Historias de warao: los wisiratu o dueños del dolor

Wisiratu invocando los espíritus ancestrales a través del humo del tabaco: Foto: Álvaro Laiz.

Wisiratu invocando los espíritus ancestrales a través del humo del tabaco: Foto: Álvaro Laiz.

Minerva Vitti

La primera vez que Jan Costa Müller viajó al delta del Orinoco fue el 14 de abril de 2014, el mismo mes en que cumplía 24 años. Estudiaba Medicina en la Escuela José María Vargas de la Universidad Central de Venezuela y se iba a hacer su ruralito, una pasantía por dos meses, en San Francisco de Guayo. Cuando Jan vio la precariedad de la salud en el delta y la necesidad que había, se propuso volver y hacer su rural durante un año. Así estuvo desde enero hasta diciembre de 2015 trabajando entre los indígenas warao, pero esta vez en Nabasanuka, aproximadamente una hora de navegación desde San Francisco de Guayo y cinco horas desde Puerto Volcán, en Tucupita, estado Delta Amacuro.

Jan cuenta que durante el ruralito fue poco lo que aprendió sobre la cultura y el idioma warao. “Yo no hacía la consulta en warao, solo saludaba y ya, y sabía superficialmente que había algo que se llamaba el wisiratu (dueño del dolor)”. Mientras Jan trabajó en el Hospital Hermana Isabel López, en Guayo, no compartió tanto con los warao: “Básicamente era del hospital a la residencia y viceversa”; y algunos días jugaba futbolito con los jóvenes de la comunidad.

Llegar a Nabasanuka le abrió el panorama. En sus tiempos libres se ponía a hablar con los indígenas. “Se burlaban mucho de mí y eso me motivó a aprender el idioma, palabra por palabra, oración tras oración. Digamos que no era un warao muy fluido pero si podía pasar la consulta completa en el idioma. Los sacerdotes también me prestaron un diccionario del padre Barral y ahí fui aprendiendo”.

Jan dice que, a diferencia de Guayo, en Nabasanuka los niños aprenden a hablar primero warao y luego castellano. Precisamente en este poblado fue que se enteró de qué era el wisiratu y la importancia que los warao le daban. “El mayor porcentaje del pueblo warao, no importa lo transculturizado que este, cree en el wisiratu”. Y fue precisamente en Nabasanuka donde Jan conoció a algunos de ellos, entre estos a Pastora.

Esta es la historia de Jan, los wisiratu, y la salud de los warao en Nabasanuka.

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En el mundo warao las enfermedades son tratadas por tres clases de chamanes (bajanarotu, joarotu y wisiratu) quienes actúan como intermediarios entre los seres místicos y los seres humanos. Entre este grupo también debe de incluirse a la fitoterapeuta, pese a que sus poderes son más bien seculares.

Según Werner Wilbert y Cecilia Ayala Lafée-Wilbert, el wisiratu, o dueño del dolor, es el chamán o sacerdote étnico que sirve de mediador entre su pueblo y el jebu (espíritu malo). Detenta el poder de los dioses del norte, del este y del sur[1]. Desde el momento de su iniciación, lleva en su cuerpo seis hijos de estas deidades cardinales que le sirven de entes tutelares. Durante toda su vida le recuerdan los votos que hizo en su encuentro iniciático de proveer periódicamente a los dioses y a su corte de humo de tabaco y de sagú de moriche. A cambio, los dioses disminuyen la muerte de niños y dotan al wisiratu con el poder de curar enfermedades. Aparte de sus funciones como curandero, el wisiratu también proporciona orientación psicológica y refuerza las normas morales dentro del grupo. El wisiratu de mayor rango es el Guardián de la Piedra Sagrada, manifestación de la deidad tutelar para sus seguidores y, a la vez, su principal fuente de protección[2].

Jan trabajando con los wisiratu de Nabasanuka. Foto: cortesía de Jan Costa Müller.

Jan trabajando con los wisiratu de Nabasanuka. Foto: cortesía de Jan Costa Müller.

Jan cuenta que la idea de incorporar al wisiratu en el hospital de Nabasanuka surgió por los warao que llegaban con mordida de la serpiente mapanare. Como los pacientes veían que no se curaban rápido, sino que les dolía, presentaban hinchazón y edema comenzaban a desesperarse: “Me decían ꞌdoctor me quiero ir al wisiratuꞌ. Yo me preguntaba ¿cómo controlo esto para que no empeoren los síntomas, para que no les dé una hemorragia, si se van del hospital? Entonces se me ocurrió que si tenía a los wisiratu en la comunidad podía meterlos en el hospital, así el paciente no se va, tiene su wisiratu; es feliz y yo soy feliz. Fui, se lo comenté a Pastora, y ella aceptó. Era la segunda médico en el hospital. La familia de ella le dijo que por qué no le dábamos una ‘ayudadita’; entonces, a veces, le dábamos alguna bolsa de comida, pero luego ya comenzó a ir gratis.  Se asomaba al hospital y me preguntaba: ꞌDoctor, ¿hay algo aquí?ꞌ”.

