Historias de bachaqueo y hampa

Javier Hernandez

3:00AM Hilda se levanta tempranito, para aprovechar que finalmente luego de una semana llegó el agua a su casa y puede lavar la ropa. Sancocha unas verduras, unos topochos y asigna con experto criterio de escasez la reducidísima ración de proteína que le toca a cada uno de sus cinco hijos. Deja todo listo para que su hija mayor, de trece años organice al resto de la tropa y se vayan a la escuela, con la esperanza puesta en que hoy si sirvan almuerzo en el comedor de la escuela, que ya tiene varios meses funcionando de manera intermitente.

4:00AM José sale puntualmente de su casa. Desde que salió de la cárcel por un beneficio procesal anticipado, se había dedicado al trabajo por destajo con escasos resultados. Gracias a Dios, desde hace dos semanas consiguió empleo manejando un destartalado camión de barandas para transportar a los bachacos desde diferentes caseríos y barrios de Barlovento hasta Caracas. Le pagan 200 bolívares por cada bachaco más el almuerzo –usualmente un par de perrocalientes- La idea es que traslade 20 personas que son lo que caben de pie en la insegura plataforma del camión pero él aprovecha de llevar a su esposa, su cuñada o su hija dependiendo el terminal de la cédula para comprar a precio subsidiado los alimentos para el consumo de su familia.

4:30AM Hilda espera al grupo de vecinos que se organizan para salir del caserío en grupo por cuestiones de seguridad, ya que varias bandas que se disputan el control del lugar han tenido enfrentamientos armados casi diariamente en los últimos tres meses. Los atracos, violaciones y cadáveres en la vía pública ya no sorprenden a nadie, simplemente se trata de esquivarlos, de no mirar, de no saber, de no tropezar con nadie equivocado…

Puntualmente llega el camión a recogerlos. Un destartalado camión de barandas, recoge a las veinte personas que, como todos los días, salen a su jornada laboral en el empleo más rentable que ha tenido en su vida –y único disponible para muchos- el bachaqueo. Por un pago diario de Bs. 2.000 los vecinos del caserío salen dotados de bolsas, agua fría, galletas y mucha paciencia a hacer sus 10 horas diarias de colas para comprar productos regulados en diferentes establecimientos de Caracas. Recibe instrucciones del chófer y capataz que organiza la logística: Hoy te toca mercal, Excelsior Gama y Plaza’s. Cuando salgan todos me repicas para buscarte y llevarte al siguiente punto.

6:00AM La Sra María llega a hacer la cola tempranera en el supermercado de su urbanización. A pesar de la hora, ya se cuentan por docenas las personas a las que les toca comprar hoy de acuerdo al terminal de su cédula. Nadie sabe que producto habrá hoy, si es que hay alguno. En la cola, son pocas las caras conocidas a pesar de haber vivido toda su vida en el mismo edificio. Sus hijos y nietos están fuera del país pero ella se aferra a quedarse, no quiere volver a ser inmigrante. De pronto llega un destartalado camión de barandas con al menos veinte personas, se bajan en grupos de cinco en cada establecimiento y luego rotan “nosotros estábamos de primeros” dice el mal encarado chófer. Algunos protestan en voz baja, pero la cola se rueda, se ajusta para dar cabida al grupo de visitantes que, como todos los días se apoderan sin derecho a pataleo, de la punta de la cola.

8:30AM Luis ya los vio. Otra vez debe lidiar con las protestas en la cola, los coleados, las agresiones, los robos de mercancía en los pasillos. ¿Con qué contamos hoy? pregunta al jefe de almacén antes de subir la santamaría. Hay que administrar el inventario “Un kilo de harina por persona, es lo único que hay” La gente en la cola rezonga, se molesta, se queja, algunos abandonan la cola. La mayoría se resigna. Si no lo compran hoy, deben esperar hasta la próxima semana o comprarlo a los bachaqueros que unos kilómetros más allá, en la redoma de Petare, disponen de abastecimiento regular pero con  precios 25 veces mayor al precio del supermercado. Pasan uno, dos, tres, doscientas personas. Se acaba la harina “Un jabón de baño por persona” ordena Luis. Al final de la tarde, llega un señor mal encarado que se baja de un destartalado camión de barandas y deja caer dos mil bolívares en el bolsillo de la camisa de Luis.

5:00PM Ana sale corriendo de la empresa donde trabaja. Le dijeron que en el automercado estaban vendiendo harina de maíz. No importa su esfuerzo ni los ruegos al gerente del supermercado. La harina se acabó. Debido a que tiene semanas sin comerse una arepa y el presupuesto no le da para seguir comprando pan de sándwich –porque pan tradicional tampoco hay- se resigna a comprársela a una señora que, montada en un destartalado camión de barandas, le hace el favor de vendérsela a un precio 20 veces mayor que el precio regulado que el automercado si está obligado a respetar.

8:00PM Llegan 10 gandolas de harina de maíz para descargar en el automercado. Las guías dicen que deberían ir a una ciudad de Oriente pero un teniente de la GN que trabaja en la SUNAGRO ordena que se desvíen a un automercado en Caracas. Enseguida llega un grupo de motorizados de un colectivo que, como todo el mundo sabe, es dirigido por un alto funcionario de la nomenclatura del partido de gobierno. Se llevan el equivalente a dos gandolas de producto.

8:30PM El cabo Rodríguez, siguiendo instrucciones de su teniente se dirige al automercado, estaciona la patrulla en la zona de carga. “El Sr Luis ya viene” le dice uno de los trabajadores del supermercado. Una carretilla tras otra, llena la patrulla de harina de maíz y otros productos que el venezolano promedio anhela: desodorante, papel higiénico, leche en polvo.  Otros billetes al bolsillo de Luis.

9:00PM El Sr. Hung dueño del abasto mas grande del sector, cierra cuentas con cada uno de sus trabajadores, a quienes cancela, una parte en efectivo, una parte en mercancía, el trabajo del día. Recibe la mercancía, repone el pequeño fondo que entrega a cada uno para hacer las compras del día siguiente, liquida con José los gastos varios y acuerdan la rutina para el día siguiente.

10:00PM Aprovechando que su mamá ya se durmió, el hijo de Hilda, de solo doce años, sale nuevamente a pararse en la esquina. Según le contaron, hoy no hubo comedor en la escuela, otra razón para no asistir. Pistola en mano, espera en medio de una nube de humo la oportunidad para entrar al caserío vecino a ajustar unas cuentas pendientes…

Al día siguiente Hilda se levanta tempranito…

 

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