El caso fischer

originalDiego Salgado

Recreación de la vida del ajedrecista que trasciende lugares comunes del biopic

No resulta tan habitual como sería deseable lo que consigue esta nueva realización de Edward Zwick, un director que, tras alcanzar el cénit de su popularidad con títulos tan ambiciosos como El último samurái (2003) y Diamante de sangre (2006), ha pasado a ocupar un segundo plano en Hollywood: que exista una plena correlación discursiva entre sus argumentos de fondo y las prácticas audiovisuales que dan forma a la película. El caso Fischer es una reflexión sobre el destino manifiesto de cada individuo, el desorden esencial de las cosas, el sentido de nuestra existencia, que adopta los ropajes de un drama biográfico en la estela de tantos como se gestan en el ámbito cinematográfico mayoritario. Algo que le hubiera procurado hace un tiempo a la cinta más réditos, puede que nominaciones a los Oscar y otros galardones. Pero el predicamento de este tipo de propuestas entre académicos, críticos y público ha mermado considerablemente en los últimos años, como pone de manifiesto que la presente haya llegado a los cines españoles pasado casi un año desde que se estrenase, con saldo discreto, en su país de producción, Estados Unidos.

La figura real escogida por el guionista Steven Knight –que ya había evidenciado su interés por la psicología humana y sus demonios en Promesas del este (2007) o Locke (2013)– es Bobby Fischer (1943-2008), considerado por muchos el mejor ajedrecista de todos los tiempos, aunque ello fuese indisociable de una personalidad muy problemática, nunca diagnosticada a nivel médico mientras vivió; hoy por hoy, los especialistas coinciden en hablar de un desorden paranoide de la personalidad lindante con la esquizofrenia. La película recrea durante una parte significativa de su metraje la infancia y juventud de Fischer, quien trata de lidiar con la ausencia de su padre, el carácter indómito y comprometido ideológicamente de su madre, y las tensiones consustanciales a las eras del Terror Rojo y la Guerra Fría, con una dedicación obsesiva al ajedrez. Un juego que le brinda un espejismo de verdades inmutables, una narrativa precisa de enfrentamientos entre bandos definidos claramente como aliados y enemigos de acuerdo a un conjunto de normas severas, que culminan en desenlaces irrebatibles, sin lugar para dudas de ningún tipo. Al menos, en el caso de Fischer, que, como subraya el filme de Zweig en más de una ocasión, hacía lo posible y lo imposible por vencer en cada enfrentamiento, y, si apreciaba que esa posibilidad era remota o el duelo podía terminar en tablas, llegaba al extremo por inseguridad de sabotear la partida.

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