El Silencio

Juan Auping y Enrico Martínez

La película de Scorcese, El Silencio ha sido comentado ampliamente, también entre nosotros, los jesuitas. Se trata de un episodio de cruel persecución religiosa por las autoridades del país en el siglo XVII  y cómo era el modo de proceder de los jesuitas en esta persecución. Del punto de vista artístico, la película está bien hecha aunque al  final el protagonista no convence, no es genuino, y el espectador se desconecta. Por lo menos así me pasó a mí. Un compañero de mi comunidad me sugirió que escribiera algunas reflexiones sobre los dilemas morales que se suscitan en la película.

En esta breve reflexión no quiero, entonces, abordar el aspecto artístico, ni tampoco el lado histórico, preguntando ¿qué pasó realmente? Parece que el Provincial Ferreyra realmente existió y apostató. Un compañero de mi comunidad me dijo que al final de su vida volvió a la fe. Pero, no es esta la cuestión que quiero abordar aquí.

Voy a tratar más bien la cuestión ¿qué imagen da la película del modo de proceder de los jesuitas en estas circunstancias extremas? ¿Qué enseña sobre los dilemas morales en tales circunstancias de persecución religiosa?

Desde el inicio de la película llama la atención la falta de preparación de los sacerdotes jesuitas Rodrigues y Garufe para esta misión, para la cual se ofrecen con entusiasmo adolescentil. No estudian japonés, ni estudian el budismo, ni tampoco estudian teología moral para saber cómo comportarse en situaciones de persecución cruel, ni buscan consejo de compañeros más veteranos al respecto. Me parece que así no procedemos los jesuitas. Me acuerdo haber leído sobre la evangelización de la Compañía de Jesús en China, cómo los jesuitas aprendían la lengua china y el confucianismo, cómo se inculturaron, para poder evangelizar a partir de esta inculturación.

La falta de conocimiento del budismo, no le permite a Rodrigues, en sus diálogos con el Inquisidor, Inoue, ir al blanco. Si hubiera profundizado a fondo en el budismo, antes de emprender esta misión, habría podido argumentar de otra manera. Habría podido decir: “Señor Inquisidor, usted se dice budista. Yo he estudiado el budismo y en la ética budista de libertad interior e indiferencia, de respeto a la vida y amor compasivo para con el prójimo, no encuentro nada que no encuentro también en el Evangelio. Tenemos mucho en común, admito el budismo. Yo no quiero convencerlo de la verdad del cristianismo, yo respeto sus creencias budistas. Más bien apelo a su conciencia para que ponga en práctica sus convicciones budistas. La crueldad de la persecución mortífera que usted sostiene contra los católicos en estas islas, va directamente contra la esencia de budismo de respeto a la vida y de amor compasivo con sus propios súbditos. Al encabezar esta cruel persecución, usted ha apostatado en los hechos de su fe budista. Le invito que sea un buen budista.” Este discurso, probablemente, no habría detenido al Inquisidor, pero, habría sido una enseñanza para los creyentes budistas y cristianos de aquel momento. Sin embargo, lo que hace Rodrigues es enfrascarse en una discusión filosófica sobre la universalidad de la verdad, que en estas circunstancias no viene al caso. La ingenuidad bien intencionada de Rodrigues en la película resulta desconcertante.

Más grave es su ingenuidad moral, en dos momentos: no prepara a su feligresía para el momento crucial de la prueba, ni él mismo parece entender lo que está en juego, en su propia crisis de fe. Veamos ambos puntos.

En situaciones de persecución cruel, la teología moral da pistas para saber cómo actuar. En los tres siglos de persecución periódica de los cristianos por los emperadores romanos, los Padres de la Iglesia difundían la doctrina que Dios da fuerza y gracia a los mártires a la medida de su necesidad. Por otro lado, durante la cruel persecución de Decio, de 249 a 251 y de Valeriano, de 257 a 260 d.C., los padres de la Iglesia y los Obispos discutían cómo abordar el problema de la tortura y la apostasía. Cipriano (200-258), que era Obispo de Cartago y había huido de la ciudad para escapar de la persecución, convocó un concilio de obispos norteafricanos en Cartago (251) para ver qué hacer con los apóstatas que querían ser readmitidos en la Iglesia. Había dos tipos de apóstatas, a saber, los lapsi, los cristianos que de palabra habían expresado su fidelidad al dios-emperador, y los así llamados libellatici que habían hecho sacrificios al emperador, como a un dios, y mediante un libelo firmado  habían abnegado de su fe cristiana. Cipriano era del punto de vista que los lapsi fueran readmitidos a la Iglesia, previo arrepentimiento y confesión, pero, que los libellatici sólo pudieran volver al seno de la Iglesia en la hora de su muerte. En el concilio, Cipriano se impuso a algunas corrientes más intransigentes y a otras corrientes, más blandas. Sin embargo, más tarde, la Iglesia hizo todavía más misericordiosa la pastoral con los lapsi y libellatici y permitió que no solamente aquéllos, sino también éstos fueran readmitidos si se arrepentían y buscaban la absolución, sin esperar mucho tiempo, aunque los sacerdotes caídos fueron impedidos de recuperar sus cargos.  

