Blood Father

Ángel Antonio Pérez Gómez

549452Película de producción francesa, dirigida por un francés con carrera en Hollywood, con aspecto de vehículo para el últimamente desnortado Mel Gibson, que se luce todo lo que puede: con barba y sin ella, vestido y ligero de ropa, ex convicto y ex alcohólico, tatuador y tatuado, padre amoroso y meramente biológico. De repente, en medio de una faena de tatuaje, recibe una llamada de Lydia, su hija de diecisiete años a la que no ve desde hace muchísimo tiempo y que se fugó de la casa materna (su ex esposa ya va por su tercer matrimonio, esta vez con un tío de pasta). La menor se ha liado con un narcotraficante empeñado en que sea su chica y comparta con él sus malas costumbres de gatillo fácil.

La redención del expreso y la excocainómana (milagrosamente no tiene ni síndrome de abstinencia) se realiza en una larga huida de los pandilleros que tratan de alcanzarlos al igual que la policía. El padre biológico, buen conocedor del mundo del hampa, hace de lazarillo y protector de la ovejita descarriada, que bien pronto llega a admirar a su progenitor tantos años ausente, un dechado de amor paterno reprimido.

El inteligente lector habrá advertido la leve sorna de mis frases. No puedo menos de tomarme a broma una película de acción y tensión que chirría por todos los costados. Está inspirada en una novela de Peter Craig, hijo de la actriz Sally Fields, actor él también y pariente de bastantes personas relacionadas con el cine. Desconozco el libro pero me imagino que será de esos que se venden en aeropuertos y estaciones, bueno para matar el aburrimiento del viaje, pero nocivo para el buen gusto. El guion, en el que metió cuchara el propio autor-actor, contiene un porrillo de inverosimilitudes e incongruencias que no creo que se deban a la adaptación sino que ya debían estar en el texto base. Su enumeración haría prolijo este comentario. Además, cualquier espectador descubre casi sin quererlo costuras sueltas por doquier.

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Tampoco la dirección e interpretación dan para mucho. Los personajes no tienen entidad ni coherencia, así que todo va orientado a que el ritmo no decaiga. Tanto víctimas como victimarios se aprestan en todo momento a que la acción vaya rápida, aunque no se sabe bien hacia dónde. En este sentido, los esfuerzos del director están siempre orientados a sostener esa velocidad como forma de ocultar los agujeros del argumento. En suma, un film de consumo, carente de cualquier otro interés como no sea el de llenar un rato durante una tarde de sábado lluviosa ante el televisor doméstico. Mel Gibson sigue en caída libre y películas así nos hacen añorar los tiempos de Mad Max.

Fuente: http://www.cineparaleer.com/critica/item/1952-blood-father

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