El Fidel que yo conocí

cuba-valentin-arenasMacky Arenas

Valentín Arenas Amigó es cubano de origen. Pero, de corazón, se hizo venezolano desde hace casi cinco décadas, cuando llegó a este país aventado por los avatares de una revolución que giró sobre sus talones nacionalistas y puso proa hacia la tiranía. Por más de 40 años fue profesor en la UCAB y, desde sus columnas que de manera continua ha venido publicando en distintos diarios nacionales, ha compartido sus experiencias como parte activa en el proceso revolucionario cubano de finales de los años 50 y principios de los 60 y alertado, con admirable precisión, lo que se nos venía encima dando un chance al socialismo del siglo XXI. Acaba de cumplir 90 años y su testimonio cobra aún mayor valor por haber sido, tanto en el legendario colegio jesuita de Belén, como en la Universidad de La Habana, condiscípulo de Fidel Castro. Tal vez, el único que lo ha sobrevivido…

_ Cuándo llegó a Venezuela?

En el año 1961, después de pasar 3 meses refugiado en la embajada argentina de La Habana. Mi esposa e hijos –ya tenía cinco, la mayor de 6 años y el pequeño era un bebé de 5 meses- salieron antes que yo, directo a Venezuela.  Viví un par de años tratando de no salir de Cuba, de hacer algo por mi país, pero luego la situación se puso muy peligrosa.

_Por qué?

La revolución fue brutal desde un principio. Las confiscaciones, persecución y fusilamientos no se hicieron esperar. Fidel podó todo desde un primer momento y de golpe. Yo había fundado, en compañía de varios amigos, un incipiente partido demócrata cristiano que obviamente jamás pudo prosperar. Tuvo una vigencia de dos años y medio hasta que Fidel lo ilegalizó. Pero en los tiempos finales de Batista yo regresaba de pasar una temporada en Harvard. Fidel me había pedido, a través de un emisario – Antonio Ravelo, amigo de ambos- que me mandó desde la Sierra Maestra, que reuniera a un grupo de abogados y le redactara las leyes del gobierno revolucionario. Me pedía que llevara seis “de esos brillantes, como tú, que han estudiado fuera y saben de eso”.  Que él entendía que yo no quería nada con las armas, pero que me fuera con los seis a la Sierra Maestra, que la revolución triunfaría y que él me ofrecía protección. Yo, en aquél momento, pertenecía a la Agrupación Católica Universitaria. Éramos profesionales tratando de ganar cátedras por concurso. Pero estaba dispuesto a colaborar.

– Y accedieron a eso?

Ya se corría el rumor de que él estaría seriamente vinculándose al comunismo internacional. No era difícil para mí creerlo pues sabía que, desde tercer año de Derecho, él había asistido a sesiones de adoctrinamiento del Partido Comunista en la calle Carlos III de La Habana. Yo le puse una sola condición: que a través de la Radio Rebelde –emisora entonces ilegal pero que se escuchaba en toda Cuba-  dijera algo que confirmara la falsedad de esa especie. Pasé 15 días pendiente. Al cabo de ese lapso volvió el emisario y le señalé que nada había ocurrido a lo que él me dijo: “Fidel te pide que comprendas que él no puede aclarar nada porque no se puede restar ningún apoyo en estos momentos”. Puse punto final: “Entonces dile a Fidel que se busque otro imbécil que le redacte las leyes”. No le gustó nada.

_ Hubo algún punto de inflexión antes del giro definitivo hacia el comunismo?

