Mirar al pasado con la vista en el futuro

Javier Duplá

El año 2014 se conmemoró el segundo centenario de la restauración de la Compañía de Jesús por el papa Pío VII en 1814. En octubre del año próximo, 2016, se cumplen cien años de la llegada de los jesuitas a Venezuela. Ambas celebraciones estimulan a mirar al pasado con la vista puesta en el futuro. La historia enseña mucho si se sabe apreciar los aciertos del pasado para imitarlos y reflexionar sobre los errores para no volverlos a cometer.9.1.1_Archivo Gumilla

La Compañía de Jesús tuvo en su fundador san Ignacio a un hombre de gran originalidad y visión de futuro. Su inspiración le llevó a reunir a varios compañeros a los que persuadió, por medio de los Ejercicios Espirituales, de que debían estar disponibles para ir a evangelizar donde el Papa les mandara. Una congregación religiosa dispersa según las distintas misiones recibidas, sin rezos en común ni hábito diferente significaba un cambio radical en la manera de concebir la vida religiosa. El voto de la obediencia adquiría así el máximo relieve, como lo hizo heroicamente san Francisco Javier en su destino a la India. Pero todo carisma fundacional tiene necesariamente que institucionalizarse, traducirse en reglas, normas y maneras de proceder que enmarcan la vida de los que se asocian al carisma. Ignacio no lo veía así al comienzo, porque “la interior ley de la caridad” es la que debe orientar la actuación de todo jesuita, pero luego se persuadió de que era necesario dictar normas y de ahí surgieron las Constituciones. Otro cambio importante hizo Ignacio en su manera de entender el apostolado: en la fórmula original de la Compañía de Jesús, aprobada por el papa Paulo III en 1540, no se contemplaba la dedicación de los jesuitas a la educación. Javier desde Goa, el virrey de Sicilia y el Duque de Gandía le persuadieron de que la educación tenía gran importancia para transformar las mentes y los corazones, y la Compañía pasó a ser una orden religiosa educadora. Tanta importancia tuvo este cambio que la educación de los jesuitas fue su apostolado más importante hasta la extinción de la Compañía en 1773 y el más influyente en Europa y América. Ignacio, en resumen, cambió su parecer en dos cosas importantes: dictar normas para los jesuitas y aceptar la educación como apostolado muy importante.

Un asunto muy delicado en los siglos XVI y siguientes fue el de los cristianos conversos del judaísmo y del islam, a cuyos descendientes, aunque fueran de tercera o cuarta generación, no se les permitía hacerse religiosos. La Inquisición estaba atenta a los casos en que esto ocurría o podía ocurrir. Pero la Compañía de Jesús se atrevió a enfrentar esa postura y varios de los primeros compañeros de Ignacio –el P. Laínez, sucesor suyo al frente de la Orden y el P. Polanco entre otros– fueron admitidos de jóvenes a pesar de sus antepasados judíos. Polanco, secretario de la Compañía durante 23 años, vicario general a la muerte de san Ignacio y luego a la muerte de Laínez, era el indicado para sucederles en el cargo de General. Pero su condición de cristiano nuevo, como se conocía a los descendientes de familias judías, y su actitud favorable a la entrada de estos en la Compañía de Jesús, hizo que la elección recayera en Everardo Mercuriano.

Pocos años después el P. General Aquaviva quiso expulsar a un jesuita, el P. Blas Valera, hijo de un capitán español y de una mujer de la familia real incaica, por razones no bien esclarecidas, que algunos atribuyeron a su origen mestizo. De hecho la congregación provincial del Perú de 1582 pidió la prohibición de admitir mestizos. Es decir, aquellos jesuitas sucumbieron al prejuicio de la pureza de sangre. Error del que luego se corrigió la Compañía americana.

La controversia sobre el origen divino de la autoridad de los reyes tuvo adversarios entre los jesuitas. Belarmino prefiere el gobierno monárquico, pero con una estructura moderada, que rinda cuentas. Suárez defendió el origen de la autoridad en el pueblo, en la gente: Dios hizo al hombre social por naturaleza y a él le corresponde organizarse en sociedad. Esto despertó oposiciones muy fuertes en los monarcas, sobre todo en los Borbones, que llevarían finalmente a la extinción de la Compañía de Jesús. Si el rey no gobierna bien, puede ser depuesto, cosa nada fácil, dada la concentración de los poderes en la figura real. El jesuita Juan de Mariana llegó a mencionar el tiranicidio como salida, lo cual despertó controversias muy agudas.

Los jesuitas adquirieron fama de buenos consejeros y llegaron a ser confesores de muchos monarcas, de sus familias y de personajes influyentes en las cortes. El mismo san Ignacio aprobó que un jesuita fuera confesor del rey de Portugal. El P. General Aquaviva legisló sobre este asunto, exigiendo que los confesores llevaran vida común en casas de la Compañía y no en las cortes. Esta actividad apostólica enajenó a los jesuitas el aprecio de muchos, que envidiaban su capacidad de influencia. Sin embargo, no pudieron los jesuitas confesores del rey de Francia Luis XV impedir que este expulsara a la Compañía de Jesús en 1763, así que su influencia en este caso fue nula.

