Muñoz

 Enrique Ochoa Antich

Mi vida política, iniciada hace lejanos cuarenta y cinco años, tiene la impronta originaria de ese liderazgo descollante que, luego de deslindarse del comunismo -vernáculo y planetario-, dio origen al MAS (a aquel MAS de los buenos tiempos, el que con su pensamiento renovador sorprendió a propios y extraños y que en pocos años se convirtió en una opción real de poder). Entre aquéllos a quienes seguía esa generación de jóvenes que se sumó entusiasta al nuevo proyecto político, se encontró siempre en lugar destacado Freddy Muñoz.Freddy Muñoz

Lo primero que recuerdo de él es haber encontrado en algún periódico de circulación nacional, siendo yo un joven comunista del estado Táchira, una reseña sobre su libro “Revolución sin dogma”. Con “Checoeslovaquia: el socialismo como problema” y “¿Socialismo para Venezuela?” de Teodoro Petkoff, se convirtió en uno de los tres textos que forjaron nuestro pensamiento político masista (en aquellos tiempos remotos en que aún la política se hacía libros mediante). Se trataba principalmente de un esclarecido (para los tiempos) cuestionamiento al concepto leninista clásico de vanguardia.

Muñoz descollaba por su inteligencia, su lucidez no pocas veces empañada por dogmatismos que con el tiempo abandonó, y por su verbo emotivo a la hora de los discursos de masas. Así me lo recuerda siempre, en nuestras conversas cargadas de nostalgia, Rafael Guerra Ramos, otro de los líderes fundacionales de aquel MAS originario.

Cuando la primera disputa por el poder interno del partido, en 1976, a propósito del debate sobre la candidatura presidencial del MAS entre Teodoro Petkoff y José Vicente Rangel, Muñoz se convirtió en uno de los más empeñosos promotores del primero de ellos. Así que quienes desde entonces formamos parte de lo que por comodidad podemos llamar “teodorismo”, la corriente interna llamada “La Patria” (pues el MAS había aprobado como consigna política, junto al legendario “¡Sí podemos!”, la de “La patria se puso en movimiento” y nosotros nos apropiamos internamente de ella), tuvimos siempre a Freddy Muñoz como una referencia descollante.

No fueron pocos mis desacuerdos con él. Y largas las tertulias (hablábamos horas enteras, pues el camarada -como sabemos sus amigos- no solía ser precisamente breve) en las que despejábamos nuestras diferencias. Cuando la corriente teodorista, siendo ya mayoría en el MAS, se fracturó en dos: los más radicales que seguían a Muñoz por una parte y los más reformistas que seguían por la otra a Luis Bayardo Sardi (otra “cabeza potente” de aquel liderazgo colectivo, como el propio Muñoz puso de relieve en mi presencia en más de una ocasión con estas palabras que entrecomillo y cuya contribución al pensamiento del MAS Petkoff destacó en su prólogo a “Proceso a la izquierda”), quien esto suscribe decidió emprender caminos diferentes, fundando con muchos otros lo que dimos en llamar “El Nuevo MAS”, que diez años después ganó las primarias eligiéndome primer Secretario General diferente al liderazgo histórico de ese partido. Pero siempre en una relación afectiva muy especial con Freddy Muñoz, uno de los tres -junto a Teodoro y Bayardo- a quienes consultaba mis decisiones como militante de la J-MAS (y si tenía alguna duda acerca del curso a seguir, me orientaba por lo que la mayoría de ellos aconsejara).

Hubo un tiempo en que nuestro principal desacuerdo fue aquél referido a la un poco necia disyuntiva existencial de la izquierda universal: reforma o revolución. Habiendo descubierto en profundidad el pensamiento de Bernstein y Betancourt, entre otros, en los años ’80, yo no tuve duda alguna en convertirme en un reformista -radical, si se quiere- que a lo sumo aceptaba que la revolución no era sino la arquitectura y la profundidad en el tiempo de un plan de reformas. Muñoz y quienes lo seguían entonces defendían aún el concepto de “ruptura revolucionaria”, lo que él llamó en uno de sus muchos folletos “un desplazamiento sensible en las fuerzas políticas y sociales que ocupan el poder” (cito de memoria). Y tengo entre mis mayores orgullos haberle escuchado decirme muchos años después: “Tengo que reconocer que en aquellos debates que tuvimos sobre reforma y revolución, quien tenía la razón eras tú”.

Son demasiados los recuerdos para contenerlos en esta columna. Pero sólo quería rendirle tributo al Freddy Muñoz que selló con su ejemplo, su honestidad, y su brillo intelectual, nuestra juventud militante. Y expresarles mis sentimientos, ahora que se ha ido, a todos sus familiares, en particular a uno de sus hijos, Freddy Augusto, cuya amistad me ha acompañado en las buenas y en las malas durante tantos años.‎

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