Al son de los Diablos Danzantes de Naiguatá

Minerva Vitti

Cuando llegas a la casa de la familia Iriarte en el pueblo de Naiguatá, ubicado en el estado Vargas, lo primero que te encuentras en la sala es un altar: El rincón de Beto. Un espacio lleno de reconocimientos, fotografías y figuras de diablos danzantes que tiene 14 años. En un cuadro aparecen las tres generaciones de diablos mayores que tiene esta familia: Ciriaco, Norberto (padre) y Norberto (hijo). Los tres retratos, uno debajo de otro, muestran a tres hombres con sus pechos descubiertos y su mirada fija en un alambre que trabajan con sus manos.

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En la parte de arriba de la casa hay unas cuerdas donde están guindados los pantalones y camisas blancas pintados a mano, con figuras geométricas multicolores y símbolos religiosos. También hay máscaras con seres fantásticos de sorprendente y feroz aspecto, de mundos marinos, que únicamente habitan en el inconsciente de sus creadores. Arquetipos. Todas tienen cintas de colores amarradas en la parte de atrás. En el suelo hay un cinturón de plástico con campanas pequeñas de cobre, como la de los carritos de los heladeros, que los diablos sujetan en su cintura.

Justo al lado de las cuerdas está uno de los hijos de Norberto (hijo), diablo mayor que falleció en abril. El joven aún no está vestido de diablo. Sobre su camiseta roja resaltan tres cintas que cruzan su pecho. Son las protecciones. La del medio tiene una medalla del Santísimo que era de su padre. De las otras cuelgan cruces. “Como bailamos como diablos las cosas malas andan sueltas y debemos protegernos”.

Minerva Vitti

Hoy es 26 de mayo, día de Corpus Christi, celebrado en el mundo católico el noveno jueves después del Jueves Santo. Su principal finalidad es proclamar y aumentar la fe de los católicos en la presencia real de Jesucristo en el Santísimo Sacramento. Esta fiesta se afianzó en Venezuela y en toda América durante el período colonial, cuando se constituyeron las cofradías encargadas de promover su exaltación con notables actos, que inicialmente se efectuaron en Coro y luego en las poblaciones donde se erigieron las iglesias. Además de las raíces hispanas, esta tradición se ha vinculado al chamanismo indígena y a las antiguas cofradías y sociedades secretas del África negra.

Este jueves en Naiguatá los diablos bailarán al son del cajón o tambor, y en el resto de Venezuela 10 cofradías más harán lo mismo, no en vano todas fueron declaradas Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, en diciembre de 2012, por la Unesco.

La víspera, un diablo mayor y una mujer

La iglesia de San Francisco de Asís, que está en la Plaza Bolívar de Pueblo Arriba, parroquia Naiguatá del estado Vargas, está llena de gente porque hay misa en honor al Santísimo Sacramento. Mientras tanto, los danzantes permanecen reunidos discretamente en las casas de algunos de los miembros de la cofradía.

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En la sala de los Iriarte todos visten sus trajes de colores. Algunos terminan de coser los capuchones que forman parte de la máscara. Otros se ajustan sus cinturones. Gabriel, de ocho años, juega en el piso con sus carros de plástico. También está vestido de diablito y nos dice que comenzó a bailar a los tres años.

Hace solo un mes murió Norberto Iriarte (hijo) y aun se percibe el luto. Este diablo mayor bailó durante 50 años y al igual que su padre (Norberto) y su abuelo (Ciriaco) hizo todo por preservar la tradición. Y no solo fue guía en el desarrollo de la danza y el pago de promesas sino que cuidó todo lo relacionado con la elaboración de máscaras, trajes, campanas, y rezó las oraciones que han pasado de generación en generación. En la noche del miércoles le hicieron un homenaje ante El Rincón de Beto, hecho en honor a Norberto (padre). Ese mismo día de la víspera de Corpus Christi, la diablada subió con sus ropas normales hasta el Cerro Colorado, se vistieron de diablos y luego bajaron con el sonido del cajón para pagar sus promesas.

