La última conversación de Benedicto XVI

unnamed-9Ricardo Bello

Mario Vargas Llosa, y no sin razón considera, al Papa Emérito uno de los grandes intelectuales de nuestro tiempo y más de un sacerdote me ha comentado en privado que su obra teológica lo ubica sin duda en la tradición de los Padres de la Iglesia. Otros lamentan su actuación como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y comparan su trayectoria a la de un temible perro guardián, una especie de Rothweiler del Vaticano, la mano oscura de aquella temible Inquisición de cuyos excesos la memoria humana parece no haberse recuperado. Su carisma no fue el de Juan Pablo II, ni se acerca al de Francisco, pero una lectura de la última larga entrevista que le hizo Peter Seewald, conocido periodista alemán, nos muestra un lado más privado, más íntimo, menos controversial. Seewald conversa con un Papa de carne y hueso que recuerda episodios de su vida sin ánimo de crear polémicas. Leímos otra conversación similar publicada en el 2010 con el título Luz del mundo (Licht der Welt), pero está más reciente, que salió publicada hace apenas una semana – Ultime conversazioni o Letzte Gespräche – es interesantísima. Son raras las ocasiones, inexistentes más bien, para tomarse un café o una taza de té con el Papa, pero esa es la impresión, como si estuviéramos en en una reunión íntima, privada casi, con Benedicto XVI, confesando él y admitiendo sus debilidades, carencias y también la firmeza de un intelecto de primera, bien entrenado, que aún funciona como un buen motor alemán, a pesar de sus años.

No soy lo suficientemente santo como para adentrarme en la oscuridad de la noche, admite, como sí lo hizo Santa Teresa de Calcuta en una correspondencia privada con su confesor, que fue publicada y mostró el rasgo menos pensado de una mujer excepcional. Seguir a Cristo nunca fue fácil, pues el auténtico lugar para su representación es la cruz, el testimonio del martirio. El mensaje de Jesús es un escándalo para el mundo, no una felicitación por estar haciendo bien las cosas. La humanidad no vivía una época tan incierta en Baviera por el año 1927, al dar a luz su madre. Ni siquiera la II Guerra Mundial, cuando el triunfo de la maldad y el horror parecía destruir todos y cada uno de los valores occidentales, fue capaz de apagar la vida interior del cristiano, tal como parece estar extinguiéndose en muchos ámbitos de la sociedad contemporánea. La influencia de Hildegarda de Bingen, por ejemplo, a quien Ratzinger le otorgó el título de doctora de la Iglesia en 2012, pudo más para afianzar su vocación que los horrores de Dachau y Buchenwald. Lo importante para él no era tanto pensar filosóficamente el tiempo histórico que le tocó vivir, sino concebir una visión para el mañana, que hiciera posible la visualización de un mundo posible más allá de la presencia de un tirano, nacionalsocialista o comunista.

Las tres tentaciones de Cristo, escribió en su obra magna sobre la vida de Jesús, deben interpretarse como una reflexión en torno a la relación entre el poder temporal y el mundo espiritual. Si me rindes pleitesía, le sugiere el Diablo (diabolo en griego significa calumniador), pondré el mundo a tus pies. El demonio lo reta a transformar las piedras en pan, reduciendo el alcance de las necesidades humanas a lo estrictamente material y busca provocar en Jesús ambición de mando, instándolo a lanzarse al vacío para ver quién lo obedecerá y vendrá a salvarlo de la muerte. Todas las ideologías de poder se justifican de la misma manera, pretenden obviar la dimensión de la libertad y el mundo de lo invisible, que nunca podrá ser reducido a una voluntad de dominio político. Benedicto XVI nos recuerda que el mundo fue salvado por el crucificado, no por los crucificadores y menos por militares.

Al recordar su Pontificado podemos escoger entre darle importancia a su pensamiento o recordar algunos de los muchos episodios de su gestión que captaron la atención de la prensa mundial, tales como el discurso de Ratisbona, el polémico nombramiento de un Obispo polaco que trabajaba para los servicios de inteligencia de la dictadura comunista, la autorización para el uso del misal tridentino, el decreto de revocación de la excomunión de obispos consagrados ilícitamente por Lefevre, algunos abiertamente negadores del Holocausto judío; los escándalos de pedofilia en Irlanda, Alemania y los Estados Unidos o la polémica en torno al condón en zonas africanas diezmadas por el SIDA. Seewald optó acertadamente por enfocarse en la evolución de su pensamiento, sobre todo al estar relacionado con los puntos centrales de nuestra fe. Su conversación nos permite acercarnos a la dinámica personal de un alemán muy inteligente, dotado para la música y los idiomas, que tuvo la suerte de contar entre sus profesores a los mejores teólogos de Alemania y en la época dorada de la teología alemana. Son muchas las páginas recordando a sus maestros, a las influencias más importantes en su vida, así como a su trabajo como perito en el Concilio Vaticano II, al lado de sacerdotes de la talla de Yves Congar, Lubac, von Balthasar o Daniélou y de otros personajes más difíciles, como Hans Küng. Luego viene su nombramiento como Obispo, su labor al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe y su discurso como Decano del Colegio de Cardenales al comienzo del cónclave que lo eligió Papa, cuando habló de la dictadura del relativismo, un concepto tomado de la Carta a los Efesios, que le permitió dirigirse a una humanidad zarandeada de un lado a otro por modas psicológicas y políticas. Era la tercera vez que asistía a un cónclave y tenía 78 años, no tan joven y con problemas de salud, pero claro frente a los dilemas que enfrentaba la Iglesia. El evento más importante de su pontificado, concluye Seewald, fue la publicación de su estudio en tres tomos sobre Jesús de Nazaret, que se convertirá en texto básico para futuras generaciones de sacerdotes y laicos y que resume y explica como ningún otro, su posición ante Dios y el mundo.

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