Editorial SIC 781: Las lecciones de las elecciones

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                                            enero – febrero 2016

Las elecciones han sido una sorpresa para todos. En primer lugar, lo cuantioso de su participación. Se esperaba que fuera la más numerosa para unas parlamentarias, pero nadie se imaginó que fueran tantos a votar. Así quedó sellado su carácter plebiscitario, como las primeras que llevaron a Chávez al poder. Más que un espaldarazo a la MUD (aunque sí se premió su carácter unitario), fue un rechazo a la política del Gobierno y al modo de gobernar del Presidente.

Lo más llamativo fue el fracaso de la política de captación del PSUV: la presión bajo amenazas de que cada beneficiario del Gobierno tenía que llevar a diez votantes, tuvo el efecto de que sí los llevaron, pero no para votar por ellos. Este modo de votar fue interpretado por la maquinaria como una traición; pero en realidad fue una reacción digna de quienes recibieron, no favores que debían retribuir sino acciones de gobierno a las que tenían derecho. Además, dichas políticas electoreras no revertían el deterioro de la calidad de vida expresado en la escasez, la inseguridad y la anomia, de las que el Gobierno es el primer responsable.

Otro dato que revela lo insostenible del modo actual de gobernar es que no pocos de los que siguen considerándose chavistas ideológicamente, votaron en contra porque ya esto no se aguanta y hay que salir de esta situación. Y es verdad que para los que creen en ese horizonte de empoderamiento popular, lo mejor que puede pasar es este descalabro, para que tomen la jefatura gente apta y no infatuada con el poder, ni corrompida.

De todos modos, haber acudido tantas personas a las urnas indica que mucha gente asumió su responsabilidad. Por eso debemos felicitarnos. Realmente ganó Venezuela.

Algo que conviene explicitar, después de tantos años de sospecha, es la validez incuestionable del sistema computarizado de votación. Dato nada desdeñable. Un haber que tenemos que custodiar en nuestro sistema electoral.

Es cierto que hay que ver cómo se acaba con el ventajismo oficial preelectoral que ha actuado abierta y masivamente. Pero también tenemos que reseñar que una lección de estas elecciones es que ese abuso tan inmoral acaba por ser contraproducente para sus autores. La gente tomó como un insulto esa jactancia que se estrellaba contra su realidad, cada día más precaria. El abuso de poder produce rechazo, tanto en el pueblo en general como en los propios empleados de los ministerios, obligados constantemente a actos de proselitismo, incompatibles con su servicio al Estado y no al Gobierno y, menos aún, al partido.

Otra lección que tenemos que sacar es la reforma de la ley electoral para volver a adecuarla a la Constitución que pide, cosa siempre deseable en una democracia, la representación proporcional de las minorías. Este sistema electoral ha dado a luz la cámara más polarizada  de la democracia ya que solo están representados el PSUV y la MUD.

Viendo no pocos aspirantes a diputados, sobre todo del Gobierno, habría que incluir en la reforma de la ley electoral que quien se postule a un cargo tendrá que ejercerlo, al menos medio período, porque muchos de los postulados en puestos salidores estaban allí para ganar, no para ejercer el cargo, y eso es una estafa para los electores.

Estas elecciones, si sabemos responder a lo que la realidad nos está diciendo en ellas, expresan que es tiempo de no excluirnos y de rectificar. Si lo hacemos, todos tenemos lugar, incluso el Gobierno. Tal vez sea su última oportunidad para afrontar en serio el tema de la violencia, para estimular la produ

ctividad pactando con la empresa privada y para combatir la corrupción saliendo de la opacidad y procediendo con trasparencia.

También para la oposición es la hora de dejar la politiquería y dejarse medir por los retos del país, porque en el planteamiento de las elecciones hay aspectos graves que superar. Hemos alabado que la oposición haya ido con una sola tarjeta. Y lo volvemos a hacer. La unidad es el camino. Pero no la unidad de las maquinarias, sino de lo más dinámico de los liderazgos regionales y locales. Y en lugares muy decisivos se ha impuesto la maquinaria sobre los liderazgos naturales. Eso no se puede volver a repetir. No es ninguna alternativa que nos vuelva a gobernar la maquinaria que creímos haber dejado atrás cuando la abrumadora mayoría votó por Chávez, porque en esas primeras elecciones, como en estas, muchos votaron más por salir de lo que no tenía futuro que por elegir a quien se presentaba como la alternativa. Si estas maquinarias creen que ahora les vuelve a tocar su turno, después del fracaso pasado, es que no han aprendido nada. Personas así no tienen derecho a gobernar. Sería muy triste que la MUD se hipotecara a esos cadáveres insepultos o a delfines puestos por ellos. Es una lección muy seria que tenemos que aprender.

Tampoco hay derecho que se obligue a votar por personas a las que no se les conoce en absoluto. Es muy poco democrático colocar nombres en el tarjetón y no explicar a los de su circuito quiénes son y por qué están allí. Así como los candidatos del Gobierno estuvieron omnipresentes, los de la MUD había que buscarlos en Internet y no se encontraban sino nombres que nada decían a la mayoría de sus electores. Eso no debe volver a suceder.

