“Yo siempre he sido un escritor antiacadémico”

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Carlos Ignacio Murga

Armando Rojas Guardia ha sido colaborador de la revista SIC desde 1969 cuando, junto a Carlos Pacheco, escribió durante dos años la crítica cinematográfica. Posteriormente, ha compartido sus reflexiones sobre temas políticos, religiosos y literarios. Esta entrevista es un homenaje por su ingreso a la Academia Venezolana de la Lengua

Escapar de la parálisis marmórea fabricada por el éxito. Preferir, más bien, la elástica materia del fracaso con la que se puede moldear una figura fugitiva de la gloria: ella aligera el equipaje

El humilde apartamento donde vive Armando es un templo: un espacio sagrado que convoca inmediatamente al sosiego. Allí, la atmósfera se transforma radicalmente, todo se enlentece. Las dimensiones del tiempo y del espacio se expanden hasta perder sus contornos dando origen a una paz nítida que aromatiza el lugar. El silencio, que brota de la quietud de los libros regados por toda la sala, envuelve a este monje laico en profundas oraciones y meditaciones que lo conmueven espiritual y estéticamente: “Sólo en silencio descubro que suenas”.

Para este místico de la poesía contemporánea venezolana la palabra es pan que se comparte, siempre escribe ante alguien y para alguien, intentando construir un diálogo sincero y auténtico con el otro y con el Absoluto. Su alma no encuentra ninguna otra pasión (filosófica, literaria, estética, sensual, práctica) que la movilice tanto como la de ser cristiano; por ello, inspirado en Jesús, siempre ha buscado seguir una de sus enseñanzas a la hora de escribir: “De lo que abunda en el corazón habla la boca”. Y efectivamente su obra se caracteriza por ser radicalmente autobiográfica, lo que equivale a decir que descansa sobre las bases de su personalísima experiencia de fe.

El centro, configuración simbólica de lo socialmente establecido y aceptado, nunca ha sido un espacio para aquellos que, como Armando, han tenido la valentía de no aferrarse a una ley abstracta, a una mecánica repetitiva de hábitos, sino que más bien han tomado el riesgo de entrar en el vacío de la conciencia de lo incierto, de atravesar las noches oscuras del alma, en fin, de caminar súbitamente sobre la cuerda suspendida en el vacío y el filo de la navaja. Su palabra comprometida brota desde los rincones de la periferia, desde el gran afuera, el sitio donde vive aquél siempre excluido, el no invitado. Una voz que resuena desde la periferia

En Armando encontramos a un poeta cristiano que, como el mismo confiesa, se caracteriza por tener cuatro marginalidades. La primera es la de ser poeta en un país que, a pesar de contar con una de las tradiciones líricas más importantes de la lengua castellana, no propicia como paisaje existencial y cotidiano estados profundos de conciencia donde se haga posible la experiencia poética. A ello se suma el hecho de que Venezuela gira en la órbita de la civilización capitalista, la cual tiene como rasgo esencial la entronización de la mercancía. La poesía no encuentra un espacio social como oficio o vocación, no se engrana dentro de ninguna cadena productiva y por ello no produce dividendos: “Los poetas somos crónicamente limpios y, sin embargo, yo soy un poeta venezolano”.

La segunda marginalidad es la de ser cristiano en un país en el que las élites intelectuales (que no son laicas sino laicistas) no conciben que un artista pueda crear desde su experiencia de fe. La sabiduría religiosa desde donde habla Armando, ese otro saber que se confunde con sabor, paladeo cualitativo no mensurable, sapiencial en último sentido, es visto hoy en día como un lenguaje arcaico, tan primitivo como un rito guarao. El vertiginoso eclipse de la idea y la experiencia de Dios dentro del pensamiento occidental ha generado la exclusión de las voces de poetas y filósofos que se mueven en la tarea metafísica de revelar el ser de lo existente desde la fe.

Asumir abiertamente su identidad homosexual en un país falocrático y machista, donde culturalmente no hay una apertura a la diversidad sexual, es la tercera marginalidad que pesa sobre los hombros de Armando: “Ahora que no necesito mentir encuentros deletéreos, porque el amor ya no requiere de baratos hoteles ni urinarios, ratifico sin embargo la subversión de aquel inicio, la ilegalidad de la caricias complotando contra la burocracia del placer”, describe en su poema Cavafiana.

Finalmente, su última marginalidad, quizás la más dura y dolorosa, es aquella de estar desnudo, siempre presente ante la mirada del otro, como en un panóptico: ser paciente psiquiátrico. A este tipo de pacientes se los arrincona, persigue y encierra policialmente por dos razones: no ser económicamente productivos como estipulan los cánones de la civilización burguesa y subvertir y poner en peligro el orden familiar burgués: “A mí no se me escapa ni por un momento que el día menos pensado, cuando yo vuelva a tener un involuntario problema mental, seré perseguido, arrinconado y encerrado policialmente de nuevo”.