Pastora lo ayudaba con los niños que tenían neumonía o diarrea y, por supuesto,  con los mordidos por mapanare. Ella es de los wisiratu que cantan y hacen masajes; y a través de estas prácticas va sacando a los espíritus: el de la mapanare, el de la diarrea, el de la neumonía. “Un día por curiosidad le pregunté a Pastora cómo era el canto de la serpiente. Ellos consideran eso secreto, pero básicamente lo que expresa el canto es una petición al veneno de la serpiente para que dejara de causar dolor y para que se saliera”.

La presencia de Pastora ayudaba a que los warao permanecieran en el hospital. “El warao se sentía más tranquilo porque tenía como dos medicinas: la del hombre blanco y la del warao. Disminuyó el índice de indígenas que se iban del hospital. Aunque igual, siempre te presionan para irse rápido, así tengan al wisiratu, e incluso con este tampoco es que se queden mucho tiempo (…) Ellos piensan que el hospital está lleno de espíritus, duendes y fantasmas de los que murieron en el hospital, especialmente cuando no hay luz ellos dicen que comienzan a escuchar cosas, monstruos, escuchan sonidos de niños llorando. Aparte que, generalmente, son impacientes”. Jan recuerda que originalmente los hospitales del delta estaban diseñados para tener al wisiratu en un consultorio y al doctor en el recinto de al lado. “De hecho en Guayo al principio decía “médico” y al otro lado “wisiratu”. Pero luego no se cumplió”.

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Caminería en Nabasanuka. Foto: Jan Costa Müller.

Caminería en Nabasanuka. Foto: Jan Costa Müller.

En Nabasanuka hay dieciséis enfermeros y todos son warao. Sus edades oscilan entre los 39 y 60 años. Alonso, Rudilio, Armando y Jesús son los más ancianos. De hecho Jan cree que tal vez este año alguno se jubilará.  Dice que siempre son colaboradores, faltan uno que otro día, pero nada del otro mundo.

Los problemas del hospital son fundamentalmente la falta insumos, ambulancia fluvial y electricidad. Nabasanuka tiene dos plantas, la del hospital y la de la comunidad. El gasoil que surte ambos generadores eléctricos llega a través de las gabarras, que en teoría deberían pasar una vez al mes y dejar más de diez tambores[3] al hospital y más de treinta a la comunidad. Pero eso no se cumple. “Lo que pasa es que dejan cinco o cuatro tambores al hospital y quince o dieciséis a la comunidad. Eso no dura ni un mes y siempre quedamos con un déficit de siete días sin luz. El peor de los casos fue dieciséis días sin luz. Esto ocurrió en octubre”. Jan está muy seguro que fue ese mes porque todos los días los contaba. Tuvieron que atender partos en las noches con linternas, esto aunado a que no hay ambulancias ni modo de sacar a los pacientes de Nabasanuka: “Había veces que yo tenía que ver cómo se morían varios pacientes, porque no hay ambulancia fluvial, y si se conseguía era pidiéndole favores a la comunidad: con uno conseguía el motor, otro warao me prestaba la embarcación, otro me daba el aceite, otro me daba la gasolina, y se salía”.

Uno de los casos más fuertes que este joven médico recuerda fue el de una warao embarazada que llegó al hospital con “procidencia de brazo”, lo que quiere decir que durante el trabajo de parto el brazo del niño salió pero el resto del cuerpo quedó dentro del vientre de la madre. Las warao de comunidades lejanas prefieren parir en sus casas, ya que no tienen cómo trasladarse a Nabasanuka. Únicamente van al hospital cuando se les complica el parto. Así que esta mujer había intentado dar a luz en su comunidad y cuando llegó al hospital ya tenía dos días en ese estado y el niño estaba muerto dentro de ella, el brazo del niño estaba morado.

En Puerto Volcán lo warao se abastecen de gasolina para desplazarse a sus comunidades. A veces pueden durar 2 semanas esperando por el combustible: Foto: Minerva Vitti

En Puerto Volcán los warao se abastecen de gasolina para desplazarse a sus comunidades. A veces pueden durar 2 semanas esperando por el combustible. Foto: Minerva Vitti

Mientras Jan se movilizaba para conseguir embarcación, motor, gasolina y aceite pasaron treinta minutos. Llegaron a Puerto Volcán a las siete de la noche. Desde ese lugar llamaron a la ambulancia ya que no habían podido avisar antes porque no había luz en Nabasanuka. A los veinte minutos llegó la ambulancia. La señora falleció en el quirófano ese día a la medianoche.

