San Ignacio de Loyola y la discapacidad

San-ignacio1José Gregorio Delgado Herrera

El día de san Ignacio, 31 de julio, se inicia a media noche con una película sobre la vida de Iñigo de Loyola, allí las aventuras caballerescas se mezclan con las experiencias religiosas. En el relato se resalta un hecho detonante del cambio de vida en este hombre, la defensa de Plamplona, Iñigo soldado se ve como el líder empeñado en dar su vida por defender la ciudad de la invasión francesa.

Una bala de cañón lesiona a Ignacio en sus piernas, su recuperación y convalecencia dan lugar a las lecturas de la vida de Cristo y las narraciones de vidas de algunos santos.

Ignacio se enfrenta a la discapacidad, a los treinta años, aunque, seguramente en sus andanzas militares tuvo la experiencia de compañeros de batallas, lesionados y en consecuencia “discapacitados”. Para 1521, el término más común sería el de inválidos o lisiados. Su recuperación es larga y dolorosa, y con resultados dudosos, al habérsele soldado mal el hueso y posteriormente acordado su corte definitivo, en particular, su pierna derecha queda lesionada en forma permanente.

Iñigo entra a formar parte de las personas “cojas”, pero, esta limitación no es obstáculo para su vida posterior a la conversión y en sus  andanzas por Roma y Jerusalén, sin olvidar sus caminatas en España para la predicación y la formación en aulas universitarias, hasta llegar a Francia. En la vida de Ignacio la discapacidad es una encrucijada en el camino, presente al fundar la Sociedad de Jesús, junto a sus seis compañeros, en Montmatre (1534), hasta llegar a ser la Compañía de Jesús, inspirada en la experiencia militar ignaciana.

Ya ordenados como sacerdotes, San Ignacio y sus compañeros, luego de su predicación y actos de caridad por Italia, y de vivir la experiencia de los Ejercicios Espirituales. Se formaliza la nueva Orden Religiosa, la Sociedad de Jesús (1539) se conocerán como los ”Jesuitas”, Ignacio será elegido como el primer Superior General, cuyas “Constituciones” se aprueban en 1554. Acompaña la expansión y el crecimiento de la Compañía, miles de Jesuitas caminan por el mundo. Se enfrenta a intentos de divisiones y conflictos, en varias ocasiones pide ser sustituido, sin embargo, se mantiene en las funciones hasta el día de su muerte, el 31 de julio de 1556, a consecuencia de una larga enfermedad que lo mantiene en su celda, en la sede de la Compañía en Roma.

En América las misiones de los Jesuitas se reconocen como una experiencia de trato digno a los indígenas, y un semillero de obras educativas, de hecho,  los    “Compañeros de Jesús” llegan a América, durante la gestión de Ignacio, sin embargo, se ganan muchos amigos y enemigos, por todo el mundo a través de su historia. La labor apostólica de la Compañía de Jesús se expresa en escuelas y universidades, hospitales y casas de abrigo, en centros de formación laboral y misiones.

Un acontecimiento triste se evidencia en la denominada disolución de la Orden o la supresión de la Compañía de Jesús, decretada por el Papa Clemente XIV (21 de julio de 1773) que se hace efectiva el 16 de agosto de ese mismo año, aunque, tiene sus antecedentes en las presiones que se había dado a raíz de las expulsiones de los jesuitas de Portugal, Francia y España y la insistencia que se dio para que disolviera la Orden, durante la gestión del Papa Clemente XIII (1758 – 1769)

Cuarenta y un años después, en 1814 en medio de la Revolución francesa, las guerras napoleónicas y las guerras de independencia en la América Hispánica, Pío VII decidió restaurar a la Compañía (7 de agosto de 1814).

Los jesuitas habían sobrevivido en Rusia, protegidos por Catalina II. Igualmente, en algunas zonas de Italia, donde encontraron refugio como religiosos. La restauración universal de la Compañía era vista como una respuesta al desafío que representaban los enemigos de la Iglesia: la masonería y los liberales, principalmente.