Un anti académico ingresa a la Academia

En su sesión plenaria del 2 de noviembre de 2015 fue electo como miembro de número de la Academia Venezolana de la Lengua, reconociendo de esta forma sus cincuenta años de trabajo literario e intelectual ininterrumpido que se traduce en siete poemarios, cinco ensayos y un texto narrativo. Armando agradece con sinceridad y cariño a sus colegas por la generosidad de esa elección sabiendo de sus “marginalidades” y, más aún, el gesto de ternura de ofrecerle el sillón “W” de Carlos Pacheco, su hermano del alma, amigo desde la etapa de formación en el noviciado jesuita, quien falleció el año pasado. A pesar de esto, no deja de asombrarle esta elección: “Esto me cayó de sorpresa porque yo siempre he sido un escritor anti académico”. Gran parte de su actividad intelectual y docente es paralela a la Academia, no coincide con ella.

Luego de estudiar filosofía en Caracas y Bogotá, Armando viajó a Suiza para continuar su formación. Pero allí diseñó una estrategia muy personal que empezó a marcar su particular relación con la Academia: inscribió solo los cursos y seminarios que le interesaban. A partir de allí se vinculó con talleres y grupos literarios que han tenido mucho peso dentro de la historia de la literatura en nuestro país. Uno de ellos fue el Taller Calicanto dirigido por Antonia Palacios, donde durante dos años compartió con escritores que hoy son reconocidos a nivel nacional. Posteriormente, fue cofundador del grupo Tráfico junto con Yolanda Pantin, Igor Barreto, Miguel Márquez, Alberto Márquez y Rafael Castillo Zapata.

Como parte de su vocación docente tiene ya varios años dictando talleres de poesía, literatura y mística, espacios donde comparte y pone al servicio de los demás sus conocimientos y experiencias. Esto lo mantiene en perfecta sintonía con lo que hacen los poetas de varias generaciones que escriben en el país. Algunos de los más extraordinarios jóvenes escritores que publican ahora en Venezuela han asistido a sus talleres. Por ello, María Fernanda Palacios, “líder espiritual” de la Escuela de Letras de la UCV, como él la llama, ha dicho que los talleres de Armando son “una Escuela de Letras paralela a la nuestra”.

Tentado por el envanecimiento

A raíz de su ingreso en la Academia Venezolana de la Lengua se ha desatado un torrente de reportajes y entrevistas tanto en prensa como en televisión que han mantenido a Armando durante los últimos meses luchando contra la tentación del envanecimiento. Humildemente acepta su sed permanente de ser aprobado y reconocido por los demás, pero simultáneamente se percata de la incomodidad ética que tiene a la hora del éxito. Esta lucha lo lleva a ir más allá, a navegar dentro de sí mismo para explorar esas zonas profundas donde hay corrientes frías y calientes en constante movimiento. Emprende entonces dos viajes para explorar su relación con la fama y el prestigio.

El primero va hacia su temprana edad, cuando era apenas un adolescente. Recuerda perfectamente que, por ser un jovencito afeminado en sus actitudes y gestos, era víctima de la burla, la ofensa y el sarcasmo. Sin embargo, a los catorce años descubrió que había una zona existencial donde era aceptado, fuerte, incólume: la vida intelectual y la creación artística. “Obliguen a este muchacho a escribir porque lo hace muy bien”, dijo en voz alta el padre Moreno en medio de profesores y alumnos. Ese aire de reconocimiento y prestigio fueron una garantía de aplauso y aprobación, pero en el fondo, Armando se vengaba de las humillaciones de sus compañeros, lo movía el resentimiento. Allí se compensaba: “Quien se moviliza por el resentimiento es un esclavo de aquello que resiente”.

Jesús y sus enseñanzas lo acompañan en su segundo viaje, lleno de interpelaciones hacia su propia fe. Recuerda claramente que Jesús prohibió severamente a sus discípulos que se creyeran superiores a los demás, por el contrario siempre los invitó a buscar los últimos puestos, donde están los pobres, lisiados, ciegos, mudos y cojos, es decir, los que no acceden a la figuración pública, aquellos de los que nadie habla. Precisamente fue a ellos a quienes Jesús dirigió su mensaje, ellos son los invitados privilegiados al banquete del reino. Ante esto Armando reflexiona: “Si me digo cristiano, si sé a qué y a quiénes me debo. ¿A qué viene toda esa parafernalia psíquicamente mitológica del prestigio y la fama?”.

Armando Rojas Guardia nació en Caracas, Venezuela, en 1949, hijo del poeta caraqueño Pablo Rojas Guardia (1909-1978) y Mercedes Álvarez Gómez (1919-1973); durante los primeros siete años de vida se residenció en Praga, Haití y Nicaragua como consecuencia de los cargos diplomáticos de su padre. En su juventud vivió en Bogotá, en Friburgo (Suiza) y en Solentiname (Nicaragua), con Ernesto Cardenal. Posteriormente su vida ha transcurrido entre Caracas-Mérida. Su vocación como escritor se inició en su hogar y jugó un papel importante su participación en el Taller de Calicanto con Antonia Palacios, y se cimienta con su activa participación en el grupo Tráfico. Ha desempeñado una amplia labor cultural y docente vinculada a la literatura, y es una de las voces fundamentales de la poesía venezolana contemporánea, así como un destacado ensayista.

En este link puedes encontrar un documental que narra la vida y obra del escritor Armando Rojas Guardia: https://www.youtube.com/watch?v=YUwQGsPTYY8

Carlos Ignacio Murga es psicólogo. Participante del Taller de Poesía dictado por Armando Rojas Guardia.

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