una evidencia contundente e inobjetable cuando se consideran los innumerables obstáculos impuestos a la iniciativa de referendo revocatorio y la arbitraria suspensión y retraso de las elecciones regionales y municipales, en oposición a la inusual diligencia con la que se tramitó el proceso constituyente, un esquema fraudulento concebido para beneficiar las aspiraciones totalitarias de Maduro. Si bien, la vulnerabilidad del sistema electoral poco o nada tiene que ver con su configuración tecnológica, es el viciado marco institucional quien le otorga un ventajismo desvergonzado al madurismo, por lo que los eventos electorales, expresiones de democracia por definición, hoy son vistos con recelo y suspicacia por importantes segmentos de la población.

¿No es contradictorio decir que es una dictadura cuando puedes publicar libremente esa afirmación?

La pregunta es en sí misma una demostración de que la categoría “Dictadura” continúa siendo evaluada en el marco referencial de las dictaduras del siglo XX y no de los nuevos autoritarismos característicos del siglo XXI. El debate sobre la libertad de expresión tiende a relativizarse especialmente en presencia del consenso global respecto al rol de los grandes monopolios de comunicaciones, pero es necesario decir sin duda que no es verdad que en Venezuela haya absoluta libertad de expresión. Opinar y decidir políticamente de forma libre supone consecuencias para quienes osen hacer uso de su derecho constitucional. Al chantaje y los castigos recibidos por empleados del estado y beneficiarios de programas sociales para brindar apoyo incondicional a la dictadura Madurista so pena de perder sus empleos y acceso a beneficios, se suma el hecho del manejo discrecional y arbitrario en el otorgamiento de concesiones y licencias a los medios de comunicación privados quienes, con el propósito de preservar sus negocios mercantiles, se autocensuran y limitan los espacios a la difusión de noticias que puedan incomodar al funcionariado que se ha apoderado de las estructuras del estado.

Esta estrategia de control sobre la libertad de información ha sido identificada en la literatura política como parte de la caracterización de las neodictaduras modernas. Griev y Trisman (2015) señalan una característica que le cabe como anillo al dedo al gobierno de Maduro: como parte de restricciones no tradicionales a la libertad de información, los gobiernos optan por “pagarles a inversionistas amigos para comprar y domesticar a medios críticos”. En Venezuela, varios de los principales medios de comunicación han sido negociados en opacas transacciones que han conducido a un cambio de manos y dramáticos giros en su línea editorial, como es el caso de Globovisión, Cadena Capriles y El Universal. Si hay operadores pro-gobierno detrás de tales adquisiciones, es algo muy difícil de comprobar, pero lo que si es muy evidente es la adopción de una línea editorial absolutamente complaciente con los intereses del chavismo.

Un reconocimiento que hay que hacerle al gobierno de Maduro es la eficiencia del aparato de propaganda, que ha logrado mantener a una parte de la población, minoritaria pero significativa, consumiendo sin procesar las diferentes narrativas que exculpan al gobierno y responsabilizan a casi cualquier otra entidad posible y por supuesto al sabotaje, de la desastrosa situación del país en todos los órdenes.

Un rasgo característico de la dictadura venezolana es la creencia de que es el ciudadano quien debe obediencia al gobierno y no al contrario. La creciente militarización de la sociedad va más allá de la masiva presencia de funcionarios militares en la dirección del estado en todos sus niveles y campos de acción, sino que se esparce como una forma de pensamiento en la que la lealtad y las simpatías políticas se han transmutado en obediencia ciega y el disentimiento, en traición, una categoría sumamente peligrosa, como evidencian los episodios históricos de purgas en el ocaso del estalinismo.

En resumen, el gobierno del presidente Maduro es cualquier cosa menos una democracia, al menos no una democracia en el sentido tradicional de respeto a las libertades individuales y derechos fundamentales como la libertad de expresión. Además de contar con el lamentable récord de destruir la economía de un país, es un hecho el uso de las instituciones y los mecanismos del estado para favorecer su opción política, en un esquema inescrupuloso de abuso de poder y de los recursos de todos los venezolanos. Las oportunidades para salir de este desastre de manera pacífica son limitadas, por lo que hay que aprovechar cada una de ellas, en tanto se materialicen las condiciones que, en todos los órdenes de la vida social, presionan para la salida de quien, sin duda, pasará a la historia como el peor presidente de la historia de Venezuela.

Referencias

Guriev, S., & Treisman, D. (2015). How Modern Dictators Survive: Cooptation, Censorship, Propaganda, and Repression. SSRN Electronic Journal. http://dx.doi.org/10.2139/ssrn.2571905

Levinson, S., & Balkin, J. (2009). Constitutional Dictatorship: Its Dangers and Its Design. Presentation, American Political Science Association Convention.

Fuente: https://discusionpoliticavzla.blogspot.com/2017/08/es-el-gobierno-de-maduro-una-dictadura.html

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