Los jesuitas en Chile por ejemplo, llegaron en 1593 y su labor evangelizadora se dedicó a la educación de todas las clases sociales y la evangelización de los indígenas, cuando se decreta la supresión de la Compañía, la mayoría de los jesuitas chilenos se refugian en Italia. Decretada la restitución de la Orden regresan los jesuitas a Chile en 1816 con su labor apostólica dedicada a la enseñanza y en relación a la misión evangelizadora de los indígenas fue reemplazada por la ayuda a los pobres. El éxito de esta tarea fue coronado con la beatificación y declaratoria de santidad, en pleno siglo XXI, del sacerdote jesuita Alberto Hurtado.

En su juventud este muchacho escucha el llamado espiritual, precisamente, en  una reunión en el Colegio San Ignacio de Chile, (1916) Alberto establece un diálogo con su asesor espiritual, el P. Fernando Vives, s.j., que lo encamina por el tema de la responsabilidad y la conciencia social, quien le plantea la importancia de que continúe en sus estudios, por la situación económica de su familia, ya graduado de abogado ingresa a la Compañía.

Mientras en Chile un joven busca su camino espiritual, en la Venezuela de 1916 están de regreso dos jesuitas. Este regreso se da, en una condición de cierta clandestinidad, pues se identificaron como sacerdotes pero no como jesuitas, iniciando su trabajo en el Seminario de Caracas para la formación del clero y muy pronto de los laicos católicos.

Se llega a la figura del P. Alberto Hurtado Sj, un abogado y educador, que incursionó en la política antes de ser sacerdote, en su preocupación por la Cuestión Social, el tema de la discapacidad, seguramente, estuvo presente entre los niños y adultos en situación de calle o en sus charlas sobre la acción católica, que marcan su dedicación a los pobres. Un dato curioso, repasando la biografía de este sacerdote ejemplar, su consagración sacerdotal y muerte se dan en fechas cercanas a la supresión y restitución de la Orden. Muchos se acordarán de este santo el 18 de agosto.

Este jesuita usaba un lema que hoy nos hace reflexionar, en particular desde el mundo de la discapacidad, “¡adelante con los faroles!”, es una expresión que se manifiesta como una resolución o ánimo a otra persona, para continuar o perseverar en algo que se ha  iniciado, pese a las dificultades que se pueden presentar.

Esta expresión nos recuerda la “resiliencia”, una actitud destacada en las personas con discapacidad, que, asumen sus actividades superando la adversidad, y preservando su dignidad como personas, mientras desarrollan sus capacidades.

Es muy probable, que, alguna charla o pensamiento de este hombre de Dios, trajera a sus reflexiones o meditaciones, un hecho reseñado en la película, allí se resalta que en el tren que lo trae de regreso a su Chile natal, ya ordenado sacerdote y después de sus estudios en Europa, se da una escena especial.

El  padre Alberto Hurtado, s.j., está haciendo su oración en el tren, de pronto repara en la presencia de una niña que mira fijamente su crucifijo, y hace un descanso para preguntarle: “¿Te gusta?, es nuestro Señor Jesucristo”.

Apresuradamente, el padre de la niña lo interrumpe para aclararle: “Padre, ella no lo entiende, y no le escucha, porque es sorda y muda de nacimiento”, la respuesta silenciosa, no se hace esperar, el P. Hurtado, le dedica una sonrisa y un beso, mientras coloca el crucifijo en las manos de la niña, ella le devuelve agradecida una sonrisa. Un digno compañero de Ignacio de Loyola, de hecho en sus últimos días, también experimentó personalmente la discapacidad, generada por la enfermedad que lo conduce al encuentro con Jesús, “El Patrón”, como cariñosamente le llamaba.

En medio de todo este relato, algo que queremos resaltar es que en la condición de la discapacidad, Dios encuentra un instrumento para recordarnos su Misericordia, cuando recordamos que “Detrás de las nubes, siempre está el sol”.

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