 Recuerdo especialmente un hecho que marcó la deserción de mucha gente de ese proyecto: El caso de Camilo Cienfuegos. Era un líder auténticamente popular que procedía de los sectores campesinos. Bajó de la Sierra Maestra con un crucifijo en el pecho. Recuerdo que la imagen era la de un San Antonio. La gente lo quería mucho. Cada vez que participaban juntos en un mitin, Fidel buscaba su aprobación preguntándole constantemente mientras discurseaba: “¿Voy bien, Camilo?”. Y Camilo asentía. La gente llegó a vitorearlo más que a Fidel. Esa es la verdad. Mi esposa –psicóloga y, como todas las mujeres, muy perceptiva- un día me dijo: “En esta revolución no hay espacio para esos dos liderazgos. Fidel se las arreglará para deshacerse de Camilo”. Y así fue. A los 20 días ocurre el “accidente” de la avioneta que transportaba a Camilo. No imaginaba que ese episodio decidiría el curso de mi propia vida y la de mi familia.

_ De qué manera?

Yo escribía en la prensa, en especial en un diario llamado “Avance”. Las circunstancias en medio de las cuales desapareció la avioneta de Camilo fueron muy extrañas y dejaron muchas interrogantes. Yo las hice evidentes en un escrito que titulé: “Quién mató a Camilo”. Fidel, indignado, salió por televisión ese día con mi artículo en la mano vociferando que yo era un “gusano contrarrevolucionario”, un niño-bien, de esos educados en colegios de la oligarquía…por cierto, el mismo donde él estudió! Es el tipo de cinismo que caracterizó a Fidel. De inmediato, me llamó un obispo amigo y me dijo: “Valentín, esto tiene implicaciones muy serias. Fidel te mencionó y anda enfurecido. Una cosa es ser valiente y otra cosa es ser bobo. Tienes esposa e hijos que dependen de ti. Escóndete porque te van a ir a buscar”. El 95 % del país estaba alucinado con Fidel y, a una sola orden suya, efectivamente me habrían ido a buscar a mi casa. Más adelante se supo, por testigos presenciales, que Fidel había ordenado la muerte de Camilo Cienfuegos.

_ Por qué escogió Venezuela?

Soy un admirador de José Martí y Martí lo era de Bolívar. Sinceramente, prefería que mis hijos se educaran como latinos, se sintieran identificados con nuestras raíces y cultivaran nuestras costumbres, tradiciones, que hablaran bien el español. Venezuela es un país noble y mi padre tenía amigos acá. No me equivoqué. Nos recibieron con los brazos abiertos, acá nació mi hija menor y acá hemos vivido ininterrumpidamente, nuestra familia ha crecido y pudimos progresar. Mis hijos se sienten profundamente venezolanos y yo, sin la más mínima modestia, quiero a Venezuela tanto o, cuidado si más, que cualquier nacido en este país. Escogí libremente a Venezuela como patria adoptiva, a pesar de que a todos extrañó mi decisión teniendo tantas posibilidades en los Estados Unidos. Siempre me he sentido en Venezuela como en mi patria.  Debemos mucho a este país y por ello de aquí no me voy, aunque, por supuesto, no es grato ver la película por segunda vez.

_ Cómo fue el Fidel estudiante, amigo de colegio y compañero de universidad?

Pasamos diez años en la misma aula. Puedo decir que era un tipo simpático y conversador, pero al mismo tiempo con una necesidad casi obsesiva de llamar la atención. Pienso que su personalismo tan exagerado era resultado de sus complejos y resentimientos. Era un muchacho con una familia disfuncional, hijo natural de un gallego terrateniente que tardó en reconocerlo, aunque nunca le faltó su apoyo económico. Pero eso no basta y menos ayuda a estructurar una personalidad estable. Es común encontrar ese tipo de problemas de infancia en quienes han ejercido el poder de manera abusiva. Es como si quisieran compensar las carencias manejando a su antojo vidas y haciendas. Baste decir que su propia madre y la hermana, gemela de Raúl, salieron exiliadas casi desde un comienzo. Fidel también tenía “reservas” que no lo hacían totalmente transparente como se supone debe ser un muchacho a esa edad. Era de esos que a ratos parecían medio desequilibrados, el típico “loquito” del grupo, que buscaba sobresalir como fuera, por hacer cosas buenas o malas, pero destacarse.

