Editorial SIC 784: Densificar a la persona liberando su libertad

 

PORTADA SIC 784 (1)

Revista SIC 784

Mayo 2016

Deficiencias antropológicas

En este cambio de época hacia la globalización han aparecido unas deficiencias antropológicas tan densas que lo que da el tono a la dirección dominante es la globalización de la opresión, la exclusión y la indiferencia, y la entronización de la lucha de todos contra todos para que prevalezcan los mejor posicionados y dotados y con menos escrúpulos, absolutizando el logro económico con el poder que lleva aparejado, la seguridad vital e institucional y la entrega al placer y, más en general, a las pulsiones más elementales o a la pasión dominante.

Lo que desaparece es la persona, que se realiza en relaciones de fidelidad desde la libertad liberada. Esta desaparición es tan radical, que desaparece incluso la idea de persona y por eso no se percibe su ausencia.

El caso más patético es el de la izquierda que desde el fin de la Guerra Mundial luchó por la justicia social arriesgando su tranquilidad, donando su tiempo libre, quitando tiempo al trabajo y al descanso, luchando contra el capital absolutizado para lograr un equilibrio entre el trabajo y el capital, que permitiera vivir mancomunadamente. Esta lucha logró mejoras notables en las condiciones de trabajo y de retribución del mismo y en la realización de la democracia. A través de esta lucha organizada y con altas dosis de generosidad estas personas se valorizaron y vivieron con alegría.

Esta mejora en las condiciones de vida fue aprovechada por la publicidad para la entrega progresiva al consumo hasta convertirse en adicción. Este cambio se realizó insensiblemente, sin decírselo a sí mismos ni conversarlo en sus grupos de referencia, y provocó el encerramiento en la propia satisfacción y el abandono gradual de la solidaridad y la búsqueda de la justicia y, más en general, de la humanización integral.

Lo que permitió que esto aconteciera sin que se prendieran alarmas fue un vacío en la concepción antropológica de las izquierdas, que consideraron que era propio de la pequeña burguesía la insistencia cristiana en la conversión, basada en la necesidad de una vigilancia constante para no esclavizarse a la pasión dominante o para no ceder a la tendencia al mínimo esfuerzo y a llevarse por el placer, y para activar la salida de sí y la entrega al bien común y a las relaciones biófilas. La consecuencia de este empobrecimiento humano en estos luchadores fue el vaciamiento insensible del discurso, cada vez más ideológico y con menos referentes reales y menos proactivo, e incluso la práctica de la corrupción, sin protestas de las propias organizaciones ni del propio entorno vital.

Si esto lo decimos de la izquierda, que arriesgó la tranquilidad por el bien común, mucho más lo podemos decir de aquellos que solo pensaron en sus negocios y en su bienestar privado. El pensar solo en sí mismo y en tener más dinero para vivir consumiendo más y dándose todos los gustos, ha conducido a que la práctica de la justicia y la honestidad hayan dejado de estar en el horizonte cultural y en el proceso de educación y en la vida de muchas personas.

Pero también ha desaparecido del horizonte la capacidad de hacer silencio para estar a solas consigo, para preguntarse quién es uno y qué quiere, para que le hable Dios a través de la conciencia. Y también silencio de apetencias para que afloren las personas desde sí mismas y para recibir su autorrevelación; para reconocerse hijo, no solo de los padres sino de tantos de los que uno ha recibido gran parte de lo que es; para reconocerse compañero de camino y hermano de tantos otros con los que convive recibiendo y dando. También para estar con la naturaleza y percibir su presencia, sus ritmos, para reconocerse en ella, salido, alimentado y recreado por ella y responsable de ella. Sin silencio desaparece la capacidad de recibir y dar compañía, y la posibilidad de percibirse en manos de Papadios, sostenido por su amor constante.

Por eso la enfermedad más honda que padecemos es antropológica y, más específicamente, espiritual. Toda la energía se nos va en la innovación tecnológica y en diseñar y vender nuevos satisfactores de nuestros deseos y en consumirlos.

El daño antropológico en el país

Es específico nuestro la elementarización de la vida: la dificultad de adquirir alimentos y medicinas, la escasez de dinero para lo indispensable; y la inseguridad, sentirnos a merced del hampa, entre la que se cuenta gran parte de los cuerpos de seguridad; y la impunidad porque sentimos que no existe Estado, fuera de la propaganda y combatir a quienes lo adversan. Esto produce desolación. La reacción de no pocos es “sálvese quien pueda” y aprovecharse de la situación. Esta tendencia se ve reforzada porque las grandes palabras que utilizó el Estado se sienten vacías y no hay líderes ni organizaciones que dirijan hacia la vida buena. La escuela pocas veces cumple su papel y la familia, incluso en el caso de que se quieran y se ayuden, no es, por lo general, un ámbito donde se hable de todo esto y se lo vaya procesando. Lo que domina ambientalmente es la incitación a la violencia y al sexo.

Reto epocal del cristianismo

Lo más decisivo que tiene que trasmitir el cristianismo es el fortalecimiento del sujeto y su personalización. Eso lo hace proponiendo una antropología integral, pero, sobre todo, proponiendo la relación de Dios y de Jesús y de sus testigos como principio y fundamento de la personalización. La interioridad se percibe y se ahonda a través de relaciones personalizadoras. Así como las relaciones despersonalizadoras llevan a una vida de acciones y reacciones, carente de libertad, una vida que puede resultar intensa, pero superficial.

No hay mayor principio de realidad que la relación con el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Un tú que nos pone en la realidad con su amor constante y gratuito, que nos acompaña, que es la pura verdad, que nunca chantajea, ni reprime, ni amenaza, que siempre invita al bien, que con su amor nos capacita para amar. Papadios nunca castiga, pero sí nos hace ver que con el amor no se juega, porque jugar con el amor deshumaniza.

No hay mayor principio de humanización que la relación de Jesús, un ser humano que nos supera infinitamente en humanidad. Él es un ser humano como yo, uno de tantos. No se distingue por sus cualidades excepcionales, sino por su calidad humana. La relación con él nos edifica como seres humanos: hijos y hermanos. Hijos de Papadios y en él hijos agradecidos de los que nos han dado lo que somos; y hermanos, hermanos de él, que es el Hermano universal y que quiere tener una relación única con cada uno, y hermano de mis hermanos y compañeros, de los seguidores de él, de los desconocidos, sobre todo de los pobres, y hermanos también de los que no nos quieren y de los que sentimos como enemigos. Somos sus hermanos porque están en el corazón de Jesús, y no puedo amar a su Padre ni a él, si no amo también a los que, como yo, están en él. Los puedo amar, a pesar de no sentir nada por ellos o de sentir negativamente, porque él nos da su Espíritu para que podamos desearles y hacerles bien.

Si el cristianismo no propone esto; no como doctrina, sino a base de testigos fiables, no cumple la misión que su Señor le confió. Este es, pues, el reto para los que nos llamamos cristianos y para todas las personas de buena voluntad y, en el fondo, para todos los seres humanos, puesto que todos tenemos conciencia que nos recuerda nuestra dignidad inalienable y que la única alegría está en vivir laboriosa, honrada y creativamente, relacionándose con todos como verdaderos hermanos.

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