El cumpleaños de Fidel y unas notas marginales de Víctor Farías

Fidel Castro asiste a celebración por sus 90 años en La HabanaDeseo expresar mi más profunda gratitud por las muestras de respeto, los saludos y los obsequios que he recibido en estos días, que me dan fuerzas para reciprocar a través de ideas que trasmitiré a los militantes de nuestro Partido y a los organismos pertinentes

Fidel Castro Ruz

Mañana cumpliré 90 años. Nací en un territorio llamado Birán, en la región oriental de Cuba. Con ese nombre se le conoce, aunque nunca haya aparecido en un mapa. Dado su buen comportamiento era conocido por amigos cercanos y, desde luego, por una plaza de representantes políticos e inspectores que se veían en torno a cualquier actividad comercial o productiva propias de los países neocolonizados del mundo.

En una ocasión acompañé a mi padre a Pinares de Mayarí. Yo tenía entonces ocho o nueve años. ¡Cómo le gustaba conversar cuando salía de la casa de Birán! Allí era el dueño de las tierras donde se plantaba caña, pastos y otros cultivos de la agricultura. Pero en los Pinares de Mayarí no era dueño, sino arrendatario, como muchos españoles, que fueron dueños de un continente en virtud de los derechos concedidos por una Bula Papal, de cuya existencia no conocía ninguno de los pueblos y seres humanos de este continente. Los conocimientos trasmitidos eran ya en gran parte tesoros de la humanidad.

La altura se eleva hasta los 500 metros aproximadamente, de lomas inclinadas, pedregosas, donde la vegetación es escasa y a veces hostil. Árboles y rocas obstruyen el tránsito; repentinamente, a una altura determinada, se inicia una meseta extensa que calculo se extiende aproximadamente sobre 200 kilómetros cuadrados, con ricos yacimientos de níquel, cromo, manganeso y otros minerales de gran valor económico. De aquella meseta se extraían diariamente decenas de camiones de pinos de gran tamaño y calidad.

Obsérvese que no he mencionado el oro, el platino, el paladio, los diamantes, el cobre, el estaño, y otros que paralelamente se han convertido en símbolos de los valores económicos que la sociedad humana, en su etapa actual de desarrollo, requiere.

Pocos años antes del triunfo de la Revolución mi padre murió. Antes, sufrió bastante.

De sus tres hijos varones, el segundo y el tercero estaban ausentes y distantes. En las actividades revolucionarias uno y otro cumplían su deber. Yo había dicho que sabía quién podía sustituirme si el adversario tenía éxito en sus planes de eliminación. Yo casi me reía con los planes maquiavélicos de los presidentes de Estados Unidos.

El 27 de enero de 1953, tras el golpe alevoso de Batista en 1952, se escribió una página de la historia de nuestra Revolución: los estudiantes universitarios y organizaciones juveniles, junto al pueblo, realizaron la primera Marcha de las Antorchas para conmemorar el centenario del natalicio de José Martí.

Ya había llegado a la convicción de que ninguna organización estaba preparada para la lucha que estábamos organizando. Había desconcierto total desde los partidos políticos que movilizaban masas de ciudadanos, desde la izquierda a la derecha y el centro, asqueados por la politiquería que reinaba en el país.

A los 6 años una maestra llena de ambiciones, que daba clases en la escuelita pública de Birán, convenció a la familia de que yo debía viajar a Santiago de Cuba para acompañar a mi hermana mayor que ingresaría en una escuela de monjas con buen prestigio. Incluirme a mí fue una habilidad de la propia maestra de la escuelita de Birán. Ella, espléndidamente tratada en la casa de Birán, donde se alimentaba en la misma mesa que la familia, la había convencido de la necesidad de mi presencia. En definitiva tenía mejor salud que mi hermano Ramón —quien falleció en meses recientes—, y durante mucho tiempo fue compañero de escuela. No quiero ser extenso, solo que fueron muy duros los años de aquella etapa de hambre para la mayoría de la población.

Me enviaron, después de tres años, al Colegio La Salle de Santiago de Cuba, donde me matricularon en primer grado. Pasaron casi tres años sin que me llevaran jamás a un cine.

Así comenzó mi vida. A lo mejor escribo, si tengo tiempo, sobre eso. Excúsenme que no lo haya hecho hasta ahora, solo que tengo ideas de lo que se puede y debe enseñar a un niño. Considero que la falta de educación es el mayor daño que se le puede hacer

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NOTAS MARGINALES DE VÍCTOR FARÍAS

[Como es público y notorio, incluso en Wikipedia, Fidel Castro  en 1934 ingresó en el colegio lasaliano de Santiago. En septiembre de 1939 se inscribiría en el Colegio de Dolores, de los jesuitas, también en Santiago de Cuba.13 En 1942 ingresó al Colegio de Belén de La Habana, donde fue seleccionado mejor deportista del curso 1943-1944.14 Finalizó el bachillerato en junio de 1945, junto al que sería su cuñado, Rafael Díaz-Balart ]

