Doce de octubre: a la luz de Simone Weil

simone1Jesús María Aguirre

Cuando la política rastrera pretende apropiarse de las grandes fechas y símbolos desde la óptica de un bando sectario, las celebraciones se degradan en un griterío verbal de discursos retóricos, proclamas estériles y polémicas inútiles. El 12 de octubre es una de esas fechas.  ¿Descubrimiento, Conquista, invasión, coloniaje, encuentro, resistencia indígena? ¿Qué pueden celebrar los indígenas aplastados por españoles y criollos? ¿Acaso en el extermino de los indígenas y en la esclavitud de los africanos no hubo complicidad de unos y otros?

Octubre 12 se presta para esas diatribas públicas, mientras unos se van a la playa, otros manifiestan con un broche báquico, y   muchos se toman un ocio complementario en medio de la semana.

Para los pocos que quieran tomarse unos minutos de meditación en este Año de la Misericordia sobre los exterminios humanos van estas palabras de la filósofa Simone Weil (1909-1943):

“Un hombre que todos los miembros de su familia hubiesen perecido torturados, que él mismo hubiese sido torturado durante un tiempo en un campo de concentración. O un indio del siglo XVI escapado él sólo del exterminio completo de todo su pueblo. Tales hombres, si creían en la misericordia de Dios, o bien todos dejaron de creer o bien la concibieron de otra manera distinta que antes. Yo no he pasado por tales cosas, Pero sé que tales cosas existen: entonces ¿cuál es la diferencia? Debo tender a tener una concepción de la misericordia de Dios que no se borre, que no cambie, sea cual sea el acontecimiento que el destino envíe sobre mí, y que pueda ser comunicada a cualquier ser humano”. (La gravedad y la gracia).

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No resulta fácil digerir la afirmación de Pablo en su carta a los Romanos de que “sabemos, además, que en los que aman a Dios, todo contribuye para el bien” (Rom. 8,28). Nos queda, a quienes creemos entre brumas, que Él les acompañó a las víctimas y sigue al lado de los condenados de la tierra, asumiendo la condición humana hasta la tortura de la  crucifixión, aplicada a los esclavos, con la esperanza de que todo sufrimiento sea semilla de resurrección.

Como afirma, Simone, “la extremada grandeza del cristianismo proviene de que no busca un remedio sobrenatural para el sufrimiento, sino un uso sobrenatural del sufrimiento”.

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