Los colectivos: violencia e ilegalidad

img_29441398965607Javier Contreras

Hablar de colectivos es hablar de grupos al margen de la ley. No me refiero a las agrupaciones culturales o deportivas que funcionan bajo la denominación de colectivos, me refiero a las bandas armadas que por su vinculación política – partidista son, actualmente, los autoproclamados garantes de la cotidianidad en muchos sectores del país, especialmente en la ciudad de Caracas.

En un escenario de fragilidad en las relaciones interpersonales, en las relaciones intersectoriales y en las relaciones del sujeto con el Estado, en cualquiera de sus representaciones, los referentes sociales cobran altísima relevancia, bien por sus actuaciones, bien por sus omisiones. Si los tradicionales referentes se desdibujan, como ha sucedido en Venezuela, se consolida el poder de estos grupos paraestatales y paramilitares que se hacen llamar colectivos.

Como imagen elocuente sirva hacer memoria de manifestaciones o encuentros en los que los colectivos exhiben armas en espacios abiertos, públicos y transitados, momentos que han sido captados por cámaras fotográficas o televisivas. Lejos de ser objeto de procedimientos judiciales en su contra, los miembros de los colectivos han sido defendidos públicamente por varios representantes del gobierno nacional, desde el Presidente de la República hasta Diputados y Ministros.

Actualmente son los encargados de administrar la distribución de las bolsas de los CLAP, puntualmente en sectores de la parroquia 23 de Enero de Caracas, lugar que representa su bastión real y simbólico. Con este hecho, la perversión alcanza niveles alarmantes, ya que una vez más la población queda en manos de quienes portan armas y dictaminan arbitrariamente reglas de convivencia, teniendo el poder para decidir horarios, determinar quién recibe alimentos y en ocasiones, quién vive y quién muere.

El Gobierno, por complicidad, falta de voluntad o por incapacidad, es el responsable de esta situación. Como ciudadanos, debemos tratar de no legitimar a estos grupos que pretenden hacerse nuestros guardianes. Dar carta de ciudadanía a la violencia armada, independientemente del lugar que provenga, siempre es un error.

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