Castro en todas sus entrevistas se ha esmerado en dejar definitivamente en claro que, desde su primera juventud era un convencido agnóstico, rebelde y anticlerical. A Frei Betto –Fidel y la Religión– le confió sobre su tiempo en los colegios jesuitas Belén (La Habana) y Dolores (Santiago de Cuba) y en particular sobre los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola: “Consistían en recluir a los alumnos de ese curso, durante tres días, para conferencias religiosas, meditación, recogimiento y silencio, que era en cierta forma la parte más cruel que tenían los retiros aquellos, porque de repente uno tenía que caer en la condición de mudo absoluto, no se podía hablar, era terrorismo mental por las meditaciones sobre el infierno, el pecado y la eternidad y los ejemplos que se usaban para explicarlos…Todos estos sacerdotes, y los que no habían sido todavía ordenados que ya participaban en la docencia, desde el punto de vista político eran nacionalistas, digamos más francamente franquistas, todos, sin excepción… Aquellos jesuitas eran todos gente de derecha… Su ideología era derechista, franquista, reaccionaria” ( op.cit. p.29).

Resulta por cierto curioso que, pese a tanta aversión, el joven rebelde hubiera podido resistir los ocho años que permaneciera en los colegios de Santiago de Cuba y La Habana e incluso poder recordar todavía en los años ochenta el agresivo y militante Himno Ignaciano entonándolo entusiastamente y completo con el ministro de Cultura colombiano Alberto Casas, también alumno de los jesuitas y de paso en Cuba: “Fundador sois Ignacio y General/ De la Compañía Real /Que Jesús con su nombre distinguió./ La legión de Loyola con fiel corazón / Sin temor enarbola la Cruz por pendón. / Lance, lance a la lid fiero Luzbel…” (p.28). 

Marinello –Partido Comunista de Cuba– denunciaba que los textos para la enseñanza de la Historia Contemporánea del hermano jesuita Alberto Martínez atentaban “contra la cubanidad, al contener expresiones depresivas de nuestras características psicológicas, se arremete con violencia a la solidaridad humana cuando se admite como bueno el dominio de unos pueblos sobre otros. Y se ataca gravemente a las instituciones democráticas, al hacerse el más encendido elogio de quienes hacen armas contra ellas: Hitler, Mussolini, Franco e Hirohito. No se denuncia la huella religiosa, siempre respetable, sino la marca nazista, fascista y falangista, siempre repudiable…” (p.30).

En la revista Ecos de Belén apareció una reseña de uno de los graduados: “Llegó por fin el día de la graduación. Esa mañana asistimos graduandos y madrinas, a una misa de Acción de Gracias. Allí, de rodillas ante Dios, dimos gracias, mil gracias, al Maestro Bueno que nos trajo a un colegio donde se enseñaba la ciencia del cielo y de la tierra… La parte espiritual estaba cumplida. Los alumnos de letras de la Preuniversidad, que muy pronto saldrán a defender en la vida pública los principios y doctrinas aprendidos en el colegio denunciaron el Proyecto de Ley presentado al Senado de la República, limitando la libertad de expresión y la libertad de enseñanza…”. Agrega que en la denuncia del proyecto actuó un joven y prominente graduado: “Fidel Castro inicia la segunda parte del acto y explica agradablemente al público expresando cómo la intervención del Estado en la enseñanza privada en los diversos países va desde la más completa libertad, como en los EEUU, hasta la más absoluta concentración como en la Rusia comunista y la Alemania nazi.” (p.32).

En el Anuario Ecos de Belén se publicó en 1945 una fotografía de Castro con la nota: “Fidel Castro Ruz (1942-1945). Se distinguió siempre en todas las asignaturas relacionadas con las letras. Excelencia y congregante fue un verdadero atleta defendiendo con valor y orgullo la bandera del Colegio. Ha sabido ganarse la admiración y cariño de todos. Cursará la carrera de Derecho y no dudamos que llenará con páginas brillantes el libro de su vida. Fidel tiene madera y no faltará el artista…” (p.58)

La historia oficial es una leyenda mal construida. El tiempo y la astucia iban a cambiarlo todo. Al entrar triunfalmente a La Habana, el 31 de diciembre de 1958, Castro y Guevara hicieron detener la columna frente a los embanderados balcones del Colegio de Belén desde donde la plana mayor jesuita los saludaba efusivamente. Un clérigo, entretanto, había recibido formación militar y luchó junto a una columna en la Sierra Maestra. [Nos consta que siguió manteniendo contacto personal con el jesuita P. Armando Llorente s.j., quien le apoyó en su etapa guerrillera de Sierra Maestra]

http://www.libertaddigital.com/opinion/victor-farias/fidel-castro-los-jesuitas-y-la-educacion-privada-64191/

Véase también:

http://www.14ymedio.com/blogs/generacion_y/Receta-olvidar-Fidel-Castro_7_2052464734.html

 

 

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