Un asunto de mucha controversia que afectó a la Compañía en su trabajo misional fue el asunto de los ritos. El P. Mateo Ricci (1552-1610) se esforzó en hacerse chino con los chinos, entendiendo que el cristianismo es para todas las culturas y que puede adaptarse a las costumbres de cada país. Después de su muerte se desató la polémica, que concluyó un siglo después con la condena vaticana de los ritos (Clemente XI en 1704), que se referían a los términos chinos para designar a Dios, los honores a Confucio y las ceremonias rituales a los antepasados y a los muertos. En los años treinta del siglo XX el Vaticano se mostraría más liberal, considerando que los ritos condenados responden a expresiones de civismo y no a dogmas religiosos. El papa Juan Pablo II dijo en un discurso en Manila en 1981: “El jesuita P. Ricci comprendió y apreció plenamente la cultura china desde el comienzo, y su ejemplo debe servir como inspiración a muchos”.

En la costa malabar de la India surgió una polémica semejante, porque los misioneros jesuitas permitieron ciertas costumbres a los neófitos propias de su cultura, que algunos censuraron como contrarias a la fe cristiana. El P. Roberto De Nobili (1577-1656) adoptó el estilo de vida de los sannyasi o hindúes de casta y permitió que los convertidos siguieran sus usos. Esta inculturación del cristianismo fue condenada por el papa Benedicto XIV en 1744. Solo a partir del Concilio Vaticano II se han admitido las culturas indígenas en la Iglesia.

La Compañía de Jesús fue expulsada de España y sus dominios por el monarca Carlos II en 1767 (antes lo había sido de Portugal en 1759 y de Francia en 1763) y luego extinguida por el Papa Clemente XIV en 1773. Esta fue la mayor cruz que tuvo que soportar en toda su historia. Pío VII la restableció en 1814. Sobre este tema tan amplio se recomienda leer la expulsión, extinción y restauración de los jesuitas americanos escrita por el P. José del Rey Fajardo[v].

Este recorrido de algunos de los capítulos controversiales de la historia de la Compañía de Jesús permite que arribemos a algunas conclusiones:

  1. No basta el carisma fundacional para que una congregación religiosa se mantenga, sino que tiene que ser renovado y adaptado a los nuevos tiempos.
  2. Toda empresa audaz que cuestiona o rompe moldes establecidos encuentra resistencia y persecución. Sin embargo, las grandes intuiciones en servicio de los demás terminan por ser reconocidas.
  3. Las personas y las instituciones se equivocan algunas veces en sus decisiones y no siempre lo reconocen. La humildad necesaria para hacerlo redunda en un mayor bien de la persona o de la institución.
  4. Mirar al futuro teniendo en cuenta las lecciones del pasado es de sabios.

 En Venezuela

Los jesuitas llegaron para establecerse en Venezuela en 1916, mucho después que en la mayoría de los países hispanoamericanos, a donde habían llegado en el siglo XIX. La razón de este retardo hay que atribuirlo a la hostilidad de los gobiernos venezolanos – sobre todo los gobiernos de José Tadeo y José Gregorio Monagas y el de Antonio Guzmán Blanco-. Juan Vicente Gómez les permitió el ingreso para que se encargaran de formar a los futuros sacerdotes en el Seminario Interdiocesano de Caracas. Luego fundaron el Colegio San Ignacio (1923), se encargaron del Templo de San Francisco (1927) y de las misiones de Paraguaná (1936), fundaron la revista SIC (1938), el colegio Gonzaga (1945), el Instituto Técnico Jesús Obrero (1948), la Universidad Católica Andrés Bello (1953), el colegio Loyola-Gumilla (1965), el Centro Gumilla (1968) y un largo etcétera que concluye en los tiempos actuales.

Todas estas obras respondieron a peticiones del episcopado y a la intuición de los jesuitas acerca de lo que la sociedad venezolana necesitaba, pero no ocurrieron sin algunas hostilidades. El período de Acción Democrática conocido como el trienio adeco (1945-48) fue particularmente hostil a la Compañía de Jesús y no faltaron presiones para expulsarlos de Venezuela. La revista SIC ha sido siempre objeto de controversia, especialmente por parte de los gobernantes de turno, debido a su posición de crítica a lo que considera no se hace bien y es perjudicial al bien común de todos. En la UCAB hubo una crisis interna en los años 1972-1973 en cuanto a la manera de entender su servicio al país: algunos jesuitas propugnaban la apertura al mundo de los pobres de acuerdo a la reunión del episcopado latinoamericano en Medellín (1968) y a la línea del P. Arrupe, general de la Compañía de Jesús; otros, en cambio, preferían una postura más tradicional. La controversia trascendió a la opinión pública por la significación de la universidad. Algunos jesuitas dieron ejemplo de entrega al mundo de los pobres cuando marcharon a vivir en los barrios, –barrios de Antímano primero y luego La Vega– y a trabajar como curas obreros. Incluso la formación de los jesuitas jóvenes se hizo durante un tiempo en Antímano y Carapita.

Como puede observarse en este somero recorrido, los jesuitas no han constituido un grupo monolítico, como piensan los que no los conocen. Ha habido y hay tendencias disímiles en la manera de concebir la vida religiosa y el apostolado. Pero lo significativo en estas divisiones internas es que no han llevado a un enfrentamiento divisionista ni menos al rompimiento. Muchas reuniones, mucho diálogo, mucha consideración de lo que somos y queremos han hecho falta para lograr el consenso, y eso es un buen ejemplo para la Venezuela actual. Sin diálogo sincero, sin deseo de buscar el bien común por encima de las parcialidades, el país se rompe, la sociedad se deshace. Esta es la lección que el pasado nos puede dar, no solo de la historia de la Compañía de Jesús en Venezuela, sino el resultado de lo que han vivido y viven sociedades dominadas por ideologías impositivas que no respetan al ser humano. Mirar al pasado para aprender de él constituye una buena consigna para no repetir errores y saber enfrentar el futuro con deseos eficaces de buscar el bien para todos.

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