La postura de Dios ante la muerte de Jesús

Casiano Floristan

Los cuatro relatos de la Pasión la describen en cinco secuencias: arresto, proceso judío, proceso romano, ejecución y sepultura. A partir de un breve relato previo sobre la crucifixión, las distintas narraciones evangélicas de la pasión están redactadas con mucho mayor detalle que todo el resto de los evangelios. Su estilo difiere del de las literaturas que narran la batalla final y la muerte de un héroe. Son, además, final y comienzo de la vida y el destino de Jesús, al que los discípulos llaman «Cristo» y «Señor» después de la  resurrección. Según cómo se interprete y se viva la muerte y resurrección de Jesús, así se configurará el modo de ser cristiano.

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Jesús fue condenado a muerte y crucificado por blasfemo religioso y alterador del orden público. Es lógico pensar que Jesús contó con una muerte violenta, a juzgar por su comportamiento y las acusaciones que recibió de mago, blasfemo, falso profeta, hijo rebelde, quebrantador del sábado y purificador del Templo. Para entender su muerte no basta con relacionarla con el sanedrín judío o el gobernador romano; es preciso conectarla con su Dios y padre, cuya cercanía y presencia proclamó. Él cómo y el porqué de la muerte  de Jesús tienen relación con el cómo y el porqué de toda su vida. Pero la interpretación última de la muerte de Jesús es teológica.

La comunidad creyente postpascual, a la luz de la resurrección, denominó a Jesús «Cristo» y «Señor». Con una nueva lectura de la muerte de Jesús, proclamó la Iglesia el señorío de Cristo, traducción actualizada del reino de Dios. Esto no equivale a un silenciamiento del profetismo de Jesús, de su opción por los pobres, de la justicia que  entraña el reino y de las exigencias que comporta la fe como conversión. El reino de Dios se hizo presente, de un modo nuevo, con la actividad de Jesús, aunque se concentró de una  manera definitiva en el cuerpo resucitado del Señor.

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Quedarse con el resucitado de un modo piadoso, sin abarcar con la misma fe al Jesús histórico, es reducir la misma fe. Y para entender el comportamiento de Jesús en su ministerio es preciso tener en cuenta las claves del proceso que le llevó hasta la crucifixión. Pero, una vez aceptado que la cruz es consecuencia del proceder de Jesús, la resurrección debe entenderse como toma de postura de Dios en favor de Jesús y, por tanto, como iluminación de la cruz. Jesús no queda en poder de la muerte, sino fuera de la misma. La cruz de Jesús no se entiende si no es  desde la totalidad de su vida; pero, a su vez, la cruz y la muerte de Jesús no tienen sentido  si no es por la resurrección, clave de lectura de todo lo previo, a saber, el condicionamiento  del vivir de Jesús y de todo nuestro vivir.

¿Qué nos dice hoy en concreto Cristo desde la cruz?

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