El otro lado de la esperanza

Julio Vallejo Herán

Drama sobre la inmigración con toques de humor.

El director Aki Kaurismäki inició con El Havre una trilogía con un punto en común: las ciudades portuarias. Ambientado en la población francesa que da título al filme, mostraba las peripecias de un muchacho inmigrante que llegaba a la costa gala y recibía el apoyo de alguno de sus vecinos mientras que un detective trataba de capturarle. El cineasta finlandés oponía la solidaridad de los ciudadanos a la frialdad de las autoridades empecinadas en cumplir unas leyes de extranjería casi siempre injustas.

Más de un lustro después, el realizador continúa su particular serie con El otro lado de la esperanza. Al igual que su antecesora, nos encontramos con una obra que aborda la inmigración en una ciudad costera, aunque en este caso la población elegida sea Helsinki y el responsable de La vida bohemia haya decidido tratar un asunto candente en la segunda década del siglo XXI: los refugiados de la guerra en Siria, unos hombres y mujeres que se han encontrado con muchas barreras a la hora de recibir asilo en Europa. Kaurismäki nos muestra la vida de Khaled, uno de esos individuos que dejó el país de Oriente Próximo y ha recorrido el viejo continente para asentarse en un lugar próspero y pacífico. Sin embargo, la realidad resultará menos idílica de lo que parecía a primera vista. En paralelo, se nos descubre la vida de un hombre finlandés de mediana edad que deja a su esposa y su trabajo como vendedor de camisas para hacerse cargo de un restaurante. Tanto el uno como el otro son personas que intentan salir del hoyo y cuyos destinos no tardarán en cruzarse.

Kaurismaki no abandona su particular estilo, caracterizado por la sobriedad interpretativa de sus actores y un extraño humor absurdo, aunque en esta ocasión parece que se encuentra más interesado que de costumbre en abordar sucesos muy vinculados al presente. Pretende ofrecer un retrato del extranjero que se aleje del estereotipo negativo que ha calado en ciertos sectores de la población. “Con esta película me he esforzado en romper con la visión europea de que todos los refugiados son víctimas patéticas o emigrantes arrogantes que invaden nuestros países para quitarnos el trabajo, la mujer, la casa y el coche”, reconoce el propio director en el texto que ha escrito para el press-book del largometraje. Quizá, no obstante, idealice demasiado tanto a su protagonista como el sentimiento de solidaridad casi sin fisuras que le muestran sus amigos y colegas. Khaleb está perfilado como un tipo valiente que no se detiene ante nada y es un dechado de integridad moral. Por otra parte, aparece como un individuo alejado de todo integrismo religioso que llega a reconocer que dejó de ser creyente cuando ocurrió la desgracia que marcó su vida.

Lo mismo ocurre con el apoyo casi incondicional de sus compañeros de trabajo y del hombre iraquí que conoce en el centro de internamiento para extranjeros. Todos ellos, con alguna pequeña excepción inicial del cocinero del restaurante, le apoyan y no dudan en hacer todo lo que pueden por él. Esta visión naíf puede funcionar cuando la película toma la forma de cuento humanista, pero no acaba de convencer cuando plantea asuntos más reales y cercanos, como las agresiones fascistas a extranjeros o la propia situación de los refugiados sirios, plasmada de una forma un tanto esquemática. No obstante, son pequeños defectos de una cinta que vuelve a demostrar la personalidad y el talento únicos de Kaurismäki, especialmente evidente en su magistral uso del plano estático. Dignos de mención son también la espléndida fotografía llena de claroscuros y colores que firma Timo Salminen, los gags que tienen lugar en ese restaurante que cambia de orientación cada dos por tres o la fugaz y memorable intervención de Kati Outinen, musa del cineasta, que resume perfectamente el hastío vital que sufren gran parte de los protagonistas del responsable de Yo contraté a un asesino a sueldo.

Ganadora del Oso de Plata al mejor director del Festival de Berlín del año 2017, El otro lado de la esperanza pone de manifiesto que se pueden abordar temas candentes sin caer en el subrayado excesivo y la obviedad de cierto realismo europeo influido por Ken Loach y los hermanos Dardenne.

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