Top 10 de lujos pequeñoburgueses

Javier Hernández

Venezuela vive uno de sus momentos más difíciles en casi 200 años de vida republicana, con una crisis económica apenas comparable con la que viviría un país que recién sale de una guerra o una catástrofe natural (aunque siempre hay algún suspicaz que diga que la guerra ya la vivimos o que al país le cayó alguna especie de macumba).

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En estos momentos de crisis, sin embargo, hay un reducido sector de la población, que enfrenta la situación, a falta de recursos económicos, con una pretendida entereza moral. Estos cruzados, paladines del ascetismo no ven problema alguno en las pequeñas miles de limitaciones diarias que agobian al ciudadano común. El desabastecimiento, las colas y la destrucción del bienestar del venezolano son, a su modo de ver, los dolores de parto de una nueva sociedad que el comandante zzzz…zzzzz…zzzz. Lo siento, me dormí en medio de la perorata pre empacada, aprendida tras horas y horas de cadenas, hojillas y conductas zurdas.

Ante semejantes argumentos me rindo. Me someto ante los portadores de luz revolucionaria que consideran una contradicción fundamental con una sociedad más justa, la posibilidad de comprar champú en una tienda cualquiera. Como parte de mi claudicación, presento una breve confesión con el TOP 10 DE PEQUEÑOS LUJOS PEQUEÑOBURGUESES que solía tener hasta hace poco, alienado como estaba, ante el capitalismo transnacional que explotaba mi  zzzz……zzzzzzzz….zzzzzzzz.

10.- Restaurantes

Esos antros de perdición consumista donde pasaba buena parte de mi tiempo libre, quedaron en un lejano pasado. Ese feo hábito de compartir con amigos y familia degustando alguna parrillita mientras éramos atendidos por personas que no tienen más que perder sino sus cadenas, al tiempo que el dueño del restaurante se apropiaba del plusvalor…zzzzzz….. ha quedado atrás. En este momento, ir a algún restaurante puede representar dos o tres salarios mínimos por lo que esa mala costumbre ya no será un obstáculo para convertirme en un hombre nuevo.

9.- Vacaciones, aviones y hoteles

En una época no tan lejana, un viajecito a Margarita e incluso al exterior podía estar en los planes de cualquier familia. He descubierto que los hoteles lo que hacen es alejarnos de nuestras familias, así que en lo sucesivo sólo viajaré a sitios donde tenga familiares a donde llegar. La familia que estorba unida, permanece unida. Por otra parte, el poder de las transnacionales del transporte aéreo me lleva a optar por el muy ecológico transporte terrestre. No más traslados en avión. Para asegurarme de no caer en esa tentación, conservo en mi mesita de noche los nuevos tarifarios de las aerolíneas nacionales. Cabe destacar que en eso de evitar la tentación, he recibido un solidario apoyo por parte de CONVIASA, que mantiene un nivel de servicio y unas tarifas que suprimen cualquier deseo de volver a volar.

8.- Actualización de tecnología

Teléfonos celulares, computadoras y televisores eran el tipo de dispositivos que me gustaba remplazar cada cierto tiempo, engañado como estaba, en la creencia de que la incorporación de los avances tecnológicos, en alguna medida podían ser útiles y elevar mi calidad de vida. Reconozco haber caído en la trampa del consumismo alienante. Me hubiese quedado con mi Pentium IV, mi televisor culón y mi Motorola Teletac 250. Claro, que hay actualizaciones tecnológicas que si son válidas: mi vecina cuyo hijo trabaja en Movilnet ya tiene el vergatario IV, un upgrade de aquella versión original. Ella si está updated.

7.- Arreglos del hogar

Bendita costumbre inoculada por los medios de comunicación, en especial por Eladio Larez y sus pinturas Montana que se sembraron en mi mente, haciéndome creer que en verdad era necesario que pintara la casa cada año. En realidad, así como las arrugas y canas son naturales en el humano y señal de experiencia, del mismo modo las manchas en las paredes, las manos de mis hijos bordeando el interruptor de la sala son señal de que en mi casa hay vida y hay historias que contar. Pintar las paredes va en contra de la memoria histórica de la casa. Claro que por si a las moscas, cada dos semanas paso por la ferretería de la esquina y al ver como aumenta el precio de la pintura, refuerzo mi convicción de que hacer ese gasto es hacerle el juego a las corporaciones transnacionales que…..zzzzz……zzzzzzzz.

6.- Seguro de vehículos

Esa paranoia mass mediatica, esa bendita campañita que pretende sembrar en nuestro inconsciente que el país es peligroso y que es mejor asegurar mis activos, hacía que año tras año pagara una póliza para asegurar mi carro. Ahora, esta realidad que abre mis ojos y que me deslastra del pesado fardo de mis antiguos hábitos pequeñoburgueses, me deja bien claro que el seguro de mi vehículo no es necesario. Para eso están San Miguel Arcangel, ó el Negro Primero.

5.- Ahorros

El último bien que se alcanza es el ahorro. En este momento me he dado cuenta que ahorrar solo beneficia a la banca transnacional especuladora. Por supuesto que no me alcanza para ahorrar nada, pero incluso si me sobrara, mi dinero nunca más iría a parar a las arcas de esos aprovechadores. Claro, que el estado revolucionario maneja varios bancos que tienen básicamente los mismos requisitos, las mismas tasas, tarifas y comisiones que la banca privada. Pero en el caso del estado el negocio bancario tiene espíritu social.

4.- Televisión por suscripción

Mi escasa solidez moral hizo que me suscribiera a un servicio de TV paga con no sé cuántos canales. En realidad es un gusto pequeño burgués que solo beneficia a la transculturización de los niños a favor de la homogeneización de los patrones culturales. Aunque Telesur, VTV y Winston son oferta televisiva suficiente, extraño ver Game of Thrones.

3.- Vida social

Las reuniones los fines de semana, las salidas al parque, a la playa entre otras, pertenecen ahora al mundo de los recuerdos. Ahora comprendo que esas distracciones sólo me restaban capacidad de enfocarme en lo sustantivo: la superación del modelo de explotación del hombre por el hombre. Espero que menos actividad social me deje más tiempo libre para leer el poemario de Tareck.

2.- Soñar con el futuro

Bendita mala costumbre, erradicada en la actualidad. Solía hacer planes para el futuro, contando con que, con un poco de esfuerzo, trabajo y preparación podía llegar a tener algo. Hoy eso es imposible, por lo que mis preocupaciones se limitan a ver como resuelvo los alimentos del día. Soñar ¿para qué? Eso lo dejo a las jóvenes parejas y los universitarios, aunque buena parte de ellos mantienen como su mayor sueño, el poder irse del país.

1.- Un desodorante para mí solo

En el top de los viejos hábitos pequeñoburgueses que gracias a la crisis he dejado atrás, está el uso exclusivo del desodorante. En vista de que no es posible encontrar desodorante en el país con las mayores reservas de petróleo del planeta, paso a compartir el desodorante con mi hijo. Debido a que ya va por la mitad, estamos evaluando la posibilidad del ácido bórico y el zumo de limón (que es realmente lo nuestro, lo demás es una imposición de Procter and Gamble). Me queda la satisfacción de que, al menos, hace años optamos por el desodorante en aerosol. Gracias a Dios.

Hay otros lujos que muy pronto de seguir como vamos, pasarán al recuerdo. Tener servicio eléctrico las 24 horas del día, por ejemplo, ya pasó a ser una anécdota en buena parte del país, del mismo modo que aquellas antiguas panaderías donde vendían pan. Recordar será vivir.

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