Richard Ford: el gran cronista de la sociedad norteamericana

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Richard Ford, uno de los más aplaudidos novelistas contemporáneos en Estados Unidos, fue galardonado el miércoles, 15 de junio, en España con el premio Princesa de Asturias de las letras por ser el “gran cronista” de la sociedad norteamericana.

La obra del autor de la alabada trilogía de novelas protagonizadas por el personaje Frank Bascombe, “se inscribe en la gran tradición de la novela americana del siglo XX”, explicó la fundación española que otorga el premio.

Con “detallismo en las descripciones” y una “mirada sombría y densa sobre la vida cotidiana de seres anónimos e invisibles”, es “un narrador profundamente contemporáneo”, señaló el presidente del jurado, el director de la Real Academia Española, Darío Villanueva, en un acto en Oviedo.

Nacido en Misisipi en 1944, Ford es “considerado por algunos el heredero legítimo de Hemingway, influido, como él mismo ha reconocido, por Faulkner, y calificado por Raymond Carver como el mejor escritor en activo de EU”, consideró el jurado.

Retratista de la sociedad estadounidense, fue el primer autor en ganar el mismo año los prestigiosos premios Pulitzer y PEN/Faulkner, en 1996, por “El día de la independencia”, el segundo libro de la trilogía de Bascombe, un fracasado escritor que triunfa como periodista deportivo y después como agente inmobiliario.

Su último libro, “Francamente, Frank” (2015), completó la trilogía con cuatro relatos narrados por Bascombe.

El personaje de Bascombe le ha servido a Ford, a veces señalado de hacer una literatura pesimista, para canalizar sus sensaciones y emociones en los diferentes momentos de su vida, según dijo en una entrevista publicada por la revista The New Yorker en 2014. (…)

En 2015 el premio de las letras recayó en el cubano Leonardo Padura, el creador de la serie de novelas policíacas protagonizadas por el detective Mario Conde.

Philip Roth fue en 2012 el último estadounidense en obtener este galardón, que reconoció en el pasado a autores como el español Antonio Muñoz Molina, el norteamericano Paul Auster, la británica Doris Lessing, el mexicano Carlos Fuentes o el nobel peruano Mario Vargas Llosa.

Este galardón, al igual que los otros otorgados por la fundación Princesa de Asturias a personajes u organizaciones destacadas en diversos campos, está dotado de 50.000 euros (unos 56.000 dólares) y una escultura del español Joan Miró.

La fundación, rebautizada en honor a la heredera del trono, la princesa de Asturias Leonor de Borbón, de 10 años, entrega desde 1981 estos galardones considerados los premios Nobel del mundo hispano.

Ford es el sexto premiado este año, luego de la actriz y directora de teatro española Núria Espert (Artes), el fotoperiodista estadounidense James Nachtwey (Humanidades), la historiadora británica Mary Beard (Ciencias Sociales), el innovador de prótesis biónicas estadounidense Hugh Herr (Investigación) y el triatleta español Javier Gómez Noya (Deportes).

Fuente: http://www.animalpolitico.com/2016/06/richard-ford-el-narrador-pesimista-de-eu-gana-el-premio-princesa-de-asturias-de-las-letras/

A la muerte de su madre escribió un libro catártico sobre la relación con su progenitora, publicado por Anagrama, cuya comienzo reproducimos a continuación:

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Mi madre se llamaba Edna Akin y nació en 1910, en el lejano rincón noroccidental del estado de Arkansas, Benton County, en un lugar de cuya localización exacta no estoy ni he estado nunca seguro. Cerca de Decatur o de Centerton, o de una pequeña ciudad que ya no es ciudad. Sólo un paraje rural. Por allí cerca pasa la línea de Oklahoma y en 1910 era una zona dura, con sensibilidad de frontera. Sólo diez años antes ladrones y forajidos poblaban el paisaje. Bat Masterson todavía estaba vivo y no hacía mucho que se había ido de Galina.

No hago hincapié en estas circunstancias por sus posibilidades novelísticas ni porque piense que otorgan a la vida de mi madre ninguna cualidad especial, sino por la impresión que dan de pertenecer a una época remota y un lugar lejano e inaccesible. Y sin embargo mi madre, a quien amaba y conocía muy bien, me vincula a ese territorio extraño, a eso otro que fue su vida y de lo que en realidad no sé ni supe nunca demasiado. Es una cualidad de la vida con nuestros padres que a menudo nos pasa inadvertida y por consiguiente no le damos importancia. Los padres nos conectan -por encerrados que estemos en nuestra vida- con algo que nosotros no somos pero ellos sí; una ajenidad, tal vez un misterio, que hace que, aun juntos, estemos solos.

El acto y el ejercicio de abordar la vida de mi madre es, por supuesto, un acto de amor. No debe pensarse que mi incompleto recuerdo de esa vida o mi conocimiento insuficiente de los hechos son demostraciones de amor incompleto. Amé a mi madre como lo hace un niño feliz, sin pensarlo, sin dudas. Cuando me hice adulto y nos conocimos como adultos, nos tuvimos un gran respeto; podíamos decir “te quiero” cuando parecía necesario para aclarar las situaciones, pero sin detenernos en ello. Ahora eso me parece perfecto, igual que me lo parecía entonces.

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Edna Lavon Akin y su madre, Essie Akin, c. 1917.

