Santa Ángela del Cerro y otras leyendas urbanas

Alí E. Rondón

Portada libro Santa Ángela del CerroPara quien hasta hoy no haya leído a Eloi Yagüe, aquí le va esta tarjeta de presentación. Ha publicado: El nexo vertical (Monte Ávila, 1990), Manuscrito inédito de Ramos Sucre (Comala.com, 2000), Esvástica de sangre (Editorial Norma, 2000), Guerras no santas (Comala.com, 2004), Autorretrato con Minotauro (Monte Ávila, 2005), Balasombra y otros minicuentos (La casa tomada, 2005) además de las novelas policiales Las alfombras gastadas del gran hotel Venezuela (1999), Cuando amas debes partir (2006) y Amantes letales (2012). Este narrador y periodista que combina la escritura con la docencia universitaria y los talleres literarios, ha vuelto a las vitrinas de las librerías caraqueñas con Santa Ángela del Cerro y otras leyendas urbanas (Lector Cómplice, 2014), un texto muy al estilo de series televisivas tipo Breaking Bad, Ciudad del crimen o Señorita Pólvora.

En la contraportada Lesbia Quintero nos ofrece un comentario sinóptico que los lectores agradecemos pues nos recuerda hasta donde suele llegar el hombre al ahondar la brecha que separa su 2% de patrimonio genético con el chimpancé: “El autor recrea imaginarios escabrosos, deshumanizados por odios y pasiones repulsivas que ofician en el submundo del crimen, aunque a veces es posible escapar en un autobús que no se sabe hacia dónde va. Estos relatos se inscriben en una estética que Yagüe denomina Realismo Mágico Urbano, en ella se despliega una sociedad convulsa e indefensa, subordinada a los juegos caprichosos del poder, a la indiferencia y miseria anclada en tugurios amenazadores y oscuras zonas de la ciudad”.

El libro de Yagüe que hoy nos ocupa no ha sufrido, por fortuna, la infame distorsión del guión cinematográfico. Aunque seguramente lo aplaudiríamos si, dado el caso, llevara su texto a la pantalla conservando la eficacia de Hermano (Marcel Rasquin, 2010), Piedra, papel o tijera (Hernan Jabes, 2012), Azul y no tan rosa (Miguel Ferrari, 2012), La distancia más larga (Claudia Pinto, 2013) o Pelo Malo (Mariana Rondón, 2013). He allí 5 títulos recientes con aportes sustantivos a la producción cinematográfica local. Hablar así del talento de Yagüe sería hablar de su compenetración  con el llamado poder judicial y de estos cuentos como un imaginario inmediato de estereotipos, modelos lingüísticos expresivos y comportamiento social. Personajes como un Santo Malandro, un hampón con nombre de serie de TV, un comisario torcido, un vecino de Catia, el protagonista confundido de una parábola bíblica, un padre de familia que ajustició a 5 homicidas, un inspector con sangre fría que tras la caída de la dictadura en 1958 espera para vengar a su hermano, una demente convertida en heroína de tragedia griega y una dama de sociedad acribillada por el fuego cruzado entre pandillas absorben nuestra atención y nos atemorizan. Coinciden en este registro dramático narrativo a partir de un universo popular. Pareciera que en estas páginas la crueldad, la sangre y la muerte hablan en lenguaje recio, pero Yagüe no ha envenenado del todo los recuerdos de esos hombres y mujeres. La hiel, las lágrimas y el rencor alimentan la miseria de sus desvelos, pero aún queda gente noble, de equilibrio. Exempli gratia, Omaira y Betzabé (en Santa Ángela del Cerro), Tabares (en El billete premiado) o Xiomara (en Corre por tu vida) exhiben virtudes de sobra para salvar la más elemental civilización. Son el alegato de que carecen de toda justificación, los 30.000 crímenes de tanto gatillo alegre en este país alegremente bautizado por un eslogan publicitario del Ministerio del Turismo como “qué destino más chévere”. Ese destino ha perdido espesor y lo único “chévere” concebible en todo paso sería ese remedo de placer morboso que experimentan los propietarios de agencias funerarias y cementerios por la súbita bonanza de sus empresas.

Gay Talese, autor de bestsellers como El reino y el poder (1969) y La mujer de tu prójimo (1981), dijo alguna vez: “Escribir es como conducir un camión de noche sin luces, perderse en plena carretera y pasar una década en la cuneta”. Pues bien, bienvenidos a este hombrillo al pie del Ávila donde Eloi Yagüe decidió estacionarse. Novelistas y plumas de nuestra dramaturgia audiovisual como Salvador Garmendia, José Pulido, Ibsen Martínez y Alberto Barrera Tyszka, entre otros, celebrarían este alto en el camino de Yagüe para exprimir a cuentagotas la violencia en esta ciudad erizada de rascacielos pero cercada por un cinturón de chabolas. Y no sin cierta razón estos escritores también censurarían la paranoia que impera por estas calles, pues en aquella canción emblemática de la telenovela de los años 90 Yordano Di Marzo describía a una sociedad arrinconada por la delincuencia. Hoy día los venezolanos difícilmente cantaríamos los versos de aquél son sin hacernos antes la señal de la cruz, porque al fin caímos en cuenta de que aquí: “La compasión hace rato ya/se fue de viaje”. Y al valerse de la literatura para reproducir de la manera más fiel y exhaustiva esta realidad de país con asfalto ensangrentado, Yagüe ha escrito Santa Ángela del Cerro… como solo podía escribirla un Fernando Castelmar: Espejo fiel de un mundo con seres donde la acción, la intriga, la tragedia solo pecan contra la causalidad del relato para ponerle al lector los pelos de punta y hacerlo preguntarse: “¿Hasta cuándo, Dios mío?”

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