Aquella noche Jan tuvo que resolver su hospedaje y al día siguiente ver cómo regresaba a Nabasanuka ya que la Dirección Regional de Salud no brindó ningún tipo de apoyo al doctor.

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Ahora Jan está en Caracas. Empezó un posgrado en Psiquiatría en el Hospital José María Vargas. Sentado en uno de los bancos de este lugar comparte la experiencia que le dejó su trabajo con los warao en las comunidades de San Francisco de Guayo y Nabasanuka: “Yo era una persona sumamente cobarde y nerviosa en el pregrado. Siempre delegaba las decisiones. El delta  me enseñó a tener más confianza en mí mismo y me fortaleció muchísimo. Allá afrontas situaciones que capaz quedándote en la ciudad difícilmente enfrentas, porque eres el médico y nadie está encima de ti. De paso debes ser el líder de los estudiantes que van cada cierto tiempo. Yo te he dicho que me quiero quedar en el país y al estar allá eso se reforzó. Tú me dirás por qué, si en el delta las cosas están peor; precisamente por eso, porque siento que puedo ayudar”.

En una red de caños intrincados habitan los habitantes de la etnia warao. Foto: Minerva Vitti

En una red de caños intrincados habitan los habitantes de la etnia warao desde hace 8 mil años. Foto: Minerva Vitti

Pero este joven no puede dejar de mencionar los momentos duros y la cantidad de muertes que vio en este laberinto de caños olvidado por los entes gubernamentales: “No me gustó la injusticia que viven los warao allá, cómo mueren y nadie se da cuenta, cómo la muerte se ha hecho normal para ellos. Eso no debería ser. Alguien no debería morir de niño, no debería morir de joven, todos deberíamos morir de viejos, habiendo vivido una vida plena. Allá la mortalidad infantil es muy grande, allá todas las mamás tienen mínimo dos niños muertos. Me molesta que lo que no es adecuado sea normal”.

 

 

Epílogo: VIH en Nabasanuka

En el estudio realizado en 2015 sobre la epidemia de VIH que está diezmando a los warao, parte del trabajo se realizó en once comunidades ubicadas en el radio del hospital de Nabasanuka (Arawabisi, Bamutanoko, Bonoina, Burojosanuka, España, Kuarejoro, Kuberuna, Manakal, Nabasanuka, Siawani, Winikina), de la parroquia Manuel Renaud. Se aplicaron pruebas de VIH a 361 waraos de los cuales resultaron positivos seis (cuatro hombres y dos mujeres) para una prevalencia de 1,69 %. El número es significativo tomando en cuenta que se trata de comunidades más alejadas y que habían estado aparentemente sin ningún caso hasta 2012. Además, era la primera vez que se realizaba la detección de casos de VIH asociados a TBC (tuberculosis) en la parroquia Manuel Renaud, lo que quiere decir que las personas presentan ambas enfermedades, ya que al tener VIH están más propensas a adquirir otras.

Pruebas Oralquick aplicadas a los warao. Foto: Minerva Vitti

Para determinar si una persona está contagiada con VIH en una zona rural es necesario aplicar dos pruebas, una rápida y otra de sangre para confirmar el diagnóstico. Foto: Minerva Vitti

De los seis casos, cinco no presentaban síntomas, por lo que ni siquiera sospechaban que estaban viviendo con esta enfermedad. Esto es clave ya que al estar asintomáticos piensan que están sanos, siguen teniendo relaciones sexuales, lo que deriva en más contagios. El warao que presentaba síntomas tenía diarrea, pero su esposa estaba asintomática. Muchos dijeron que habían viajado a Monagas, Puerto Ordaz y que habían tenido relaciones sexuales en estos lugares.

 

Notas

[1] El dios del norte, Warawaro (la mariposa), envía ventoleras heladas enfermando a los Warao con dolencias respiratorias como la “tos del mono aullador”, tos ferina (Jebu waiobo), neumonía (Jebu obo sabana), etc. El dios del sur produce las enfermedades febriles como el sarampión (Jebu bororo) y el paludismo (Jebu tororo). El dios cardinal del este controla las enfermedades gastrointestinales como el cólera (Jebu obonona

asida) y la disentería sanguinolenta (Jebu sojoto). Por último, el dios del oeste envía la muerte a través de enfermedades hemorrágicas como la tuberculosis pulmonar (Jebu obo monida) (WILBERT, W. (1996): Fitoterapia Warao: Una teoría pneúmica de la salud, la enfermedad y la terapia. Caracas: Fundación La Salle).

[2] WILBERT, Werner y AYALA LAFÉE-WILBERT, Cecilia. “Los warao”. En: Salud indígena en Venezuela (Volumen II). Ministerio del Poder Popular para la Salud.

[3] Cada tambor tiene capacidad para doscientos litros.

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Acerca del autor

Periodista [UCAB]. Jefa de redacción de la Revista SIC.