Forzosamente tengo que recomponer la vida de mi madre a partir de fragmentos. No éramos una familia a la que la historia tuviera mucho que ofrecer. Esto tenía seguramente algo que ver con el hecho de no ser ricos, de vivir en el campo, de tener una educación incompleta, o simplemente a un conocimiento insuficiente de muchas cosas. Para mi madre la historia se reducía a muy poco, no había acontecimientos heroicos o dramáticos,sólo pequeños asuntos, residuos olvidables, mezquinos algunos de ellos. La Gran Depresión debió de tener algo que ver con ello, seguramente. Mi madre y mi padre vivían el uno para el otro y al día. En los años treinta, después de casarse, vivían esencialmente en la carretera. Bebían. Lo pasaban bien. Les parecía que no tenían gran cosa que rememorar, y no miraban atrás.

La familia de mi padre procedía de Irlanda y era protestante. Eran los años setenta del siglo XIX, y un océano dividía el mundo. De los inicios de la vida de mi madre no sé mucho. No sé de dónde era su padre, si también era irlandés o era polaco. Era carretero, y mi madre hablaba de él con cariño, aunque de manera elíptica y sin asumir la responsabilidad de contar absolutamente nada. “¡Oh! -decía a veces-, mi padre era un buen hombre.” Eso era todo. Murió de cáncer en los años treinta, pienso, pero no antes de que mi madre fuera abandonada por su madre y viviera un tiempo con él. Eso fue antes de 1920. Creo que ambos -hija y padre- vivieron cerca del lugar donde ella había nacido -otra vez en el campo- y que para ella fue una época feliz. Tan feliz como cualquier otra. No sé qué le entusiasmaba entonces, qué pensaba. Su voz no me llega desde tanto tiempo atrás, aunque me gustaría oírla.

De su madre hay mucho que decir, toda una historia. Era del campo y tenía hermanos de ambos sexos. De ese lado de la familia había sangre india, aunque nunca se supo con claridad de qué tribu. No sé nada de sus padres, aunque tengo un retrato de mi bisabuela y de mi abuela con su flamante segundo marido, sentados en un viejo carromato, y mi madre en la parte de atrás. Por entonces mi bisabuela ya era vieja, parece una bruja; a mi abuela se la ve seria y guapa con un largo abrigo de castor; a mi madre, joven y con penetrantes ojos oscuros fijos en la cámara.

En algún momento mi abuela había abandonado a su marido y se había marchado con el joven del retrato, boxeador y peón. Un muchacho bien parecido. Delgado, ágil y astuto. Su apodo era “Kid Richard” (por extraño que parezca, yo llevo su nombre). Esto ocurría en lo que hoy es Fort Smith. Posiblemente en 1922. Mi abuela era mayor que Kid Richard, cuyo verdadero nombre era Bennie Shelley. Y, para casarse rápidamente con él y conservarlo, mintió sobre su edad, se quitó ocho años y comenzó a desagradarle la delatora presencia de su bonita hija, mi madre.

Así, durante una temporada -todo en su vida parece haber sucedido durante temporadas, nunca muy largas-, mi madre fue enviada al colegio de monjas de Santa Ana, también en Fort Smith. A su padre, en el campo, debió de parecerle una buena idea, pues él pagaba la matrícula y ella era educada por las monjas. No sé qué hizo exactamente su madre -que se llamaba Essie, Lessie o simplemente Les- durante ese tiempo, quizás tres años. Se había casado con Bennie Shelley, que era de Fayetteville y tenía familia allí. Él trabajaba como camarero y luego pasó a un servicio de vagón restaurante en Rock Island. Esto implicaba vivir en El Reno y en el otro extremo de la línea ferroviaria, Tucumcari, Nuevo México. Abandonó el boxeo y mi abuela lo trataba con todo el rigor que podía, porque le parecía que con él tenía un largo camino que recorrer. Por algo Bennie Shelley fue su última y mejor elección. Un billete para largarse. Adónde, no estoy seguro.

Mi madre me contó muchas veces que le gustaban las hermanas de Santa Ana. Eran estrictas. Inflexibles. Seguras de sí mismas. Dedicadas. Graciosas. Pienso que fue allí, como interna, donde recibió toda la educación que tuvo nunca: hasta noveno curso; era una buena estudiante y la querían, aunque fumaba cigarrillos y la castigaban por eso. Creo que si no me hubiera hablado nunca de las monjas, si no hubieran impreso ese sello en su vida, yo no habría podido entender ni siquiera esos sucesos. Santa Ana proyectó su sombra sobre el resto de su vida. En el fondo de su corazón, mi madre era una católica secreta. Practicaba el perdón. Obedecía los rituales y los protocolos. Reverenciaba los dictados de la fe; respetaba las disciplinas espirituales. Todo lo que yo pienso de los católicos se lo debo a ella, que nunca lo fue, pero que vivió entre católicos a una edad temprana y aparentemente le agradaban tanto las cosas que había aprendido como las personas que se las habían enseñado. Más tarde, cuando, ya casada con mi padre, fue a conocer a su suegra, tuvo siempre la sensación de que la consideraron católica y de que la familia de su marido no la acogió como quizás hubiera hecho con otra chica.

Fuente: http://www.elcultural.com/revista/letras/Comienzo-de-Mi-madre/27117

 

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