_ Las malas son historia conocida. ¿Pero, hacía Fidel cosas buenas?

Si. Tengo que decir que cuando éramos estudiantes de Derecho, un profesor de izquierda discutía mucho conmigo. Me tenía tirria porque yo no simpatizaba con su manera de pensar. Se llamaba Aureliano Sánchez Arango. Fidel, en cambio, era su amigo. Un día, sin ninguna razón, me reprobó en un examen. Eso me habría impedido graduarme Cum Laude. Fidel, al enterarse, habló con él y logró que me pusiera la nota justa. Se produjo otro hecho que prueba que era capaz de acciones solidarias. El Centro Excursionista del Colegio de Belén organizó un paseo en medio del cual se desató una tormenta y el grupo de estudiantes, junto con el sacerdote guía, quedaron atrapados en un pedazo de tierra sin salida, en medio de un río caudaloso, que amenazaba con desaparecer bajo el agua. Todos corrían el riesgo serio de ahogarse. Fidel, un excelente deportista y en condiciones físicas inmejorables, no lo pensó, se lanzó al agua, nadó hasta la otra orilla y amarró una soga –mecate fuerte- a un robusto árbol y por allí, uno a uno, fueron saliendo y se salvaron todos. Esas cosas las hacía Fidel. Claro, con un toque de locura y otro de líbido dirigida hacía sí mismo, narcisismo, pues.

_ ¿En qué momento se convirtió en lo que el mundo conoce?

La verdad, no lo sé. Son procesos complejos. Tal vez siempre anidó en él ese odio y esa violencia que posteriormente desató y nunca nos percatamos. Recibió una educación elitesca y de orientación cristiana. No obstante, un día, entre clase y clase, lo vi solo, leyendo. Muchos lo evitaban por su manera de ser, pero yo lo invité a unirse al grupo para conversar y tomar un refresco. Me dijo: “Ahora no puedo. Estoy leyendo un libro muy interesante”. Era Mi Lucha de Adolfo Hitler. Yo pensé que estaba loco. Le dije: “Fidel, te parece interesante ese libro?” Su respuesta fue: “Muy interesante ¡A este hombre hay que imitarlo!”. Por eso aquello de “La Historia me absolverá”. Lo tomó de allí. En aquél momento nadie iba a imaginar que hablaba en serio.

_ Qué tipo de gente frecuentaba que pudo haber influido en su conducta?

Me parece que dejó el Derecho en el último año por integrarse a bandas urbanas, especie de guerrillas de corte mafioso que pululaban por La Habana. Él no se graduó con nosotros. Un día, íbamos en mi automóvil y, de repente, me dijo, bajando su cuerpo hasta el piso: “¡Corre, piérdete!”. Yo le pregunté, acelerando: “Qué pasa, Fidel, ¡qué pasa!?” Y vi ante nosotros a la gente de la banda de Masferrer, un temible gánster de la época. Obviamente, él andaba mezclado en algo turbio. Se escondió por un buen tiempo en la finca de su padre en Birán, al Oriente de Cuba. Me dijo que querían matarlo. Él fue adentrándose en esos mundos de los que no se sale bien librado. Fidel, en el poder, se comportó acorde con esas prácticas. La revolución, que prometía ser “verde como las palmas” fue en realidad una estafa en forma de gran experimento gansteril.

_ Un lado oscuro que luego se reveló en el poder…

Es interesante, por ejemplo, lo que los jesuitas colocaron en el anuario de Belén el año en que nos graduamos: “Como deportista, ha defendido con valor y orgullo la bandera del colegio y no dudamos que llenará con páginas brillantes el libro de su vida. Fidel tiene madera y no faltará el artista”. Una especie de cruel e involuntaria premonición. Es que Fidel era inteligente, aunque claramente desarrolló una personalidad patológica. En cambio, Raúl no era nada bien dotado. Era “poquito”, como se dice aquí. Me consta que los jesuitas, quienes llevaban una dinámica académica muy exigente, no querían conservar a Raúl en el colegio pues consideraban que carecía de condiciones para aprovechar lo que se le ofrecía. Incluso lo escribieron en una carta a su padre haciendo el planteamiento, la cual llegué a ver.

