12 de octubre

captura-de-pantalla-2014-10-10-a-las-23-50-06Antonio Pérez Esclarín

Se acerca la celebración del 12 de Octubre, fecha propicia para un análisis objetivo sobre la situación de nuestros indígenas. Pero mucho me temo que todo  se reduzca a discursos  retóricos, inflados de lugares comunes,  y algunas celebraciones folklóricas. Porque, ¿qué cosas han cambiado realmente  desde que el día 12 de octubre fuera declarado Día de la Resistencia Indígena y de que fueran derribadas las estatuas de Colón? Por supuesto,  los calendarios  y libros de texto  han desterrado el Día de la Raza, aunque no siempre  quedó claro de qué raza se trataba, pues los afrodescendientes  no se sentían  incluidos en esta conmemoración y menos en la de la resistencia indígena.

 ¿Por qué no convertir este día en una oportunidad para una reflexión desprejuiciada,  y un análisis objetivo de si las nuevas leyes y políticas indigenistas están contribuyendo a la necesaria dignificación de los actuales indígenas? Cuando yo veo a los yuckpas  mendigando en los semáforos de diversas ciudades  me pregunto con dolor  por la eficacia de esas leyes. Todos conocemos  también las humillantes requisas a las que, con frecuencia,  son sometidas las mujeres guajiras por los cuerpos policiales y militares, y de la hambruna que hoy castiga a la Guajira que ya ha ocasionado varias muertes.  La visión de los panares de Caicara y Ciudad Bolívar y de los waraos del Delta  arruga el corazón. Además, ¿acaso no es verdad que la polarización y la politiquería han roto también muchas comunidades indígenas que viven enfrentadas  en el mismo pueblo y están destruyendo  su cultura e identidad? ¿Y qué decir de los proyectos de explotación del arco minero, emprendidos sin consultar a los indígenas como lo establece la ley que  sólo les van a ocasionar destrucción y muerte? ¿Acaso estas  realidades  no contradicen  todo ese discurso  proindigenista  que  incluso ha llevado  a idealizar acríticamente el pasado precolombino?

No se trata  de negar el terrible proceso de conquista y colonización del llamado Nuevo Mundo por parte de los europeos, que diezmó en unos pocos años a las poblaciones indígenas. Pero tampoco podemos inventar una historia idílica e ignorar la realidad de permanentes enfrentamientos entre los diferentes grupos indígenas a la llegada de los conquistadores.  ¿Cómo ignorar que el famoso grito de los caribes “Ana Karina rote” se traduce como “sólo nosotros somos gente”, pues eran tan altivos que miraban al resto como esclavos?: “Amukon paparoro itoto nanto: Todas las demás gentes son esclavos nuestros”.  ¿Acaso  olvidamos  que los   wayúu,  de origen arawako, terminaron  refugiándose en la tierra semidesértica de La Guajira empujados por la belicosidad de los  caribes?  Según el antropólogo Daniel Barandiarán está por estudiarse el papel de un estamento indígena  que se convirtió a lo largo de 130 años en el mayor traficante de esclavos  para los mercados franco-holandeses del Mar Caribe.

Por todo esto, el respeto a los indígenas y su defensa  nos debe llevar a denunciar  todo tipo  de utilización y  abuso, venga de donde venga, el de antes y los de ahora; exige también que  seamos objetivos y  evitemos todo tipo de idealizaciones falsas. Y exige, sobre todo,  que convirtamos en hechos las leyes,  pues hoy, los indígenas siguen olvidados, maltratados y la mayoría vive  en la miseria.

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