En memoria de Gonzalo Parra Aranguren

show-photo-iconRafael Díaz Casanova

El miércoles 5 de diciembre de 1928 nació Gonzalo, el segundo vástago del matrimonio de Caracciolo Parra León (1901-1939) y de Josefina Aranguren Lares (1907-2005). Lo precedió el homónimo de su padre, Caracciolo, y lo siguieron Andrés Eloy, Josefina, Fernando y Estrella. Toda una bella familia que perdió al capitán cuando apenas tenían trece años de constituida la familia y su madre doña Pepita, tomó el timón y lo mantuvo, firme, constante y prudente hasta los tiempos de su retirada, sesenta y cinco años más tarde.

Gonzalo y todos sus hermanos varones fueron muy destacados alumnos del Colegio San Ignacio de la esquina de Jesuitas, a solo dos cuadras de la Plaza Bolívar. Nuestro amigo que comentamos, se graduó de bachiller en 1945.

Inmediatamente llevó sus pasos de estudiante a la Facultad de Derecho de la Universidad Central de Venezuela donde recibió su título de Abogado con un promedio de calificaciones que lo distinguió como “Summa Cum Laude” e inmediatamente inició su especialización, primero en la Universidad de Nueva York, haciendo énfasis en Derecho Angloamericano y después se dirigió a Munich, Alemania, a la Ludwig Maximilæn Universität donde entonces obtuvo el título de Doctor en Derecho, mención “Cum Laude”.

No vamos a comentar su calidad profesional ni su labor como autor de textos de su especialidad. Un hombre docto. De eso se han ocupado personas e instituciones muy calificadas. Comentaremos el hombre universitario, el hombre consultor de empresas y el hombre cristiano.

Comenzaba en la Universidad Católica Andrés Bello el curso 1957-58, nosotros iniciábamos nuestro segundo año de Ingeniería y veíamos en los pasillos a un joven de veintinueve años, largo y flaco que venía a nuestra Alma Mater a fundar y desempeñar la cátedra de Derecho Internacional Privado, cátedra que condujo hasta 1996 cuando se trasladó a La Haya para incorporarse, el 26 de febrero a la Corte Internacional de Justicia. El año anterior, 1956, se había iniciado como Profesor de la misma materia en la UCV, su Alma Mater.

En aquella recordada y anhelada Universidad de la esquina de Jesuitas, comenzamos nuestra amistad con Gonzalo y con una bella alumna de él, María Trinidad Pulido. No hemos encontrado la fecha de su matrimonio, pero si disfrutamos de la amistad de sus hijos María Josefina, Gonzalo Enrique y María Magdalena y que tienen continuidad en sus cuatro nietos María Josefina, Elsa, Eloise Marie y Paul Antoine.

A mediados 1987 nos encontramos, Gonzalo era Director de la Arrendadora Banvenez y a nosotros nos tocó dirigir la empresa hasta la siguiente Asamblea General que se celebraría en marzo del año siguiente. Gonzalo llegaba temprano, cada semana, a la reunión donde se trataban los negocios y los pasos a dar para el mejor desempeño en el concierto de competidores que entonces existían en la pujante Venezuela. Gonzalo seguía con distinguido interés la evolución de cada reunión y era notable su prudencia y su manera de expresarse, cada vez que llegaba a la conclusión de que debía opinar. Sus intervenciones eran perfectamente expuestas y sus razones, generalmente, eran acogidas por toda la junta. Prudencia y conocimiento profundo de la legislación bancaria eran los pilares fundamentales de su saber.

Entendemos que también desempeñó funciones similares en otras serias organizaciones bancarias de la ciudad.

También nos interesa destacar que, debido a la proximidad de nuestras residencias y de que ambos hemos sido fervientes esclavos de la puntualidad, cuando nosotros salimos por la mañana, a las siete apenas pasadas, para dirigirnos a nuestra diaria caminata en el Parque del Este, era frecuente que nos saludáramos cuando hacía su caminata entre su residencia en La Castellana hasta la Iglesia de Don Bosco para escuchar su misa diaria. Era un hombre de convicciones católicas que tenían una expresión propia en esa reunión. Así se desempeñó toda su vida, hombre de formación sólida y convicciones profundas. Por eso y por sus profundos estudios y conocimientos, desempeñó de manera brillante sus funciones, durante trece años, de Juez de la Corte Internacional de La Haya.

El sábado 3 de diciembre de 2016, apenas a dos días de su cumpleaños número ochenta y ocho, mientras iniciaba su descanso de fin de año en Florida, entregó su alma a Dios y se dirigió al cielo donde se incorporó a la vida eterna al lado del Señor. Se nos fue un amigo excepcional y un venezolano de lujo.

 

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