¿Qué hará Raúl ahora?

Seguramente se retirará pronto. A fin de cuentas, ya está viejo y sabe que se avecinan momentos que exigirán el concurso de otras generaciones. Después de todo, han gobernado el tiempo que han querido, han acumulado riqueza y la biología va haciendo su trabajo.  Prepararán una transición hacia otra etapa y Cuba verá algunos cambios. Dios quiera que sean de fondo para bien del pueblo cubano. El pueblo de Cuba ha sufrido toda clase de penurias por medio siglo, así que cualquier iniciativa para avanzar hacia otra realidad debe intentarse. Aunque sea muy difícil creer en la palabra de un comunista.

_ ¿Cómo repercutirá la muerte de Fidel en Venezuela?

Fidel era un personaje más bien simbólico desde hace tiempo. Manejó a Chávez como le dio la gana y a Maduro lo maneja Raúl, también como le da la gana. Pero Fidel tenía tiempo fuera de combate. Nunca ha escrito una línea, eso lo puedo asegurar y lo que firmaba últimamente se lo escribían para mantener su presencia. Para Raúl, eso era importante pues él no tiene el menor carisma ni liderazgo, lo cual no es transferible. Para Fidel fue fácil apropiarse de Cuba porque había un gran deseo de cambio, existía una corrupción voraz, varias generaciones crecieron sin democracia y anhelaban libertad. El engaño de Fidel fue posible gracias a esa realidad. Un buen día dijo: “He sido, soy y seré marxista-leninista hasta el último aliento de mi vida”. La gente quedó en shock. Hoy sería muy difícil una farsa de tal magnitud. Aquí se veía con nitidez lo que muchos se negaron a ver. En Venezuela hay una fuerte cultura democrática, gracias a la etapa que despectivamente algunos llaman “puntofijista”. Tanta, que no ha podido ser destruida a pesar de dos décadas de acoso. Esa es una diferencia crucial. Pero, ojo con el conformismo y el acostumbramiento. A estos regímenes no se les puede dejar instalarse, pero, una vez hecho, no hay que concederles tiempo. No importa cuántas vías se ensayen para salir de esto, pero hay un ingrediente que tenemos a favor y no lo hubo en Cuba: la calle. Hay que organizarla y mantenerla. La calle es un ingrediente clave en esta situación, calle pacífica pero firme, contundente, permanente. La tiene la oposición y sólo activada puede apuntalar cualquier fórmula para que el éxito corone los esfuerzos.

_ ¿Qué sintió al saber muerto a Fidel?

Una profunda compasión por su vida, perdida entre el rencor y el resentimiento y, sobre todo, una inmensa satisfacción por constatar que no logró que lo odiara. No tiene ningún sentido odiar. No resuelve nada, es un sentimiento torvo que se vuelve contra nosotros. Enseño a mis hijos que el odio mata y convierte la vida en un infierno. Como cubano-venezolano detesto su recuerdo por el daño que nos hizo. ¡Hay tanta gente que ha sufrido por su causa, tantas familias separadas! Mi propio hermano fue su preso y la pasó muy mal. Nuestra familia ha tenido que hacer mucho por mantenerse unida a pesar de la diáspora, cuando teníamos todo el derecho de crecer y envejecer juntos.  Pero como cristiano solo deseo que haya tenido tiempo de arrepentirse. Él, como ex alumno jesuita sabía muy bien cómo prepararse para la muerte. Que la misericordia de Dios lo alcance.

Notas:

Entrevista realizada para la Revista ZETA de Caracas.

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