La comuna

kollektivet_the_commune-330088946-largeErnesto Pérez Morán

Aparente liviandad que esconde emocionante hondura

El danés Thomas Vinterberg, tras obtener cierto éxito con sus cortometrajes en los años noventa, salta a la fama como fundador, junto al ecléctico y a veces genial Lars von Trier, de ese sobrevalorado movimiento que fue Dogma 95, más una maniobra comercial y el producto de una borrachera –como años después confesarían ambos– que un avance artístico, algo que ha demostrado la perspectiva del tiempo. Celebración (1998), que fue el primero de los títulos nacidos al albur de ese manifiesto, rompía ya con varias de las reglas del famoso ‘voto de castidad’ (entre ellas la de utilizar un formato distinto al establecido) y supuso la presentación de un cineasta que poco después daría el salto internacional con una película decepcionante, It’s All About Love (2003), distopía pretenciosa y cursi, y con una rareza escrita por Von Trier, Dear Wendy (2004). Lo que parecía ser una deriva sin rumbo se rompió, y de qué manera, en 2010, año del estreno de Submarino, excelso largometraje sobre dos hermanos cuyas tramas se desarrollan de forma sucesiva, con inteligentes detalles de guion y un retrato de personajes sobrecogedor. Dos años después vuelve a rozar la maestría con La caza (2012), demoledor relato sobre un profesor acusado de abusar de sus alumnos.

Lejos del mundanal ruido (2015) era una muy notable re-adaptación de la novela de Thomas Hardy, breve y eficaz, inteligente y muy bien ambientada. Como de época, aunque más reciente, es este su último estreno, La comuna. En la Dinamarca de los años setenta, un matrimonio y su hija adolescente heredan una gran casa y deciden, por iniciativa de la esposa, buscar inquilinos que les ayuden a pagar los gastos. Anna, presentadora de televisión, y Erik, profesor de arquitectura, empiezan la ronda de entrevistas con su amigo Ole, y a él se añade una particular nómina de compañeros de piso, formando esa comuna que da título al filme. Pero, no se engañen, la aparente coralidad no es tal, pues el conflicto central gira en torno a las tribulaciones del matrimonio, auténticos protagonistas, y el resto de inquilinos son corifeos con los que aligerar (algunos desearían que esas figuras tuvieran un mayor desarrollo, pues sus apuntes son muy prometedores) la trama de la pareja, trufada de una infidelidad y de su asunción por parte de Anna, y de la que no desvelaremos más, salvo que la sensibilidad con la que se trata esta supone de largo lo mejor de la película.

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Una película de personajes, en la que los problemas de cada uno sirven de repuntes narrativos con los que dar ritmo a un relato ágil, con medidos interludios musicales –oportunamente elegidas las canciones– y una factura sencilla, jump cuts, desnudando la propuesta estética de todo lo accesorio, … Una vuelta, no tan radical, a los orígenes del cineasta, que en otros tramos de su filmografía ha ‘vestido’ más sus creaciones.

Vinterberg confirma que se mueve mejor en la sencillez, cobijado en el norte de Europa y, tras sus dos mejores películas y una adaptación dignísima –y muy distinta a esta–, regala una pieza de cámara sin pretensiones, cuajada por diálogos naturales y nada impostados y unas actuaciones soberbias, al final un tanto forzadas por cierta caída en el exceso. Trine Dyrholm en el papel de la sufrida Anna imparte una clase magistral de actuación, dejando traslucir el miedo, la inseguridad y la tristeza con apenas gestos sutiles y acompañando a su alter ego en una conmovedora bajada a los infiernos. Ulrich Thomsen como Erik, plantea un personaje más radical pero no menos llamativo, a base de una técnica depurada a lo largo de los años. A los dos los recordarán de Celebración, por cierto, que ya planteaba algunos temas similares. La diferencia es que allí primaba el manifiesto, la reivindicación estética y una forma que ganaba al contenido, mientras que aquí prevalecen la verdad, la sencillez –salvo, como apuntábamos, en un final arriesgado– y la aparente liviandad que esconde emocionantes, aunque mesuradas –casi siempre– muestras de hondura. Por momentos, una delicia.

Fuente: http://www.cineparaleer.com/critica/item/2000-la-comuna

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