En ningún momento vemos a Rodrigues y Garufe preparar a sus feligreses para el momento de la prueba. En tales circunstancias de cruel persecución se supone que un sacerdote jesuita, sabio y empático, sepa explicar a los creyentes, antes de la hora de la prueba, que existen dos escenarios, ambos revelando la bondad de Dios. El primer escenario se da cuando el creyente por debilidad reniegue a su fe, como Pedro a Jesús, el Jueves Santo, pero, acto seguido, con la ayuda de Dios, se arrepiente, como Pedro, y la bondad de Dios aquí se revela como misericordia, lo que significa que el apóstata arrepentido es readmitido en la Iglesia previa confesión. Al explicar esto a los fieles, los sacerdotes los liberan de la angustia de una conciencia demasiado angustiosa. En el segundo escenario la bondad de Dios se manifiesta más bien como generosidad, dando a los creyentes que sufren el martirio con valor heroico una gran recompensa en el cielo. En la película, Rodrigues confiesa varias veces y misericordiosamente a un apóstata débil, y muchos creyentes japoneses sufren el martirio, con valor heroico. Aunque estos hechos piden, casi diría yo a gritos, que Rodrigues y Garufe expliquen a los fieles estos dos escenarios de la teología moral y de la misma existencia humana, nunca lo hacen. Me parece que los misioneros jesuitas nunca han sido tan inoportunos.

Más ingenua para mí es la manera como Rodrigues vive su propia crisis de fe. Podemos decir que su postura moral es localista. Vive en una burbuja donde solamente están las personas presentes localmente, a saber, él mismo y cinco condenados a una muerte cruel, y solamente entiende dos opciones éticas en estas circunstancias muy locales: ó abniego a mi fe y estas cinco se liberan de la muerte corporal, ó soy fiel a Cristo y éstos mueren. Sin embargo, el verdadero dilema es otro, aunque a Rodrigues no se le pasa por la mente. El verdadero dilema es: ó soy fiel y permito que estas cinco personas sean asesinadas por el tirano, que es el mal menor, o abniego a mi fe, salvando la vida corporal de estas cinco personas, pero, generando profunda desilusión y desconcierto y angustia espiritual a decenas de miles de creyentes en Japón, provocando con mi apostasía la apostasía de otros de miles y miles de creyentes, que es el mal mayor. La película permite entrever, que los creyentes japoneses tenían una confianza ilimitada en sus sacerdotes y cualquier cosa que éstos hicieran, sería comentada de boca en boca. El principio del mal menor, en este caso, significaría que Rodrigues puede y debe permitir el mal menor, a saber, la muerte de cinco personas inocentes, para prevenir un mal mayor, a saber, el desconcierto y la angustia espiritual y psicológica de decenas de miles de creyentes y la apostasía de muchos. Aun pudiendo darse cuenta de esto, Rodrigues no pondera el enorme daño psicológico y espiritual que haría a los creyentes, si púbicamente se hace apóstata. En ningún momento Rodrigues se plantea su propio dilema moral en los términos de lo que en la teología moral se conoce como el principio del mal menor, ni en sus diálogos interiores, ni en sus diálogos con Ferreyra o Garufe. Esta inconsciencia e ingenuidad moral lo lleva a un acto de apostasía que es una verdadera traición a decenas de miles de creyentes japoneses y al mismo Cristo. No es un acto de evangelización implícita, sino de traición.

Un compañero de mi comunidad, que también vio la película, me dijo “la película deja mal plantados a los jesuitas”. Estoy de acuerdo con él y añado que la película al plantear mal el dilema moral de Rodrigues, es moralmente confusa y siembra confusión.

Comprendo que pueden existir otros puntos de vista y espero que mis breves reflexiones puedan contribuir al diálogo al  respecto.

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