El escrache no es un hecho político

Javier Contreras

Gritarle en la cara a funcionarios inmersos en corrupción o involucrados en actos ilegales, generalmente cuando estos se encuentran en sitios públicos, es la manera que muchas personas residentes en el exterior han encontrado para manifestar su descontento ante la arbitrariedad que caracteriza al gobierno venezolano.

Todas las razones que se esgrimen para censurar la actuación de los colaboradores del régimen son válidas. Apropiación indebida de capitales, nepotismo, vinculación con violación de derechos humanos y el nocivo efecto que estas conductas ha traído al país, son, ciertamente, motivo suficiente para la desaprobación de la gestión que hoy gobierna en Venezuela.

Un rasgo que acompaña a la crisis política – económica que hoy vivimos es la frustración, sensación que se exacerba ante la ostentación de privilegios y riqueza por parte de funcionarios o allegados del gobierno, quienes sin miramiento derrochan dinero de diversas maneras: comprando yates, mansiones o comiendo en restaurantes de lujo. Está claro que el dinero utilizado no fue adquirido lícitamente, y resulta imposible no pensar en el contraste entre esos niveles de vida y la rudeza de la pobreza en Venezuela.

Dicho lo anterior, con lo que pretendo dejar claro que comparto la indignación que causa la desvergüenza de ciertos funcionarios, debo decir que el llamado escrache no tiene sentido alguno. No tiene sentido por múltiples razones, de las que tocaré dos. En primer lugar, el escrache no tiene ningún impacto real desde lo político, no es una medida que desencadene cambio alguno; al contrario, reafirma la conducta de quienes siendo victimarios se muestran como víctimas al ser agredidos irracionalmente por otros.

En segundo lugar, el escrache no es otra cosa que un canal para drenar sentimientos, cayendo en el subjetivo campo de la emotividad, campo en el que por cierto, se diluye totalmente la visión política que demanda la compleja situación por la que atravesamos.

Haciendo breve alusión al más reciente caso de escrache, en el qué Rafael Ramírez fue encarado en un costoso restaurante de Nueva York, vale la pena preguntarse ¿se ganó algo con eso? ¿Habrá un cambio en la conducta del que es sospechoso de enriquecimiento ilícito? Ambas interrogantes tienen la misma respuesta, no.

La tarea de reconstrucción institucional que apremia en Venezuela, con su consecuente cambio en el manejo de lo público y la necesidad de percibirnos como un todo, no encuentra en el escrache un modo idóneo para alcanzarla. Hay que manifestar, hay que denunciar, hay que alzar la voz contra un modelo de gestión que ha causado mucho daño; pero esto debe ir acompañado de propuestas, planificación y claridad de objetivos.

Insultar y acorralar a una persona no es una estrategia conveniente, ni a nivel político ni a nivel humano. No olvidemos que uno de los principales errores de este gobierno es la imposición de la violencia y el desprestigio del otro como modo, actitudes que hoy rechazamos mayoritariamente; siendo así, no repitamos sus conductas y no le demos cabida a la histeria disfrazada de protesta.

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