En el mueble está sentada Nohelí. Lleva puesta una bandana que dice Venezuela, una franela roja, sus pantalones de colores, y unas alpargatas blancas con medias. Ella cuenta que cuando comienza a bailar le da un escalofrío por todo el cuerpo. Se le eriza la piel. Siente miedo porque hay muchas personas que no creen: “La gente dice que uno le paga promesa al diablo y no es así, lo hacemos para redimir nuestros pecados”.

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Esta morena delgada tiene 34 años bailando con los diablos danzantes de Naiguatá, pero no fue fácil. Cuando era niña su mamá no la dejaba y tuvo que esperar hasta los 18 años para poderse incorporar. Sin embargo, desde pequeña siempre se la pasaba metida en la casa de la familia Iriarte, quienes han llevado la tradición por generaciones, y aprendió a hacer las máscaras con Norberto (padre). Sus hijos también bailan, entre ellos, uno que comenzó a los 4 años y ahora tiene 24.

A veces Nohelí tiene una figura de su máscara en la mente, y cuando comienza a moldear el alambre sale otra. En Naiguatá, al igual que en Yare, utilizan la técnica de papel engomado en capas sucesivas sobre un molde. Ella tiene varias caretas, una que le dicen burrito, otra que la llama La mosca. Pero hoy usa a Delfín, máscara que elaboró hace 5 años: “El sacrificio del diablo es conseguir sus ropas y máscaras. Todo está muy costoso”.

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Nohelí nos dice que los diablos danzantes de Naiguatá es una de las pocas sociedades que acepta mujeres, recuerda que antes todos los diablos estaban censados, cada uno poseía su carnet, y que hay gente que se ha mudado de Naiguatá, pero regresa para danzar en la cofradía.

Esos diablos andan sueltos

Los diablos salen de las casas y comienzan a caminar por la calle. Uno tras otro se va adentrando en un callejón estrecho y empiezan subir las escaleras. Ya en Pueblo Arriba cada diablada se coloca en una esquina. Suena un tambor y comienzan a danzar hacia la iglesia San Francisco de Asís que tiene sus puertas cerradas.

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Cada quien se mueve a su ritmo pero con el mismo paso, siempre dibujando una cruz en el asfalto. Los movimientos son bruscos y bien marcados. Las cintas de colores se elevan en el aire mientras el sonido de los cascabeles y campanas alejan a los malos espíritus. Los pequeños diablitos también hacen parte del ritual y se escurren entre los pasos de los más grandes.

Los diablos no se ponen las máscaras cuando bailan, usan un capuchón pegado en el borde superior de la careta, que protege totalmente la cabeza y permite que la máscara sea movida con la mano extendida.

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En la entrada del santuario hay dos hombres. Uno sostiene un estandarte y otro un tambor. Cada vez que retumba el instrumento, los diablos se arrastran arrodillados hasta la puerta cerrada para hacer su oración. Otros más atrás bailan descontrolados mientras esperan su turno. También hay personas postradas que no visten trajes, simplemente usan las máscaras para hacer su petición. Algunos tienen acompañantes que los ayudan a desplazarse sin levantarse del suelo.

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El calor abraza los cuerpos bajo los trajes, pero pocos se quitan los capuchones para tomar un poco de aire. El mar está de fondo. Suena el tambor. Danzan. Suena el tambor. Se arrastran. La puerta de la iglesia permanece cerrada. Es una batalla. Pero al cabo de un rato los seres fantásticos de sorprendente y feroz aspecto, de mundos marinos, arquetipos, se retiran, así se cumple la rendición de los diablos ante el Santísimo Sacramento como forma de recrear el triunfo ancestral del bien sobre el mal.

Fotos: Minerva Vitti.

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Acerca del autor

Periodista [UCAB]. Jefa de redacción de la Revista SIC.