En relación al Gobierno, estamos de acuerdo con el Presidente cuando dice que lo derrotó la guerra económica; pero discrepamos completamente respecto de los autores de esa guerra. Para nosotros él y su gobierno son los que vienen declarando una terrible guerra económica al país al negarse sistemáticamente a homogeneizar el tipo de cambio para acabar tanto con la sobrevaluación del bolívar oficial, como con la terrible subvaluación del bolívar libre, que es el único al que tiene acceso la gente, y disminuir así la corrupción; a pactar con la empresa privada de modo que se sinceren los costos y se acepte una ganancia razonable y seguridad jurídica. Además, a la par que se defienda a los trabajadores, es importante que se les pueda exigir responsabilidad y se acabe con la mala costumbre deshumanizadora de trabajar sin rendir y cobrar sin trabajar.

Guerra económica es poseer empresas expropiadas o simplemente robadas a sus dueños, que producen poco y a costos exorbitantes. Guerra económica es que el Estado cree puestos de trabajo sin tasa y sin productividad y mantener una administración ineficiente y sin una carrera administrativa basada únicamente en la meritocracia, desligada de cualquier vínculo partidista. Es verdad que el Gobierno ha perdido las elecciones por haberse empeñado en esta guerra económica irracional que está llevando al país a la ruina más completa y que ha reducido a la mayoría de los venezolanos a la carencia de todo; no solo de víveres, sino de salud y de médicos y medicinas, y de la seguridad más elemental, porque la vida no vale nada; y, más todavía, a la pérdida de la esperanza porque, como vamos, nos hundimos cada día más en el abismo.

Llamamos al Gobierno a que deponga su actitud guerrerista, que ha traído resultados tan malos para él mismo, a su partido y al pueblo venezolano. Todavía tiene tiempo para abrirse al diálogo y rectificar. Es necesario que desista de su decreto de emergencia económica por ser más de lo mismo y estar fundado sobre ideología y no sobre el principio de realidad.

También llamamos a la MUD a tomar una actitud realmente alternativa. No puede asumir la arrogancia del Gobierno, no puede comprarle su idea de la guerra permanente, que es la negación de la democracia. Tiene que medirse por la realidad, tiene que ser lo más analítica y lo menos calificadora posible y tiene que aprender a componer perspectivas, no solo las distintas de la propia Mesa, sino las de quienes no se sienten representados por ella ni por el Gobierno. Además, tiene que ver qué elementos de la propuesta de Chávez pueden ser asumidos, incluso en el centro de su propuesta.

Para nosotros este elemento es, ante todo, la centralidad del pueblo. Pero no como coro que aplaude a cambio de que se le conceda como favor –en premio a su lealtad– aquello a lo que tiene derecho, sino como sujeto personal y organizado; con derecho a ser capacitado y a tener empleos productivos; personas responsables que asumen también deberes tanto en el trabajo como en el vecindario y en sus asociaciones, y que dan cuenta de su desempeño.

El otro elemento es que esta hipertrofia de Estado inorgánico, opaco y amorfo, no debe dar paso al “menor” Estado posible, sino a un Estado fuerte, pero lo más separado del gobierno; regido por carrera administrativa, altamente eficiente y responsable ante la ciudadanía. Con separación de poderes, con trasparencia, con profesionalidad y al servicio de toda la sociedad.

Otro elemento que nos preocupa es que el acoso actual a la empresa privada no debe dar paso a la autarquía de esta y del capital, sino a un acuerdo entre empresa y Estado que estimule la productividad –que no equivale a rentabilidad–, y conjuntamente la responsabilidad social de la empresa, que se ejerce ante todo con los propios trabajadores y también con sus proveedores y con sus clientes.

Deseamos para bien de todos que los actores políticos, así como los ciudadanos, aprendamos por fin las lecciones que nos dejan estas elecciones en las que triunfó la democracia.

Una salida en falso

Por ahora ni el Gobierno ni la oposición han aprendido las lecciones de las elecciones. Ninguno se ha hecho cargo de que el motivo determinante del resultado de las elecciones fue la pésima situación económica, percibida además como un callejón sin salida. Al Gobierno le corresponde rectificar ya que ese empecinamiento en lo ideológico a costa de la realidad está acabando con el país. Y sin embargo, ha asegurado que no dará marcha atrás, sino que va a ahondar la línea con más controles y más impuestos a la empresa. A la oposición le corresponde controlar al Ejecutivo poniendo ante la vista del país su pésima gestión y ofreciendo alternativas. Por el contrario, en los primeros días de gestión,  se ha dedicado a su agenda privada.  Lo primero, sacar a sus presos de la cárcel, ignorando el problema de la violencia impune que azota al país. Lo segundo, arbitrar cómo sacar al Gobierno, dándose un plazo de seis meses para diseñar los mecanismos, como si la gente le hubiera dado un cheque en blanco a ellos, sin ver ninguna propuesta alternativa.

La oposición y el Gobierno necesitan salir de sí y del confinamiento en sus intereses. Necesitan una cura de realidad: ver al país concreto, más allá de sus propios intereses y concepciones, escuchar a la gente, a todos, no solo a los suyos, aunque constatamos que el Gobierno no escucha ni siquiera a su propia militancia ya que, por ejemplo, en el caso de la relación del Estado con la empresa privada, desde hace muchos años más de un 80 % rechaza tanto el estatismo como el neoliberalismo y pide un entendimiento entre ambos, y el Gobierno no quiere escuchar enfrascado en su versión de guerra económica.

Todavía abrigamos la esperanza de que tanto el Gobierno como la oposición se apliquen una cura de realidad, dejen la retórica beligerante y se dediquen a percibir y resolver los problemas del país. También abrigamos la esperanza de que más y más ciudadanos digamos a unos y otros que se dejen de pequeñeces y que se dediquen a la verdadera política.

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